8 Marzo 2013
La luz del pasillo se colaba por debajo de la puerta, cerrada a cal y canto. Esa noche, como todas las semanas, mi hermano no dormía en la litera de abajo. Tenía que ayudar a nuestro padre todos los viernes desde que cumplió los dieciséis y hoy no era una excepción. Era una tradición que empezó poco después de morir mamá y de eso hará ya cinco o seis años. Antes éramos una familia normal. Ahora nuestro padre quiere más a su botella de whisky que a nosotros. Una vez se lo dije y me dio una paliza. Después me dijo que era un desagradecido y un egoísta, que no veía todo lo que hacía por cumplir la promesa que le hizo a nuestra madre. Más tarde me enteré que prometió nunca dejarnos pasar hambre. Y no lo hizo. Aunque no siempre el invernadero le hacía ganar dinero. Durante seis meses al año vivíamos nuestra época de vacas gordas pero los otros seis subsistíamos con lo que habíamos conseguido ahorrar. Y eso en realidad sólo llegaba para tres o cuatro meses. El resto eran días de sopas y bocas cerradas, más que por hambre, por miedo a enfadar a nuestro padre. Creo que le daba vergüenza porque ni siquiera nos miraba a la cara.
Nos mandaba a la cama mientras el iba a por su botella. Sin embargo, un día, las comidas escasas y el rugir de tripas se acabaron súbitamente. Sin más. Pero mi hermano, como si hubiese sido un precio que tuviésemos que pagar, no volvió a ser el mismo. Mi padre dice que no soy muy listo pero aquellas escapadas que hacían él y mi hermano tenían que tener algo que ver con su cambio. Aunque en realidad prefería no saberlo. Me limitaba a escudriñar la luz del pasillo que se colaba por debajo de la puerta. Escuchar también los ruidos del piso de abajo. El plástico que en verano cubría los invernaderos ahora con seguridad envolvía nuestra reserva de comida para los meses malos. El cuchillo eléctrico para cortar pan, uno de los regalos de boda de nuestro padres, se oía rugir cortando en la cocina. Después venían los golpes de nuestra comida al ser arrastrada por los escalones, mientras mi hermano y mi padre la llevaban hacía el único baño con bañera de la casa. Veía cómo la línea de luz que se formaba bajo mi puerta se interrumpía primero con el paso fugaz de los pies de mi padre, luego con el de nuestra comida, éste más largo, para acabar otra vez con el paso rápido y vacilante de mi hermano, conformando así una especie de SOS en código Morse. Se oía como se descorría la cortina de la bañera y los estertores de las tuberías al abrirse el grifo. Después de un rato de chapoteos y de plásticos estremeciéndose, volvía a producirse la procesión de pasos tras la puerta de mi habitación. Luego el silencio. Esa era la señal para taparme con la manta y hacerme el dormido. Luego vendría mi hermano y se acostaría en la litera de abajo, intentando que yo no me despertara con sus sollozos. Después de un rato, yo rezaba como me enseñó mamá. Rezaba por mi padre, por mi hermano y porque ojalá yo nunca cumpliera los dieciséis.
Publicado el 8 de marzo en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
30 Enero 2013
El viento aullaba a ras de suelo, estrellándose contra todo lo que encontraba sin la menor culpa. Levantó la vista y tuvo que entrecerrar los ojos hasta que se acostumbró a la claridad. La estampa le hizo gracia: todos aquellos cuerpos allí tirados en un repertorio de posiciones extrañas, como si el propio viento que entraba por los ventanales los hubiese colocado de cualquier manera. Sólo los pequeños charcos de sangre bajo ellos delataban que había algo humano implicado en sus muertes. Notó el peso de la navaja en el bolsillo de su chaqueta, que se agitaba a merced del viento con una furia propia del lugar. Sí, había sido él, no cabía duda. Por fín se había atrevido. Aún así, era curioso, pero había olvidado cómo se hicieron los agujeros en las paredes o cómo había podido romper todos aquellos cristales. La sala de espera entera parecía estar en ruinas. Buscó el paquete de cigarrillos y extrajo uno que parecía haber sufrido todo tipo de calamidades. Todavía se podía aprovechar. No pudo menos que sonreír al ver el cartel de “Prohibido fumar” colgado en frente de él. Inhaló una bocanada y tuvo la impresión de que aquél humo era algo mucho más limpio y puro que el aire de aquél lugar.Fue entonces cuando descubrió el cuerpo de ella en medio de la estancia, colocado en una silla como si estuviese dormitando tranquilamente ajena al desastre que la rodeaba. Hasta parecía sonreír ligeramente. Preciosa con su bata blanca.

La impresión era tan realista que no pudo evitar llamarla un par de veces, y llegó a preguntarse por qué no respondía. Hasta que cayó en la cuenta de que tenía el cuello cortado de oreja a oreja. Ser consciente de ello despertó otra vez en su cabeza una colección de voces por completo irritantes. Se apoyó contra el mostrador de información y le dio otra calada al cigarrillo, escuchando lo que decían. Algunas hablaban de quién era el culpable, otras del hecho de que no volvería a verla moverse, otras de que tendría que haberlo hecho antes. Algunas simplemente lloraban. Y otras se callaban, aunque estaban ahí. Siguió fumando sin prisa, dejando que aquellas voces dijesen todo lo que tenían que decir y sin prestarle atención a ninguna. Observó de nuevo su cuerpo, tan diferente al de todos aquellas anónimas personas desperdigados por el lugar. “Realmente era una pena” -pensó- “Mala suerte. Hay días que mejor no levantarse”. Sacó del bolsillo la navaja y, con un movimiento rápido, apretó la hoja contra su cuello, haciéndose un pequeño corte para avisar a las voces. Se volvieron locas. Unas pedían clemencia, otras comenzaron a gritarse entre ellas y algunas lo insultaban con tanto desprecio como podían. Él les dejó unos minutos para que se fueran calmando hasta que, despacio, se fueron callando. En su cabeza empezó a sonar aquella canción que le invadía justo antes de dormirse y que le recordaba aquella época en la que la vida lo trató bien. Con una sonrisa en la boca, comenzó a tararearla en voz alta para que el sonido de las sirenas que se acercaban no estropearan el momento. Y luego terminó.
Publicado el 25 de enero en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
12 Octubre 2012
Comenzó como un espasmo, un pinchazo doloroso como un cuchillo en el pecho. Luego el frío me caló hasta los huesos mientras la luz y los sonidos fueron apagándose. La oscuridad me envolvió y el mundo entero me abandonó. Y luego lo vi. Un mundo gris de piedra húmeda y metales herrumbrosos se abría ante mi ojos. El sonido del viento y un lejano gotear era los únicos sonidos que se percibían en aquella inmensa bóveda, presidida por un inmóvil lago, o tal vez río. En una orilla cercana se vislumbraba una figura. Aqueronte, con su cuerpo esquelético en el borde de su barca de madera, sus manos de cadáver en una vara y sus ojos hundidos fijos en mí. Con un gesto me invitó a subir. La barca se alejó de la orilla con un impulso del barquero. El agua estaba calma, negra y fría como la muerte. Cruzamos el río sin prisa alguna. Aqueronte permanecía
silencioso mientras yo miraba hacia alguna parte indeterminada tratando de ver algún horizonte. Pude ver los restos del Argo, corroído y mutilado; aquel que un día fue grande hoy es sólo escombros. “¿Por qué tuvo que morir?” - pregunté. “Todos mueren” - dijo Aqueronte - “Todos acaban cruzando el río.” “Mi nombre es…” “No tienes nombre aquí” - me interrumpió- “Ya no eres, nunca serás y por todo lo que sé nunca fuiste. Aquí sólo son las piedras y el agua. El viento y la oscuridad. Nunca tú ni yo.” Miré de soslayo a las piedras. Algunas parecían tener rostros tallados. En lo alto del risco, donde debería estar el cielo, había personas que se aferraban al borde tratando de no caer. “No entienden” - dijo Aqueronte siguiendo mi mirada - “Pasan su vida preguntándose que hacen arriba y sin embargo no se dejan caer. Prefieren la incertidumbre a la certeza” “¿Qué hacemos allá?” - pregunté - “Vivir” - respondió - “¿Para qué?” -volví a preguntar - “Para morir” - sentenció. El viaje terminó en silencio. Aqueronte llevó la barca hasta la otra orilla, donde las piedras eran aún más negras y el aire aún más frío. Alargó su mano hacia mí y me miró con sus ojos sin brillo. Tomé las monedas que habían dejado en mis ojos y las deposité en sus manos cadavéricas. Continué mi camino por la cueva, escuchando susurros bajo las baldosas que pisaba, tras las paredes que me rodeaban. El viento helado los traía consigo desde el fondo del camino, desde más allá de donde la vista alcanza; el aliento de la muerte trae llantos de aquellos que ya no están, ni estuvieron, ni estarán de nuevo. Una figura negra franqueaba mi camino. Hades extendía su mano hacia mí. Miré a sus ojos de abismo y me sentí caer, preso de un dolor profundo, ya no corporal sino infinito; un dolor que presionaba mi alma, el alma que él estaba a punto de llevarse. Caí en un pozo profundo, lleno de rostros perdidos y olvidados por generaciones que sólo lloran a los muertos recientes. Floté escuchando gritar a las almas que compartían mi muerte, gemí con ellos. Fui un rostro más en el pozo, otra alma perdida que vivió para morir, murió, y ya no es, ni fue, ni será jamás.
Publicado el 12 de octubre en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
14 Julio 2012
Avanzaba en medio de la oscuridad mascullando oraciones que sólo él sabía. Los animales parecían huir al sentir su presencia intuyendo en la determinación de sus pasos que no había cabida a las interrupciones. En su cabeza giraba la misma idea desde hacía dos noches, las mismas desde que el hombre blanco irrumpió con sus gigantes de metal en su tranquila aldea. La batalla fue desigual a todas luces. Ellos, muchos menos en número que los jóvenes soldados de los distintos clanes, aniquilaron a la inmensa mayoría sin el menor esfuerzo, valiéndose de armas demoníacas y deshonrosas que se amparaban en la distancia para funcionar. Pensaba, mientras corría, en la cantidad de sangre de sus congéneres derramada y de si sería suficiente o no justificación para emplear el conjuro que llevaba en mente. El prohibido, el oculto durante generación tras generación de hechiceros y transmitido sólo como último remedio ante una guerra perdida. Escondido en la maleza, como si de un día de caza se tratase, observaba el campamento del hombre blanco. Una hoguera en el centro del círculo que formaban las tiendas iluminaba la escena. No parecía que hubiese nadie vigilando. Habían dejado esa función a dos espléndidos perros, tan grandes cómo nunca pensó que existiesen, y que ahora dormían junto al fuego. Decidió que atacaría la primera de las tiendas. En realidad, lo mismo daba, pero era la más cercana a su posición y el golpe debía ser rápido, por sorpresa. Para alguien cuyo hábitat es la selva, una de las cosas que primero aprende es a moverse sin ser visto. Se deslizó por entre la vegetación hasta el campamento. Junto a la tienda de la primera víctima se arrodilló y abrió el pequeño saco que portaba en la cintura. Depositó los ingredientes en el suelo y, tras pedir perdón a sus antepasados, comenzó a recitar el conjuro. Nunca se había atrevido a decirlo en voz alta, al menos entero, como lo estaba haciendo ahora. Cuando lo aprendió lo hizo por partes, memorizando una frase para luego hacerlo con la siguiente, pero nunca recitándolo en su totalidad. Al terminar guardó de nuevo los objetos que antes había sacado del pequeño saco y desenfundó a su vez el cuchillo que finalizaría aquella venganza. Bajó todo lo despacio que pudo la cremallera de entrada de la tienda de campaña. En su interior un robusto hombre blanco dormía ajeno al papel que el destino le había guardado. Posó con suavidad sus manos sobre el cuello del infeliz, sintiendo los latidos rítmicos y pausados del sueño, para, de un salto, colocarse a horcajadas sobre su cuerpo. El hombre blanco despertó con los ojos desorbitados por la presencia de aquel indígena en su tienda y por la presión que aquellas manos ejercían sobre su cuello. La lucha no duró demasiado y pronto empezó a regresar al sueño del que había salido hacía un momento, preámbulo de la muerte por asfixia. En ese momento, el hechicero alzó el cuchillo para luego clavarlo de un golpe en el corazón aún vivo de aquel hombre. Fuera de la tienda se oía el ruido de pasos, los perros ladrando, órdenes en un idioma ininteligible. Por muy sigiloso que hubiese intentado ser, el forcejeo se había escuchado fuera. Era sólo cuestión de tiempo que dieran con él. De pronto, el conjuro empezó a hacer efecto y aquel hombre, aún con el cuchillo en el corazón, empezó a emitir pequeños gruñidos. En unos segundos reviviría por completo. Contó hasta tres y salió corriendo de la tienda para internarse en la maleza como alma que lleva el diablo, mientras las balas corrían tras él para darle caza. Huía sonriendo al pensar que pronto, esas mismas balas, estarían intentando matar sin éxito a su conjuro.
Publicado el 13 de julio en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
26 Mayo 2012
De madrugada, una canción y unos ojos despejados. Son pocos los ingredientes necesarios para el conjuro. Una cara que se escapa de la memoria, un latido insumiso que la sigue y en un segundo se desencadena el desastre. Palabras que se salen de la fila, lágrimas que se quitan el luto, sueños rotos que corren a repararse. La masa enfervorecida avanza entre surcos y circunvoluciones lanzando consignas ante un sistema que antes desearon. La música sigue sonando afuera, cada vez más fuerte, acallando el ruido de las yemas de unos dedos unidos a la causa. “¡Escribid malditos!” se oye desde algún lugar del cerebro. “¡Escribid mientras dure el conjuro!”
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
25 Mayo 2012
A su derecha se extendían diez metros de pasillo. Las paredes, que hace años tal vez fueran blancas, aparecían cubiertas de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, de unos seis metros. Cada una tenía al menos seis baldas atestadas de ropa. Jerséis, chaquetas, camisetas y pantalones se amontonaban día tras día esperando ser vendidos. El calor era insoportable. Y la música electrónica no contribuía a relajar aquel ambiente. A su izquierda una bolsa de basura contenía todos los plásticos que minutos antes protegían una treintena de chaquetas modelo Spring. Raquel cogió la siguiente caja de chaquetas y la abrió con el cúter. La cuchilla salió disparada por el lado contrario para caer al suelo. Al agacharse para recogerla, rozó por accidente la bolsa esparciendo todos los plásticos por el pasillo. Se quedó en cuclillas, respirando de forma pausada para no perder la calma e intento coger la cuchilla con dos dedos, cortándose la yema de uno en el intento. Lanzó un grito de rabia, tirando una de las chaquetas de la estantería contra el suelo. El walkie-talkie lanzó un chirrido metálico. Volvió a respirar hondo y apretó el botón para poder hablar. “¿Me llamáis?”. Al otro lado sólo había silencio. “¿Me escucháis?, no sé para que diablos queréis un walkie”. “Necesito una talla del almacén, ¿tengo que bajar yo ?” preguntó Laura, la cajera. “Claro que bajas tú, si te parece también lo hago yo”. Cada vez le costaba controlar su tono de voz y no dejar ver el desprecio que le imprimía a cada sílaba. Se agacho a recoger los envoltorios que había tirado antes y miro el reloj. Todavía quedaba media hora más para poder irse a casa. No sabía porque la chica estaba tardando tanto en bajar a buscar la talla. Empezó a subir la escalera hacia la tienda, mascando cada insulto que se formaba en su mente. Al abrir la puerta vio como Laura se había cambiado y se disponía a marcharse. “¿Tú no ibas a bajar a por no sé qué?” “ Ya, pero es que al final no la quería” contestó despreocupada y ajena al enrojecimiento de ira que mostraba Raquel. Tanta era la indiferencia que le pidió que le abriera la puerta trasera del almacén para salir por el aparcamiento. Raquel no daba crédito. “Claro que te abro, vete bajando que yo te sigo” le dijo. En cuanto pasaron el primer tramo, Raquel alargó las manos y la empujó precipitándola escaleras abajo. Ni siquiera emitió ningún grito. No se lo esperaba o quizás ni se dio cuenta. Desde arriba observaba en silencio su cuerpo retorcido, con una pierna enganchado en la barandilla y uno de los brazos en una posición imposible. Empezó a bajar las escaleras, peldaño a peldaño, sin prisa, para arrodillarse a los pies del cuerpo, aún con vida. “¿Te has hecho daño?, mira que os tengo dicho que tengáis cuidado con las escaleras” le dijo sujetándole la cabeza. Se cercioró de que no había nadie observando la escena. Después, lenta pero con determinación, ir girando la cabeza de Laura hasta que el crujido de las vértebras le indicó que ya era suficiente.
Publicado el 25 de mayo en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
21 Abril 2012
Era un encuentro silencioso y fugaz. De vez en cuando aparecía alguien y le dejaba una nota sobre el mostrador de su tienda junto con unas breves indicaciones para que entregara aquel mensaje. Después, a modo de pago, una moneda de plata. Las primeras veces, intentó protestar pero fue en vano. Siempre acababa sometido a la voluntad de aquellos extraños y terminaba llevando en persona el recado que estos le ofrecían. No hablaban, apenas miraban a los ojos. Su mente trataba de ocultar los rasgos más inverosímiles para adaptarlos a su propia realidad. Como un mecanismo de defensa imprescindible, sus sentidos camuflaron la falta de lógica de todo aquello. Llegaban mujeres y hombres de todas las edades, incluso niños. En todos ellos veía la tristeza impresa en el rostro y sabía lo que debía hacer sin más. Una de esas directrices implícitas exigía mantener la boca cerrada y tomar lo que le dejaban sin objeciones. Llegó un momento en el que no sabía si era el miedo o la prudencia lo que le llevaba a realizar aquella tarea.
Cada vez que se acercaban a él, un frío intenso empañaba toda idea al respecto. Era un acercamiento seco, rápido, sin dilaciones. Tomaba su mensaje y lo guardaba con el resto en una urna de cristal para más tarde clasificarlos. Tuvo que prolongar su horario de apertura hasta unir los días con las noches y viceversa sin orden alguno. Dormía y comía poco, lo suficiente para poder mantener aquel ritmo. Había días en que no había un solo hueco en toda la tienda. Las personas se agolpaban unas con otras, impacientes, sin apenas dejar respirar. Un día, en un ataque de histeria, agarró cuantas hojas y monedas le cupieron en manos y bolsillos y huyó de aquel lugar. Intentó alejarse todo lo rápido que pudo, sin equipaje y sin destino fijo. Anduvo hasta que la distancia tanto física como temporal le permitieron albergar algo de esperanza. Sin embargo, no fue suficiente. Estaba colocando unas bolsas en uno de los estantes de su nueva tienda cuando lo vio entrar. Se acercó al mostrador y esperó a que acudiese. Aún ignorante de la esencia de aquella visita, preguntó si deseaba alguna cosa, a lo que el visitante extendió la mano y dejó caer una moneda de plata. No había papel. Estaban el uno frente al otro, apenas separados por el metro y poco del mostrador. El extraño acercó su cara y pegó sus labios al oído de éste. Se quedó paralizado. El mensaje seguía siendo en esencia el mismo, pero ahora no dejarían que omitiera su cometido. Si antes había conseguido alejar la curiosidad de sí para no caer en la locura de leer aquellos mensajes, ahora se veía obligado a escucharlos. Aquel fue el nuevo comienzo. Sus voces muertas retumbaban en su cabeza. No tenía escapatoria. Repitió entonces el procedimiento. Clausuró ventanas y puertas y evitó cualquier contacto con el mundo exterior. Ahora, con una moneda en la mano y un papel en la otra, buscaba desesperadamente a alguien a quien dejar aquel mensaje. Un mensaje de horror y desdicha; un mensaje que albergaba una desgarradora súplica.
Publicado el 20 de abril en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
23 Marzo 2012
Aun seguía sentada en el borde de la cama, exhausta. Pensaba en cómo se puede complicar tanto la vida sin haber querido meterse en un problema nunca. En cómo se van cruzando ciertas personas en tu destino y en cómo estas acaban convirtiendo tu vida en algo que nunca imaginaste de niño. Se agachó debajo de la cama buscado las medias que, por cierto, él le había comprado, para colocárselas despacio, con mucho cuidado de no romperlas, y se levantó para ponerse el vestido rojo, un regalo también fruto de una discusión previa. Había sido un intento de chantaje su compra pero había que reconocer que le sentaba como un guante. Justo en frente había un pequeño espejo, sucio y desgastado, cansado de reflejar siempre las mismas caras de derrota, en el que se miró mientras se encajaba su sombrero. Le quedaba grande y, con cara de desprecio, lo tiró al suelo. Sacó del bolso una pitillera plateada y un encendedor Dupont a juego, que él le regaló, y encendió un cigarrillo. Había dejado de fumar muchas veces pero el placer ansiolítico de la nicotina era más accesible que cualquier pastilla. Aspiró profundamente, dejando que el humo saliese después casi sin empujarlo. Le dio unas cuantas caladas paladeando con detenimiento el sabor de ese tabaco rubio para dejarlo caer luego, apagándolo con la suela de uno de sus zapatos. La habitación estaba tan sucia que no se notaría. Se sonrió a sí misma y se agachó para recoger el sombrero y colocarlo en la percha, junto a su gabardina. Todavía estaba mojada, a pesar de que habían aparcado el coche justo en la puerta del motel. Esa noche no había llevado a su chófer, ni tampoco a sus guardaespaldas que, en vez de quedarse apostados justo en la entrada de la habitación, lo habían hecho en dos coches, unos cientos de metros más allá. Estaban acostumbrados a ese tipo de escarceos amorosos, superficiales y rápidos. Aunque con ella llevara haciéndolo demasiados años ya como para llamarlo de otra forma. Se merecía que la considerase su amante. Todo había salido tal y como lo había planeado. Tanto que él había dejado, confiado, la Colt encima de la mesilla, con el cargador casi completo y dentro de su funda de cuero, justo al lado de la cama. Había fingido pasarlo bien, como hacía siempre, pero ésa fue una velada especial. Se había quedado dormido, satisfecho, y creyéndose el dueño del mundo a tenor de la sonrisa que ni el sueño consiguió borrar. Le había vuelto a repetir lo mismo de todas las noches, de todos los infectos moteles de carretera. Siempre quiso saber porqué nunca la llevó a alguno de esos hoteles a los que tanto iba con otras. Quizás a ella no tenía que impresionarla con su dinero y por eso prefiría ir al grano, con esa mentalidad tan característica en el género masculino, que nunca pregunta y que después se sorprende ante el disgusto femenino. Nunca lo sabría. Y le daba lo mismo ciertamente. Ya no habría más mentiras, ya no tendría que competir con sus amigos, tan fieles y leales, ni con el dinero, ni con el alcohol, ni con el poder. Se acercó a la cama y, con el aire que desplazaba su cuerpo, levantó algunas plumas. Las mismas que minutos antes descansaban en el interior de un andrajoso almohadón y que ocultaron el sonido de su victoria. Sabría que necesitaba alguna prueba así que cogió su corbata manchada de sangre, se la guardó en el bolso, se puso el abrigo y salió por la puerta.
Publicado en Diario de Avisos el 23 de marzo
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo