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Terra
La Coctelera

Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

26 Mayo 2012

Conjuro

De madrugada, una canción y unos ojos despejados. Son pocos los ingredientes necesarios para el conjuro. Una cara que se escapa de la memoria, un latido insumiso que la sigue y en un segundo se desencadena el desastre. Palabras que se salen de la fila, lágrimas que se quitan el luto, sueños rotos que corren a repararse. La masa enfervorecida avanza entre surcos y circunvoluciones lanzando consignas ante un sistema que antes desearon. La música sigue sonando afuera, cada vez más fuerte, acallando el ruido de las yemas de unos dedos unidos a la causa. “¡Escribid malditos!” se oye desde algún lugar del cerebro. “¡Escribid mientras dure el conjuro!”

Tags: conjuro

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25 Mayo 2012

Locura

A su derecha se extendían diez metros de pasillo. Las paredes, que hace años tal vez fueran blancas, aparecían cubiertas de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, de unos seis metros. Cada una tenía al menos seis baldas atestadas de ropa. Jerséis, chaquetas, camisetas y pantalones se amontonaban día tras día esperando ser vendidos. El calor era insoportable. Y la música electrónica no contribuía a relajar aquel ambiente. A su izquierda una bolsa de basura contenía todos los plásticos que minutos antes protegían una treintena de chaquetas modelo Spring. Raquel cogió la siguiente caja de chaquetas y la abrió con el cúter. La cuchilla salió disparada por el lado contrario para caer al suelo. Al agacharse para recogerla, rozó por accidente la bolsa esparciendo todos los plásticos por el pasillo. Se quedó en cuclillas, respirando de forma pausada para no perder la calma e intento coger la cuchilla con dos dedos, cortándose la yema de uno en el intento. Lanzó un grito de rabia, tirando una de las chaquetas de la estantería contra el suelo. El walkie-talkie lanzó un chirrido metálico. Volvió a respirar hondo y apretó el botón para poder hablar. “¿Me llamáis?”. Al otro lado sólo había silencio. “¿Me escucháis?, no sé para que diablos queréis un walkie”. “Necesito una talla del almacén, ¿tengo que bajar yo ?” preguntó Laura, la cajera. “Claro que bajas tú, si te parece también lo hago yo”. Cada vez le costaba controlar su tono de voz y no dejar ver el desprecio que le imprimía a cada sílaba. Se agacho a recoger los envoltorios que había tirado antes y miro el reloj. Todavía quedaba media hora más para poder irse a casa. No sabía porque la chica estaba tardando tanto en bajar a buscar la talla. Empezó a subir la escalera hacia la tienda, mascando cada insulto que se formaba en su mente. Al abrir la puerta vio como Laura se había cambiado y se disponía a marcharse. “¿Tú no ibas a bajar a por no sé qué?” “ Ya, pero es que al final no la quería” contestó despreocupada y ajena al enrojecimiento de ira que mostraba Raquel. Tanta era la indiferencia que le pidió que le abriera la puerta trasera del almacén para salir por el aparcamiento. Raquel no daba crédito. “Claro que te abro, vete bajando que yo te sigo” le dijo. En cuanto pasaron el primer tramo, Raquel alargó las manos y la empujó precipitándola escaleras abajo. Ni siquiera emitió ningún grito. No se lo esperaba o quizás ni se dio cuenta. Desde arriba observaba en silencio su cuerpo retorcido, con una pierna enganchado en la barandilla y uno de los brazos en una posición imposible. Empezó a bajar las escaleras, peldaño a peldaño, sin prisa, para arrodillarse a los pies del cuerpo, aún con vida. “¿Te has hecho daño?, mira que os tengo dicho que tengáis cuidado con las escaleras” le dijo sujetándole la cabeza. Se cercioró de que no había nadie observando la escena. Después, lenta pero con determinación, ir girando la cabeza de Laura hasta que el crujido de las vértebras le indicó que ya era suficiente.

Publicado el 25 de mayo en Diario de Avisos

 

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21 Abril 2012

El mensaje

Era un encuentro silencioso y fugaz. De vez en cuando aparecía alguien y le dejaba una nota sobre el mostrador de su tienda junto con unas breves indicaciones para que entregara aquel mensaje. Después, a modo de pago, una moneda de plata. Las primeras veces, intentó protestar pero fue en vano. Siempre acababa sometido a la voluntad de aquellos extraños y terminaba llevando en persona el recado que estos le ofrecían. No hablaban, apenas miraban a los ojos. Su mente trataba de ocultar los rasgos más inverosímiles para adaptarlos a su propia realidad. Como un mecanismo de defensa imprescindible, sus sentidos camuflaron la falta de lógica de todo aquello. Llegaban mujeres y hombres de todas las edades, incluso niños. En todos ellos veía la tristeza impresa en el rostro y sabía lo que debía hacer sin más. Una de esas directrices implícitas exigía mantener la boca cerrada y tomar lo que le dejaban sin objeciones. Llegó un momento en el que no sabía si era el miedo o la prudencia lo que le llevaba a realizar aquella tarea. Cada vez que se acercaban a él, un frío intenso empañaba toda idea al respecto. Era un acercamiento seco, rápido, sin dilaciones. Tomaba su mensaje y lo guardaba con el resto en una urna de cristal para más tarde clasificarlos. Tuvo que prolongar su horario de apertura hasta unir los días con las noches y viceversa sin orden alguno. Dormía y comía poco, lo suficiente para poder mantener aquel ritmo. Había días en que no había un solo hueco en toda la tienda. Las personas se agolpaban unas con otras, impacientes, sin apenas dejar respirar. Un día, en un ataque de histeria, agarró cuantas hojas y monedas le cupieron en manos y bolsillos y huyó de aquel lugar. Intentó alejarse todo lo rápido que pudo, sin equipaje y sin destino fijo. Anduvo hasta que la distancia tanto física como temporal le permitieron albergar algo de esperanza. Sin embargo, no fue suficiente. Estaba colocando unas bolsas en uno de los estantes de su nueva tienda cuando lo vio entrar. Se acercó al mostrador y esperó a que acudiese. Aún ignorante de la esencia de aquella visita, preguntó si deseaba alguna cosa, a lo que el visitante extendió la mano y dejó caer una moneda de plata. No había papel. Estaban el uno frente al otro, apenas separados por el metro y poco del mostrador. El extraño acercó su cara y pegó sus labios al oído de éste. Se quedó paralizado. El mensaje seguía siendo en esencia el mismo, pero ahora no dejarían que omitiera su cometido. Si antes había conseguido alejar la curiosidad de sí para no caer en la locura de leer aquellos mensajes, ahora se veía obligado a escucharlos. Aquel fue el nuevo comienzo. Sus voces muertas retumbaban en su cabeza. No tenía escapatoria. Repitió entonces el procedimiento. Clausuró ventanas y puertas y evitó cualquier contacto con el mundo exterior. Ahora, con una moneda en la mano y un papel en la otra, buscaba desesperadamente a alguien a quien dejar aquel mensaje. Un mensaje de horror y desdicha; un mensaje que albergaba una desgarradora súplica.

Publicado el 20 de abril en Diario de Avisos

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23 Marzo 2012

Ella

Aun seguía sentada en el borde de la cama, exhausta. Pensaba en cómo se puede complicar tanto la vida sin haber querido meterse en un problema nunca. En cómo se van cruzando ciertas personas en tu destino y en cómo estas acaban convirtiendo tu vida en algo que nunca imaginaste de niño. Se agachó debajo de la cama buscado las medias que, por cierto, él le había comprado, para colocárselas despacio, con mucho cuidado de no romperlas, y se levantó para ponerse el vestido rojo, un regalo también fruto de una discusión previa. Había sido un intento de chantaje su compra pero había que reconocer que le sentaba como un guante. Justo en frente había un pequeño espejo, sucio y desgastado, cansado de reflejar siempre las mismas caras de derrota, en el que se miró mientras se encajaba su sombrero. Le quedaba grande y, con cara de desprecio, lo tiró al suelo. Sacó del bolso una pitillera plateada y un encendedor Dupont a juego, que él le regaló, y encendió un cigarrillo. Había dejado de fumar muchas veces pero el placer ansiolítico de la nicotina era más accesible que cualquier pastilla. Aspiró profundamente, dejando que el humo saliese después casi sin empujarlo. Le dio unas cuantas caladas paladeando con detenimiento el sabor de ese tabaco rubio para dejarlo caer luego, apagándolo con la suela de uno de sus zapatos. La habitación estaba tan sucia que no se notaría. Se sonrió a sí misma y se agachó para recoger el sombrero y colocarlo en la percha, junto a su gabardina. Todavía estaba mojada, a pesar de que habían aparcado el coche justo en la puerta del motel. Esa noche no había llevado a su chófer, ni tampoco a sus guardaespaldas que, en vez de quedarse apostados justo en la entrada de la habitación, lo habían hecho en dos coches, unos cientos de metros más allá. Estaban acostumbrados a ese tipo de escarceos amorosos, superficiales y rápidos. Aunque con ella llevara haciéndolo demasiados años ya como para llamarlo de otra forma. Se merecía que la considerase su amante. Todo había salido tal y como lo había planeado. Tanto que él había dejado, confiado, la Colt encima de la mesilla, con el cargador casi completo y dentro de su funda de cuero, justo al lado de la cama. Había fingido pasarlo bien, como hacía siempre, pero ésa fue una velada especial. Se había quedado dormido, satisfecho, y creyéndose el dueño del mundo a tenor de la sonrisa que ni el sueño consiguió borrar. Le había vuelto a repetir lo mismo de todas las noches, de todos los infectos moteles de carretera. Siempre quiso saber porqué nunca la llevó a alguno de esos hoteles a los que tanto iba con otras. Quizás a ella no tenía que impresionarla con su dinero y por eso prefiría ir al grano, con esa mentalidad tan característica en el género masculino, que nunca pregunta y que después se sorprende ante el disgusto femenino. Nunca lo sabría. Y le daba lo mismo ciertamente. Ya no habría más mentiras, ya no tendría que competir con sus amigos, tan fieles y leales, ni con el dinero, ni con el alcohol, ni con el poder. Se acercó a la cama y, con el aire que desplazaba su cuerpo, levantó algunas plumas. Las mismas que minutos antes descansaban en el interior de un andrajoso almohadón y que ocultaron el sonido de su victoria. Sabría que necesitaba alguna prueba así que cogió su corbata manchada de sangre, se la guardó en el bolso, se puso el abrigo y salió por la puerta.

Publicado en Diario de Avisos el 23 de marzo

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2 Marzo 2012

La playa

No se lo pensó, llamó al trabajo para decir que se encontraba mal, que el estómago no le había dejado pegar ojo en toda la noche y que no iría a trabajar. Con una sonrisa en su rostro, bajó al garaje y sacó la tabla del trastero para cargarla en su California. Callejeó un poco hasta tomar la autopista. Una hora después se desvió por un camino secundario plagado de plátanos que maduraban al sol, mecidos por el olor a mar que se sentía cerca. Aminoró la marcha mientras hacía memoria para encontrar el el camino de la pequeña cala, invisible a los ojos de quien no lo conociera. Las ramas bajas de unos árboles se apartaron al paso del coche para cerrarse tras él, ocultando de nuevo el camino. Las ruedas saltaban en los baches provocando un polvo que se perdía entre el follaje. Tras unos minutos las olas aparecieron ante sus ojos. Se adentró en el mar, sintiendo el frío que tanto extrañaba en el calor de la ciudad. Se tumbó sobre la tabla remando con sus brazos hacia el interior. Las olas todavía no eran lo bastante grandes, pero el viento pronto levantaría el agua y le permitiría navegar sobre ellas. Descansaba, a ratos, flotando, dejándose mecer por las olas que cada vez tenían más fuerza. El agua caía sobre él sin llegar a mojarlo, estaba dentro del cono que formaba el giro azul cristalino. La espuma se mezclaba, por la fuerza con que caía, con la estela que él iba dejando. Sonreía con todas sus fuerzas, librado de un estrés de días atrapado en el trabajo. Se sentía salvaje con sus gritos ahogados en el estruendo del agua que intentaba alcanzarlo sin conseguirlo. El día siguió avanzando y con el las nubes grises. Empezaba a hacer frío. Tenía pensado estar en la playa hasta el anochecer y la luna hiciera su aparición. Se puso su traje de neopreno y avanzó de nuevo sobre las aguas bravas. El mar embestía la tabla intentando volcarla, pero él mantenía firmes sus brazos y su cuerpo guiándola más allá de donde las olas se deshacían. Pasaba por debajo de ellas, mojándose. Las atravesaba para poder situarse más tarde por encima. Giros, vueltas, gritos. La luna brillaba en su traje mojado, en la superficie revuelta del agua, en la espuma que quedaba estancada en la playa. Fue entonces cuando la sintió acercarse. Viró su cuerpo para enfrentarse a ella. Subió, hasta colocarse sobre ella, en la cima, hasta hacerla suya. Desde aquella altura, que nunca antes había llegado a alcanzar, distinguía las luces de una aldea cercana. Esa distracción le iba a costar cara. Fue un golpe inesperado. El agua lo cubrió, lo zarandeó de un lado a otro. Sintió que sus pulmones ardían al llenarse de agua y que la inconsciencia intentaba abrirse un hueco en él. Agitó los brazos para alcanzar la superficie, pero ella no estaba dispuesta a dejarlo escapar tan fácilmente. Lo alzó en el aire para recogerlo de nuevo para ,finalmente, ser arrojado sin piedad hacia la arena, en una posición tan retorcida que sintió que todos sus huesos se quebraban al golpearse. Se hizo la oscuridad. Cuando abrió los ojos, la luna lo miraba intrigada desde el cielo, ahora limpio de nubes. Intentó moverse, pero el cuerpo no le respondió. Se sentía magullado por el golpe. Su cuerpo estaba curvado, un brazo retorcido bajo el cuerpo y el otro estirado frente a él. Ninguno de los dos se movía y las piernas no las notaba. Pensó con horror que se había roto la espalda y que oculto como estaba ente aquellas dunas nadie le encontraría. Sólo podía mover la cabeza arriba y abajo. Descansó la cabeza sobre la arena, necesitaba pensar, no dejarse abatir. Cambió de posición apoyando la barbilla para sostenerse y al respirar agitadamente los granos del suelo se levantaban y se metían por la nariz. Pero no podía dejar de respirar. Hizo el esfuerzo de mover su cuerpo para intentar darse la vuelta. Pero el tronco no respondía a las súplicas. Probó mandando órdenes a su mano extendida sobre la duna para que lo alzara, pero ella parecía descansar plácidamente. Sólo le quedaba gritar y pedir auxilio pero, cada vez que su boca se abría, una lluvia de arena se precipitaba dentro. Estaba vencido, sabía que no podría luchar durante mucho tiempo más. El viento parecía confabulado con su desgracia y removía el suelo cada vez con más fuerza. Mantenía la cabeza agachada intentando no ahogarse en el vendaval. Su barbilla tocaba su pecho inmóvil, mientras boqueaba buscando aire en ese hueco. Respirar se estaba haciendo demasiado fatigoso. Demasiado necesario. Miró por última vez al mar y se rindió.

Publicado en Diario de Avisos el 2 de marzo

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3 Febrero 2012

La apuesta

La única esperanza que albergaba era la de salir vivo de allí. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba corriendo, con la sensación de estar deambulando una y otra vez por el mismo pasillo, las mismas habitaciones. Es como si aquella casa se hubiese convertido en una suerte de cubo de Rubik, con las paredes cambiando de forma, igual que piezas rotatorias. Y éstas le cercan; se pliegan como papel usado, aunque realmente no se mueven. El techo decide aliarse, cayendo como un lienzo que se desprende de su marco, podrido por la carcoma que parece observarle como diminutos duendes hambrientos de su carne. Es un ratón encerrado en un laberinto, un juguete de laboratorio en aquella morada. No quiere acabar igual que el resto de sus compañeros, de los que hace tiempo que no escucha ya ni sus lamentos. Quiere detenerse a recobrar aire, pero los nervios se lo impiden. Le advierten que debe continuar, porque en cuanto pare, todo se cerrará en torno a él. Duda si no será eso lo mejor y acabar de una vez por todas con este teatro. Un coro de alaridos surge tras él, poniendo en guardia hasta el último pelo de su cuerpo e insuflándole de paso un poco más adrenalina. Los gritos ondean por la atmósfera enrarecida, rancia y añeja, y le aporrean los oídos hasta que el derecho parece estallar con un chispazo que casi lo derriba. No quiere saber de dónde provienen, ni de quién o qué. Maldita sea la hora en la que aceptó la apuesta. Los retratos se difuminan en los cuadros; la pintura se mezcla en remolinos amorfos, formando una masa uniforme. De las telas que habitan se desprende una pestilencia orgánica, macerada, caliente, de donde brotan virutas negras y azuladas. Moscas. El vapor de una nausea repentina asciende por la garganta como humo por una chimenea. La tos le clava al suelo. Las piernas ceden y lo dejan caer por un instante. El jinete de su corazón hinca las espuelas con rabia, arañándole el pecho. Trata de respirar, pero aquel hedor le tapona la nariz, inundándole los pulmones. La risa ronca, atascada, mecánica, nacida de cada ladrillo, de cada tablón que sella las ventanas, de cada mobiliario astillado, anuncia la derrota próxima. Ante sus ojos enrojecidos, al final del pasillo, la silueta de algo desconocido se forma como una bruma mohosa. Entonces sabe realmente que ha perdido; su cuerpo es el encargado de anunciarlo, aflojando el nudo que aprieta a la vejiga. Y el tiempo se ralentiza de la misma forma que le habían contado cuando se tiene la certeza de que se va a morir. Tres segundos pueden convertirse en una hora de tensión agonizante. Y él morirá en mucho menos tiempo que ese. La bombilla de la linterna que lo acompañaba, encerrada, como él,  en su celda de cristal, se estremece, avisándole su huida. Aún con la escasa luz que le rodea, pueda contemplar cómo entre la neblina se forma una sonrisa, de labios secos, de expresión victoriosa. Con un parpadeo, la sonrisa se ensancha; con el segundo, la boca se abre, formando un agujero tan oscuro como su futuro; y con el tercero, las paredes caen sobre él, ahogando sus gritos para siempre.

Publicado el 3 de febrero en Diario de Avisos

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14 Enero 2012

María

No remoloneaba en la cama a la hora de levantarse. Hacía su cama, se duchaba y salía corriendo aún con la tostada en la mano. Era la primera en llegar al colegio; siempre a las 8:45. El bedel, tras meses de verla aparecer siempre a la misma hora, salía para dejarla pasar a pesar de que la verja del colegio no se abría hasta las nueve. Le daba pena ver a la niña allí fuera, empapada los días de lluvia o acalorada cuando el sol comenzaba a dar sobre la puerta. María se sentaba entonces en el escalón de la puerta de acceso a las aulas y esperaba mientras su corazón desbocado se iba calmando. Durante el resto del día María sonreía, atendía en clase, hacía sus trabajos, jugaba con sus compañeros y se olvidaba de la vida fuera del recinto escolar. Era cuando daban las cinco cuando su cara cambiaba. Se volvía más sombría y sus labios eran una fina línea apretada. Recogía su estuche, sus cuadernos y libros rápidamente y salía hacia casa sin perder un solo minuto. No se quedaba después de las clases a jugar con sus amigas. Debía llegar a casa cuanto antes. Su madre cuando la veía entrar por la puerta con la cartera colgando y el pelo alborotado se quedaba un poco extrañada, le ponía la merienda en un plato mientras María subía a su cuarto a dejar las cosas y lavarse la cara, y la miraba luego en silencio. La niña parecía tranquila, pero su madre sabía que algo le pasaba, no algo referente a sus compañeros, pues a estos los veía más tarde, cuando pasaban a buscarla para jugar un rato después de hacer la tarea. Pero aquella mañana María se había quedado dormida; la tarde anterior la había pasado con sus primos en el campo y cayó rendida en la cama. Al ver la hora que era le pidió a su madre que la acercara al colegio, pero “Todavía es pronto, te dará tiempo a llegar”  le contestó mientras la despedía en la entrada. La niña suspiró y reuniendo todo el valor del que era capaz salió a la calle. Ando a pasos rápidos hasta la esquina. Al torcer y enfilar la calle en dirección al colegio su corazón empezó a latir con fuerza. Lo oía como un pulso intermitente en sus sienes, la respiración también se aceleró; agarraba la mochila con fuerza y tenía las pupilas dilatadas. Antes de verla sus oídos ya la habían escuchado y el miedo había podido con su valor. La perra estaba en el jardín, al ser más tarde ya le habían abierto la puerta de la casa para que correteara por el jardín y ahí estaba, esperándola. Permanecía pegada a la reja con sus ojos amarillos mirándola y las patas, en una tensión casi irreal, sostenían su corpulento cuerpo dispuesto a saltar. María persuadió a sus piernas para que se movieran, para que la sacaran de allí cuanto antes, para que atravesaran aquel trozo de calle que durante un tiempo había sido para ella un paseo tranquilo. Quiso obligarse a no mirar, a dejar que los ladridos la traspasaran, a no darle importancia al pavor que sentía por el animal. Pero el mismo miedo que la inducía a no mirar era el mismo que la obligaba a enfrentarse a él, a intentar superarlo, a pensar que la reja contendría al animal; que ella estaba fuera, libre, y él en aquel trozo arruinado de hierba. La perra sacaba el hocico entre los barrotes, estaba manchado de tierra húmeda y sus enormes colmillos brillaban en la luz de la mañana. Gruñía y miraba fijamente a lo que podía ser una presa fácil. Tierna. María permaneció delante de ella con un arrojo impropio de una niña de su edad. Su cuerpo se inclinaba hacia la puerta, cualquiera que la viera en aquella posición podría llegara a pensar que estaba reprendiendo al animal por su comportamiento. Nadie se daría cuenta que sus ojos se habían quedado anclados en la mirada ambarina de la bestia. Nadie comprendería que el pánico había vuelto su cuerpo inerte, que estaba a merced del miedo, que su vulnerabilidad era en ese momento tan frágil que podría ser quebrada con una simple brisa que la rozara. Que había dejado de ser ella misma, para estar desamparada ante una bestia que le doblaba en fuerza. Que no correría, porque había dejado de estar allí, había perdido cualquier voluntad y control sobre sí misma y el animal lo sabía. Olía su miedo, se regocijaba en el. María no volvió esa tarde a casa. Su mochila fue encontrada al atardecer cerca de la verja del número 13 por la policía, que irrumpió en la casa para interrogar al dueño. La perra estaba acurrucada en la cocina, en su cesta, hecha un ovillo. Sólo había levantado las orejas al verlos aparecer. Había abierto un ojo, tanteo el aire con la cola y se sumió de nuevo en un letargo apático ignorando a los visitantes. Nadie volvió a fijarse en ella, nadie vio sus patas blancas teñidas de rojo, ni su hocico ensangrentado.

Publicado en Diario de Avisos el 13 de enero

 

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31 Diciembre 2011

Las diez

La mayor de las tres mujeres, una anciana de rostro indescifrable y pelo blanco, miraba al frente sin ver más que los fantasmas del pasado que, a veces, parecía seguirlos con los ojos de rincón en rincón. “Son las almas de nuestra guerra sin sepultar que vienen a recriminarnos”, era su teoría. La menor, su nieta, había dejado de ser hacía años una treintañera. Se mordía las uñas y saboreaba los pequeños trozos para esconder el miedo tras el sabor de la queratina. Ella creía en la teoría de la abuela tanto como en las de su madre, dependiendo de quién la sostuviese en cada momento. Para ella ambas eran igual de convincentes. La mediana, hija de una y madre de la otra, controlaba en un hipo compulsivo un llanto fácil pero pesado. Las tres, en silencio, masticaban su ritual a la espera de que las agujas marcaran las diez de la noche. El péndulo, como un hacha que cercenaba el tiempo, martilleaba sus sienes. Sentadas en el salón, la abuela en el sillón gastado, la madre y la nieta en el sofá de tres plazas, con las manos buscándose, tragaban saliva. El viejo reloj entonces lanzó su sintonía de diez campanadas. La última quedó colgando, repartiendo su eco por la habitación, hasta que salió por el pasillo, hasta la cocina y escapó por la chimenea. Y fue cuando sonó el teléfono. La abuela comenzó a persignarse y a repasar las cuentas del rosario que tenía preparado junto al cojín, su hija rompió a llorar y la nieta hundió la cabeza entre las manos. “¡No puedo más! ¡No puedo más!” repetía como repetían cada una de ellas después de siete años. El teléfono sonaba y sonaba, incansable. “¡Cógelo, por Dios!” gritaba la madre. Su hija se levantó gritando “¡Cógelo tú! ¡Yo no resisto más!”. La abuela seguía rezando. La madre lo descolgó. Sollozando, se lo acercó al oído. Intentó balbucear un “¿Sí?” pero de inmediato se tapó la boca con la otra mano para disimular el llanto. Colgó despacio y se dejó caer en el sofá. Las tres mujeres siguieron así, en murmullos, suspiros y silencios hasta que el cansancio las venció de madrugada, como todas las noches desde hacía siete años cuando, sin saber por qué, a las diez en punto, sonaba el teléfono. Daba igual quien descolgara, la respuesta era siempre la misma: nada. Y no había dejado de sonar ni un solo día. Intentaron cambiar de número de teléfono, reportar cientos de averías a la compañía telefónica o sustituir el aparato una veintena de veces. Modelos de todo tipo, colores y prestaciones fueron instalados sobre la mesita con lámpara del rincón. Daba lo mismo. Desesperadas, un día hablaron con Tía Luisa, la hermana de la abuela, que conocía a alguien que se definía como vidente, con anuncio en el periódico, y a quien consideraba su bruja particular. Con tan buenas referencias y sin nada que perder, la amiga vidente fue invitada a asistir en primera persona al espectáculo diario. Recorría la habitación con los ojos cerrados y las palmas de las manos al frente, quizás no tanto para captar energías como para no golpearse con los muebles. Las mujeres de la casa la observaban entre sorbos de café cuando sonaron los cuartos previos y comenzaron las campanadas. Al acabar éstas, sonó el teléfono. La vidente descolgó el auricular. De pronto, se le pusieron los ojos en blanco. La abuela agarró el rosario y comenzó a repasar las cuentas. Tía Luisa zarandeó a la desquiciada pero ésta empezó a proferir tales gritos que heló la sangre de las demás mujeres. El teléfono se cayó, por fin, de su mano y, sintiéndose libre, corrió la mujer arrasando la mesita, a su amiga, a la abuela y a varios muebles más, hasta que llegó a la puerta de la calle, la abrió y huyó de la casa.“¡El teléfono!”, avisó la nieta. “¡El teléfono!”, repitió. La abuela interrumpió sus rezos para mandarla callar, pero ella insistía. “¡El teléfono!”, hasta que la madre, tras sorberse las lágrimas, se acercó al aparato. “¡Está roto!”, señaló. Mostró el cable arrancado a las otras. “¡El teléfono está roto!”. “¡Claro!”, gritó la nieta. “¿Cómo hemos podido ser tan estúpidas? ¿cómo no lo hemos pensado antes?, ¡arrojémoslo a la basura! Las otras mujeres se miraron y reconocieron su propia estupidez. “¡A la basura! ¡A la basura!”, gritaba la abuela aplaudiendo. El día siguiente fue muy distinto para ellas. Sonreían, corrían cortinas y abrían ventanas. Habían dormido bien y comieron con apetito, incluso la abuela, con su anemia crónica, fijó con extra de pegamento su dentadura para disfrutar del filete. Eran tres mujeres felices, al menos hasta que se acercaron las diez de la noche y sus ojos, acostumbrados tras tantos años, se fijaron en la mesita que soportaba el teléfono. Ahora, sólo un tapete de ganchillo blanco. Y al llegar las diez de la noche, naturalmente, ningún teléfono sonó. La abuela no cogió su rosario; la nieta no sabía si reír o llorar y la madre ahogó una sonrisa con la mano. Pero entonces, sonaron unos golpes en la puerta. ¿Abro?” preguntó la nieta. “¡Abre!” ordenó la madre. El picaporte cedió. Las bisagras giraron y la puerta se abrió poco a poco. “¡Nadie, Mamá!” gritó histérica “¡Nadie, nadie!” canturreaba la abuela contando las cuentas negras del rosario. “¡Nadie, nadie!”, repetían sollozando las mujeres. No había nadie al otro lado de la puerta cuando sonaron las diez. Y siempre llamarían a las diez.

Publicado en Diario de Avisos el 30 de diciembre

 

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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