6 Febrero 2010
Roberto, mi hijo, nunca me había desobedecido hasta ese día. No tenía porque haberse acercado tanto a la orilla ni yo tenía porque haberme concentrado tanto leyendo aquel libro que ni siquiera me acuerdo cómo se titulaba. No hubo nada que hacer me dijeron. Demasiado tiempo sin respirar. Sólo tenía seis años.
Con el tiempo y tras muchas recaídas en la desesperación, intentamos seguir adelante, no olvidando pero sí mirando para otro lado. Era la única forma de poder levantarse todos los días sin caer en la tentación de perder horas enteras recordando segundo a segundo lo que había ocurrido, deseando el imposible de que si el mismo Dios que se lo llevó decidiese dar marcha atrás en el tiempo yo pudiese hacerlo bien esta vez. Así, encerrados mi esposa y yo en una rutina anestesiante, dejando la mente en blanco cada vez que se nos agotaban las ocupaciones, discutiendo cada vez que la culpa nos azotaba, la vida, de súbito, nos dio una segunda oportunidad, o eso pensamos. Ahora quizás nos arrepentimos pero decidimos ponerle también el nombre de Roberto.
Es probable que, como padres, visto desde la distancia, estuviésemos sobreprotegiendo a nuestro hijo, aunque lo más preocupante diría que era el hecho de que el suceso de la muerte de nuestro primer hijo se fuese diluyendo en la memoria. Para ser exactos, se iba mezclando, con nuestro beneplácito, con las nuevas experiencias que el nuevo Roberto nos brindaba. Así, a los pocos meses de nacer este, tenía la sensación en ocasiones de que estábamos hablando de un solo niño.
Esta idea iba haciéndose cada vez más presente en mi día a día a lo largo de los años, hasta el punto de que cada mínima acción que realizaba el nuevo Roberto, yo corría a compararla con alguna que guardaba en el recuerdo de mi hijo fallecido. Era, hasta para los ojos de los más objetivos, inusual el grado de coincidencias. Desde las preferencias hasta las mismas manías, pasando por, y he aquí lo más inquietante de todo, detalles de nuestro pasado que jamás le fueron contados. Mi mujer, siempre más dada a interpretaciones de corte espiritual, terminó, primero en círculos íntimos para después a cualquiera que mostrase algo de curiosidad, por divulgar su interpretación personal que no era otra que afirmar que el destino le había reemplazado a nuestro hijo por otro igual como reconocimiento, quizás, de que su muerte prematura había sido un error. Ni que decir tiene cuanto daño provocó no sólo a su imagen personal si no también a su estabilidad psicológica.
Por mi parte, lejos de reconfortarme esa teoría, me causaba más bien terror. En vez de intentar pasar el mayor tiempo libre del que dispusiera en presencia de Roberto, yo lo rehuía, de forma inconsciente al principio y deliberadamente al final. No me imaginaba qué clase de regalo podía ser recordar la muerte de un hijo cada vez que viese a su hermano o, aún peor, rememorar en su mirada el error cometido por mí. Pero pronto, las intenciones del destino se mostraron ante mí.
Habían pasado cerca de diez años desde la última vez que pasamos las vacaciones en el piso que mi madre tenía en la costa. Casi diez años desde que Rober se había ahogado en esa playa que ahora se veía en calma a pesar de la ingente cantidad de turistas que un mes de agosto infestan hasta el último centímetro. Nos levantamos tarde, disfrutando del descanso que las vacaciones dan a la tiranía del despertador. Mi mujer se dispuso a preparar un desayuno rápido para bajar cuanto antes a la playa y yo entré a la habitación de mi hijo para despertarlo. Al abrir la puerta, un escalofrío se adueñó de mi voluntad. Sin ni siquiera poder gritar ni empezar a correr hacia cualquier dirección, me quedé inmóvil mirando la estampa que se reproducía ante mí. Roberto, sentado en la cama, hablaba en voz baja, susurrando a una figura de su misma altura, sentado delante de él. No duró más de unos segundos pero los suficientes como para que esa sombra se girara hacía a mí y clavara sus ojos negros en los míos. Luego desapareció caminando hacia una esquina. Roberto, como cuando se sabe descubierto en un juego prohibido, se recostó en la cama, tapándose con la sábana. Era evidente quien había sido el artífice de que mi hijo se pareciese tanto a su hermano muerto. No era casualidad. Era resultado de quién sabe cuantos años de charlas secretas como la que acababa de presenciar por sorpresa, compartiendo, con su hermano vivo, el optimismo que tantos años bajo tierra no pudieron ahogar.
Publicado el 5 de febrero en Diario de Avisos
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22 Enero 2010
Cuando se pasa la mayor parte del tiempo con la única compañía de las cuatro paredes de esta celda, es evidente que filosofar sobre las circunstancias que me han arrastrado hasta esta situación es mi entretenimiento favorito. Desde que tuve uso de razón, a la pregunta que siempre tienen a bien formular los adultos que te rodean, esa de “¿Qué quieres ser de mayor?” , para su asombro solía contestar que “artista”. Y en efecto, tras algunos años de formación o, más bien, de pulido, conseguí abrirme paso entre la escena cultural de mi ciudad hasta lograr permitirme incluso vivir de mi trabajo, algo que en mi ámbito profesional es, sin duda, harto complicado.
Durante los últimos meses, al repasar lo que ocurrió aquel día, he ido elaborando una teoría que, si bien, no es en modo alguno científica, tal y como podría ser la presentada por la acusación particular, sí es la que consigue calmarme, espiritualmente si quieren, cuando me visualizo cometiendo el crimen del que estoy acusado. Visualizarme he dicho porque recordar no sería la palabra apropiada puesto que mi memoria se ha negado a confesar. Mi teoría es que actué, dejando al margen explicaciones psiquíatricas, guiado por mi lado sombrío, mi Mr. Hyde particular, mi demonio más íntimo, ese que, no me lo negaran, nos susurra conspiraciones al oído o nos incita a golpear donde más duele. Pero sigo sin entender qué mecanismo hizo que, en mi caso, no pudiera retenerlo en el interior de mi cabeza como siempre, si no, es más, me dejó sin dominar la situación, a merced de su maldad.
Trabajaba en mi garaje reconvertido a taller por cuestiones económicas que no vienen al caso, siguiendo la rutina en la que, paradójicamente, se basa mi creación, cuando me vi de nuevo interrumpido por el escaso gusto musical de mi vecino. Al principio no le dí demasiada importancia, era cuestión, supuse, de esperar a que se diera cuenta de que existía más gente en el edificio, pues se había instalado hacía algunas semanas. Pero lejos de percatarse de la existencia de más personas, fue, como quien va adquiriendo confianza, alargando aquellas sesiones musicales de un género que aún hoy soy incapaz de catalogar. Y estaba claro que su ejercicio de expresión artística era inversamente proporcional al desarrollo del mío.

En más de una ocasión he dicho que soy una persona acostumbrada a trabajar contrarreloj. Me gusta dejar pasar el tiempo hasta que la fecha de finalización acordada se acerca porque es entonces cuando la adrenalina, quizás, colabora estrechamente con mi imaginación para conseguir esos resultados que tantos halagos han cosechado. Pero nunca he dicho que me gustasen las distracciones, es más, cuando trabajo me irritan hasta tal punto que más de un amigo recuerda la cantidad de improperios que suelo soltar cuando se me molesta. A este último dato, todo sea dicho, supieron sacarle la punta justa los abogados de mi víctima.
De pronto, como cuando se despierta en casa ajena, tarde unos segundos en ubicarme con exactitud. Estaba tumbado sobre la cama. No sabía cuánto tiempo había pasado. Seguía siendo de noche, así que calculé que a lo sumo tres o cuatro horas. Había salido de mi taller con la intención de hacerle saber a mi vecino cuán molesta era su actividad para mi trabajo. Y desde luego que lo supo. Pero en aquel instante, no recordaba nada más allá del momento en el que usé mi martillo a modo de timbre en su puerta.
No tenía ni siquiera la sensación de que hubiese ocurrido algo malo. Incluso me sentía relajado de una forma que no había experimentado antes. Sentí la necesidad de buscar un espacio abierto, “el mar” pensé. Cogí mi coche y enfilé hacia la avenida marítima. No duré ni tres semáforos. Para ser exactos, dos. En el primero, a un coche de incógnito de la policía le llamé la atención, así que a la altura del segundo cruce me hizo señales para que me parara en el arcén. Al principio me pidieron la documentación del automóvil y mi licencia de conducir. Esa información pronto dejó de tener sentido cuando, asustados, se llevaron las manos a sus respectivas armas. El resto, es probable, que ya lo habréis visto u oído en algún medio de comunicación. Desde luego si hubiese sabido que alcanzaría la fama esa misma noche, hubiese preparado algún discurso más elaborado en vez de la onomatopeya que salió de mi boca cuando los agentes abrieron el maletero de mi coche. He ahí mi obra maestra. Sin buscarla, en un acceso de locura y en un modalidad del arte con martillo que nunca había trabajado. El destino tiene un sentido del humor bastante negro.
Publicado el 22 de enero en Diario de Avisos
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12 Diciembre 2009
No fue hasta hace unos días cuando llegó hasta mis oídos por primera vez la historia completa sobre la extraña muerte de mi abuela. Hasta entonces sólo había podido escuchar frases sueltas que se silenciaban al percatarse de mi presencia, provocando, como es lógico, aún más curiosidad. Fue un compañero de estudios el que, al visitarme en el hospital tras una de mis frecuentes crisis, se atrevió a relatarme lo que decían en el pueblo sobre el caso. A estas alturas no sé si agradecérselo o maldecirlo, puesto que despertó en mí una especie de obsesión por conocer cuáles fueron los motivos por los que la madre de mi padre se había suicidado de aquella forma. Me intrigaba sobremanera recrear las costumbres y las inquietudes de esa mujer, tratando así de dar forma a la figura de una abuela cuya presencia parecía negarse por parte del resto de la familia.
El primer lugar en donde recabar información estaba claro. Debía ser la biblioteca de los abuelos que así era como se referían al ático mis padres. Me las ingenié para hacerme pasar por enfermo y poder ausentarme de las clases en el instituto. Gracias al afán de protección de mi pobre madre no fue tarea difícil. Cuando me quedé a solas, accioné el mecanismo que colgaba del techo del pasillo y que hacía bajar la escalera de acceso al desván. Ya había estado allí con anterioridad pero, aparte de suciedad y estanterías repletas de viejos volúmenes, no había nada que llamase especialmente la atención. Pero esta vez, quizás movido por el deseo del descubrimiento, me percaté de la presencia de un baúl, casi tapado por varias cajas de cartón. Una vez descubierto, uno se pregunta cómo no se había dado cuenta antes. Tenía en la tapa dibujado, o más bien, habían marcado con un cuchillo, tal vez, la forma de un círculo. Al abrirlo encontré una caja metálica, un papel escrito y una tiza blanca. Cerré la escalera de acceso y me dispuse con tranquilidad a profundizar en mi descubrimiento.

Fue una mala idea. No sé las horas que llevo encerrado en el ático, sentado en medio de un círculo de tiza que yo mismo dibujé, siguiendo las instrucciones del papel que había en el interior del baúl. ¿Por qué seguí leyendo a pesar no de entender el idioma en el que estaba escrito? No se pueden imaginar cuántas veces me he preguntado eso mismo en el transcurso de la última media hora, mientras escribo este texto como único testamento del infierno que yo mismo desaté. A mi alrededor han surgido desde la oscuridad de las esquinas sombras de grotescas formas que, reptando, se acercan hasta donde estoy sentado. La línea de tiza que me rodea, por alguna explicación que desconozco, es lo único que me protege de sus garras. Lucho mientras escribo por no levantar la vista aunque sigo escuchando el siseo que producen al acercarse una y otra vez. Oigo como me llaman por mi nombre, desde todas partes, con distintas voces. Desde las paredes aparecen caras con expresiones terribles. Pase lo que pase no voy a salir de este círculo. Abajo, en el pasillo escucho como algo mucho más grande que los espectros que me rodean, se desplaza dando pesadas zancadas de un extremo al otro. Estoy seguro que está buscando como acceder a este desván.
Temo desmayarme y quedar expuesto a las dentelladas que me lanzan los seres que me acompañan desde hace horas. Ya no oigo a mis padres. Oí como uno y después el otro entraron a casa; oí como me llamaron para luego nada más que el silencio. ¿Estarían muertos? Probablemente, aunque para mi propio desconcierto sólo me preocupa que sea lo que sea que haya en el piso de abajo, no dé con mi escondite, porque algo me dice que no habrá círculo de tiza que me proteja.
Un ruido estrepitoso acaba de sacudir toda la casa. Hace unos minutos sentí como una fuerza me tiraba de los pies. Me descalcé y grité con toda mi alma. Sin darme cuenta, me había agarrado con fuerza las rodillas y empecé a balancearme mientras repetía como un salmo lo que tantas veces me habían dicho los médicos. “Esto no esta pasando” entonaba una y otra vez. Pero no funcionó. Los ruidos iban aumentando su volumen hasta que todo quedó en calma, sin previo aviso. La puerta del desván se abrió y vi aparecer una figura, como las que me habían estado atormentando desde hacía horas, pero mucho más grande. La oscuridad en la habitación es tal, debido a la noche que se me ha echado encima sin darme cuenta, que no puedo ver ningún detalle de ese ser. Está de pié, sin moverse, observándome. Sin duda viene a por mí. Cuán paradójico puede ser el destino. Quién me iba a decir a mí que iba a morir igual que mi abuela. La ventana está sólo a dos pasos. No tendrá tiempo de atraparme.
Publicado el 11 de diciembre en Diario de Avisos
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14 Noviembre 2009
Los cinco pisos pasaban más lentamente de lo que había imaginado. Siempre pensé que una vez hubiera reunido el valor para saltar, el camino hasta el suelo sería cuestión de apenas unos segundos y que el impacto con la acera me sumiría en la nada que anhelaba. Pero nada más lejos de la realidad. Puedo afirmar que el tiempo se ralentizó de tal manera que fui consciente de un nivel de detalle como nunca antes había experimentado. Pude contar cada uno de los balcones que fui viendo en mi caída, fijándome en el esmerado orden con el que estaban colocados los bonsáis del vecino del cuarto, en cómo, Luisa, la del tercero, se había reconciliado con su marido al ver la ropa de éste en el tendedero o de que Arturo, el presidente de la comunidad, seguía fumando a escondidas de su mujer. Esos detalles cotidianos de la intimidad de mis vecinos, que sólo pudieron ser violados desde la perspectiva en caída libre que disponía, admito que provocaron en mí un amago de arrepentimiento. Lo siguiente fue una luz cegadora.
Ver cómo algunas madres tapaban los ojos a sus hijos al pasar por la acera de enfrente o a vecinos de otros edificios colindantes, que no me conocían en absoluto, palidecer de espanto al verme allí tirado, me hicieron sentir una vergüenza horrible. Me dieron ganas de coger cualquier cosa para taparme de tantas miradas indiscretas, que se preguntaban, quizás, qué era lo que se me había pasado por la cabeza para hacer lo que hice. Lo más triste era precisamente eso. Mi incapacidad para contestar ahora a esa pregunta. Todos los motivos que me quemaban la conciencia cinco pisos más arriba, estaban ahora igual de fríos e inertes que yo ahora.
En un sentido figurado, Marta también había caído conmigo. Verla con el gesto serio y la mirada perdida ante aquel ataúd con mi caricatura, despertaba en mí el deseo de abrazarla, de gritar ante todas aquellas personas que en realidad estaba allí y que sentía mucho lo que había hecho. Pero el tiempo en esta dimensión no se rige por las leyes naturales de los vivos y, en tan solo un suspiro, me encontraba en la que había sido mi casa, sin rastro de mi mujer. Esta soledad que al principio me intranquilizaba pronto se convirtió en agradecida, puesto que lo que me esperaba fuera era más bien insoportable. Las calles, las avenidas, los parques y cualquier espacio abierto en general, eran un desfile de vivos y muertos como yo. Tanto unos como otros iban y venían ensimismados en sus propios asuntos; unos preocupados quizás por resolver problemas eventuales, otros, los de mi clase, desquiciados por no encontrar la forma de volver a la vida.
Casi siempre era imposible comunicarse con cualquier otro en mi situación, a lo sumo, te evadían o te atravesaban irritados por tu atrevimiento. Había, sin embargo, otros que te abordaban preguntándote por algún familiar o te suplicaban que hicieras algo para aliviarles el dolor que sentían. Por todos lados se oían gritos de desesperación, lamentos o preguntas al viento. ¿Debía ser esto el infierno?
Y al regresar a mi casa, lo mismo de siempre. Silencio. Recuerdo buscar a Marta en casa de su familia, de sus amigos o incluso en su trabajo. Anhelaba sentir su calor en un abrazo o en un beso. Pero no había rastro de ella.
¿Existiría el cielo? Quizás no exista, pensaba, que la única recompensa de los espíritus en pena como yo, era simplemente que este tormento desapareciese, diluirme sin más en la profundidad del tiempo. El cómo hacerlo era la cuestión.
En una ocasión, deambulando por cualquier sitio, decidí acudir a donde mi cuerpo estaba sepultado con la vaga ilusión de conseguir ver a algún familiar o incluso a Marta. Es una obviedad decir que se siente una sensación de enorme tristeza al contemplar tu nombre en una lápida. Me invadieron unas terribles ganas de gritar, como si el tren de la vida te hubiese dejado atrás cuando más prisa tenías por subir. Detrás de mí oí como alguien se reía a carcajadas. Aníbal, que así se presentó, tenía el aspecto de algunas almas con las que me había cruzado, con las extremidades borrosas y una cara más bien inexpresiva. Él mismo me explicó que cuantos más años lleves vagando por esta realidad, menos definición tiene tu figura. Incluso, me siguió explicando que los hay que no son más que una sombra, imperceptibles incluso para los ojos de los muertos como nosotros. Se burló de la forma en la que había dejado el mundo de los vivos auque luego me dijo que sentías lástima por mí. A modo de sentencia, finalizó la charla advirtiéndome de que, poco a poco, tendría que ir olvidando todo lo que dejé atrás, qué esa era la única forma de no convertirme en uno de tantos espectros que andan sollozando por las esquinas o pegados constantemente a sus parientes vivos. Si quería que esto terminase, tenía que perder toda la esperanza que aún me quedaba. Me entristeció aún más que ese mensaje, el hecho de intuir que él llevaba muchísimo más tiempo que yo intentándolo y todavía no lo había conseguido.
Al regresar a casa noté que alguien había estado allí. Es más, parecía que en vez de unas horas, había estado semanas o incluso meses fuera. Algunos muebles habían cambiado, el color de las paredes tampoco era el mismo. ¿Era posible que me hubiese equivocado de puerta? No, era imposible. Entonces, ¿estaría Marta aquí? En el dormitorio, tendida sobre la cama, la vi al fin. No puedo describir el deseo de abrazarla que sentí, después de tantos días, semanas o meses, ya no lo sabía. Pero una nube de amargura se posó de pronto sobre mi alegría. Esto era en efecto el infierno, pensé. Condenado a no poder sentir su piel nunca más, a no estremecerme con sus besos, a ir muriendo, otra vez, de tristeza.
Hasta que ella abrió los ojos y los posó en los míos. Sonrió y me dijo:
- Perdona por haberte hecho esperar.
Publicado el 13 de Noviembre en Diario de Avisos
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21 Junio 2009
Mi tío se ganaba la vida haciendo pequeñas obras o reparaciones que los vecinos del pueblo le encargaban, pero si por algo era conocido era por esa otra profesión que ejercía en sus ratos libres y que al morir, heredé yo. En su casa, al lado de la cocina, Rafael que así se llamaba, había colocado su despacho personal, donde los lugareños venían a hacer sus consultas, casi siempre relacionas con la muerte de algún familiar, tales como objetos que se movían, golpes en las paredes o lastimeras voces. La mayoría de ocasiones, como luego me explicó, esos problemas tenían una explicación más relacionada con el peso de la conciencia de los vivos que con asuntos del más allá. Se solían resolver haciendo que los preocupados clientes encargaran un número determinado de misas por el alma del fallecido o, en los casos más complicados, una visita a la casa en cuestión y recitar algunas oraciones.Y en efecto, casi todas las visitas que empecé a atender se solucionaban de esa manera. Hasta que un día, por la puerta de mi despacho volvió a entrar Fernando.
Hacía pocos años que, junto a su familia, se había mudado al pueblo desde uno colindante. La última vez que acudió a mí fue para preguntarme acerca de su hijo. Matías era un niño de seis años, creo recordar, que una mañana, empezó a comportarse de una manera extraña. Al principio, me contó su padre, mientras desayunaba se quedó congelado, con la mirada perdida y sin responder a ningún estímulo. Sólo duraba un minuto como máximo, pero con el pasar de los días, esos episodios se iban reproduciendo a cualquier hora y cada vez más tiempo. Mi respuesta fue, aplicando los conocimientos que me había transmitido mi tío en casos con niños como protagonistas, limitarme a practicar un ritual con una foto y una oración al ángel de la guarda. Este método solía funcionar, al igual que con las consultas sobre algún finado, porque calmaba la ansiedad de unos padres desconcertados ante un extraño comportamiento infantil, inusual quizás, pero infantil al fin y al cabo. Sólo cuando Fernando volvió a entrar a mi despacho supe que no sólo no había funcionado sino que se había agravado hasta el punto de que ahora el pequeño Matías yacía postrado en una cama. Hasta alguien como yo sabía que en situaciones como aquella era mejor retirarse y encomendarse, aparte de a los santos, al médico de turno, pero el padre no había contado todo. El niño, cuando se le realizaban preguntas, contestaba únicamente a algunas, pero de una manera que no era natural. No me quiso dar más detalles así que me dispuse a ir hasta su casa. En efecto, Matías estaba metido en la cama, con una expresión vacía, ajeno al movimiento a su alrededor. Me senté a su lado y me acerqué a su cara. Fue en ese momento cuando comprendí que su padre hubiese ido a buscarme. De la garganta, porque sus labios no se movieron, salió un ruido, más que una voz, que pronunció mi nombre. Salí de la habitación realmente asustado y le dí la excusa a la familia de que debía volver a mi despacho para estudiar bien el caso. Estaba aterrorizado por el hecho inconcebible de que ese niño me conociera y por la espantosa voz que no lograba sacar de mi cabeza. Ya en la soledad de mi casa, deseé que mi tío estuviese vivo para ayudarme pero visto la imposibilidad de mi deseo, decidí sumergirme en la biblioteca que de él había heredado. Pasé toda la noche despierto, consultando todos los libros que pude, hasta que me topé con el códice de San Hipólito de León. Había un dibujo que representaba un velatorio y como del ataúd emergía una sombra que tiraba de la mano de uno de los familiares allí presentes. Tiraba de la mano del único niño que allí había representado. En esa misma página relataba los peligros de llevar un niño a un funeral y de cómo sus almas limpias atraían a los muertos oscuros.
Ya en la habitación del niño, su padre recordó como éste lo había seguido a escondidas durante el entierro de un vecino del pueblo. Todo parecía encajar con las explicaciones del libro así que me centré en detallarle como podíamos liberar a su hijo de ese muerto sobre sus espaldas. Pero antes de acabar mi primera frase, el pequeño Matías se abalanzó sobre mí, profiriendo espantosos gritos con aquella voz sobrenatural. Necesitamos de la ayuda de todos los familiares presentes en la casa para poder reducirlo. Le dimos la vuelta y, con un puñado de cenizas de la chimenea, le dibujé una cruz en la espalda. Seguidamente hice lo mismo con todos los presentes y conmigo mismo. Debíamos regresar al cementerio y debíamos estar protegidos.
La imagen era aterradora. La poca gente que quedaba a esa hora, quizás porque me conocían, accedieron a marcharse sin rechistar cuando le expliqué que no podía seguir allí. Una vez vacío el campo santo, aparte de los dos tíos del niño, su padre y yo, buscamos la tumba del fallecido a cuyo entierro acudió Matías. Estaba a unos pocos metros, fácil de reconocer por la cantidad de coronas de flores que se podrían sobre un alargado montículo de tierra, encima del cual sujetamos al niño, cada vez más violento. Puse una palangana de agua con colonia a mis pies y la rodeé con una cinta blanca, tabaco y una cruz. No había terminado aún la oración cuando observamos como un líquido grisáceo iba empapando la camisa del niño. Al levantársela, ocurrió algo más estremecedor si cabe. Aquel líquido, de aspecto putrefacto, salía del ombligo del pequeño Matías. Parecía tener vida propia; se levantaba unos centímetros sobre el vientre y se aproximaba unos segundos, por turnos, a cada uno de los presentes. Yo proseguí con el ritual y justo en el preciso momento en que pronuncié la última palabra, aquel ente, si se me permite llamarlo así, salió por completo del cuerpo del niño para de un salto, introducirse en la tierra que tapaba la tumba. Fernando agarró a su súbitamente recuperado hijo y, juntos, salimos corriendo de allí, como alma que lleva el diablo.
Publicado el 12 de junio de 2009 en Diario de Avisos
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18 Mayo 2009
Ah ¿quién me salvara de existir)
Fernando Pessoa
Dijo el fulano presuntuoso /
hoy en el consulado
obtuve el habitual
certificado de existencia
consta aquí que estoy vivo
de manera que basta de calumnias
este papel soberbio / irrefutable
atestigua que existo
si me enfrento al espejo
y mi rostro no está
aguantaré sereno
despejado
¿no llevo acaso en la cartera
mi recién adquirido
mi flamante
certificado de existencia?
vivir / después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe
cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
qu estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia
existo
luego pienso
¿cuántos zutanos andan por la calle
creyendo que están vivos
cuando en rigor carecen del genuino
irremplazable
soberano
certificado de existencia?
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8 Mayo 2009
La primera vez que vi a aquel hombre fue en el velatorio de mi esposa. Estaba absorto contemplando el ataúd a través del cristal, intentando imaginarse, supuse, averiguar el motivo último que la condujo a hacer lo que hizo. No fue hasta la semana siguiente cuando lo encontré, de nuevo, esperándome en el portal del edificio donde vivía. Me pareció que iba vestido de la misma forma que en el funeral. En aquel momento pasaba desapercibido entre la gente pero, ahora, el negro absoluto de sus ropas le conferían un aura siniestra. Sin presentarse antes, me preguntó que cómo estaba Andrea, mi hija de seis meses. Yo, sin pensar siquiera que no tenía porqué contarle a un desconocido los entresijos de mi vida, le contesté que estaba pasando una temporada con mi madre y que vendría mañana. No había acabado la frase aún cuando, interrumpiéndome, se atrevió a decirme que era demasiada responsabilidad para mí y que, sin duda, echaría en falta tener al lado a mi mujer. Yo, bastante molesto con esa falta de consideración, me dirigí hacia mi coche sin contestarle, pero él, agarrándome por el hombro, me giró y me ofreció devolverme a mi esposa a cambio de un apretón de manos. En aquel momento dudé entre empujarle y pedirle que me dejara tranquilo de una vez o aceptar lo que me ofrecía pensando que quizás así aquel hombre se marcharía por donde había venido. Y le dí la mano.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las siete como siempre. Aún con la luz apagada, me senté en el borde de la cama y tanteé la mesilla de noche en busca de mis gafas. Por debajo de la puerta del dormitorio se colaba un brillo tenue que, como me había ocurrido otras veces, atribuí a haberme dejado la luz del baño encendida. No pude ahogar un grito de terror cuando contemplé a María, mi mujer, peinándose frente al espejo. – No podía dormir- me dijo sin mirarme. Me acerqué a ella como quien ve a una aparición y la abracé tan fuerte como pude, hasta convencerme que era real. - ¿Quieres que te prepare el desayuno?- Me preguntó sin inmutarse. – No, no, te lo prepararé yo a ti, tú vente conmigo a la cocina y siéntate-. No me atreví a romper aquel escenario con preguntas, ella parecía no recordar nada de lo sucedido y yo no era el que iba a decirle nada. Mientras preparaba el desayuno, ella permaneció todo el tiempo mirando fijamente la pared. Sólo cuando puse la comida en su plato reaccionó y devoró literalmente su contenido. - ¿Quieres acostarte un rato?- le pregunté mientras recogía la mesa. – Haré lo que tú hagas- me contestó. Su forma de comportarse no era en absoluto el normal en ella, pero estaba claro que la prefería extraña y viva que a una fotografía en una lápida y muerta.
Estábamos tumbados en la cama cuando sonó el timbre. Había olvidado por completo que mi madre vendría a dejarme a Andrea. Me levanté y le dije a María que se quedara tumbada y que no hiciera ruido. Pero ella se levantó y comenzó a seguirme. La retuve y la ayudé a acostarse otra vez y desconfiando de que se quedara tumbada, pasé el cerrojo de la puerta del dormitorio al salir.
-Mira a quién tenemos a aquí- dije con mi hija en brazos a mi mujer. Ella se limitó a quitármela y acostarla en la cuna. -Tiene que dormir- dijo. Acto seguido se quedó parada frente a mí como esperando una orden. El día pasó rápido. Ella siguió con ese comportamiento extraño, siguiéndome por la casa a donde quiera que yo fuese y comiendo con un apetito desmesurado. Hasta que de madrugada me despertaron unos ruidos desde la cocina. Había vaciado por completo la nevera y los armarios. El suelo estaba lleno de envoltorios y desperdicios. Ella se afanaba en apurar hasta la última gota de una botella de leche. Como había hecho desde el principio, en cuanto me vio se levantó y se quedo quieta frente a mí. Aquella situación se me estaba yendo de las manos.
Por la mañana, me aseguré de encerrarla, como había hecho el día anterior, en el dormitorio. Me ocupé de las necesidades de Andrea y la dejé durmiendo. Yo me dispuse a comprar comida suficiente como para apaciguar el hambre de mi mujer. Aquello fue un gran error, como me pude dar cuenta después. Al llegar al piso me encontré a María esperándome en el recibidor. Había logrado salir de la habitación. Tenía mal aspecto. Estaba pálida y la comisura de los labios manchada de sangre. En unas de las manos tenía el peluche preferido de Andrea. Los segundos que tardé hasta llegar a la cuna se hicieron eternos. Mi hija estaba muerta. No me atreví siquiera a tocarla. Tenía su pequeño cuerpo desgarrado, con sus extremidades deformadas, fracturadas a cada centímetro. Al darme la vuelta vi a aquel hombre vestido de negro. Me quede bloqueado al no saber qué hacer. Tenía tantas ganas de salir corriendo como de matar a aquel siniestro individuo. – He cumplido mi promesa, te he devuelto a tu mujer- me dijo como anticipándose a mis recriminaciones. - ¿Quién eres? Atiné a decirle. - Eso me parece que ha quedado claro, estoy aquí para ofrecerte otro trato- me dijo en un tono relajado, diría que hasta amigable. – Hoy me siento generoso - Prosiguió- ¿Quieres que te devuelva a tu hija?- Me levanté y me acerque a él. –Tú no me devolviste a mi mujer, ¿pretendes que te crea ahora?- le dije a un palmo de su cara.- Claro que te devolví a tu mujer, acaso no la ves aquí, otra cosa es que ahora no tenga alma. ¿Crees acaso que te iba a salir gratis?- sentenció. Salí corriendo de la habitación y casi de forma automática, cogí un cuchillo de la cocina. Al darme la vuelta, mi mujer estaba allí mirándome. Vi al hombre del traje oscuro cruzar por detrás y marcharse. – Creo que ya has tomado una decisión, pobre infeliz- dijo mientras se iba. María se mostraba ahora ante mí como la recordaba, sin rastro de sangre en su boca o palidez en su rostro. En vez de la inexpresividad que venía demostrando estos días, ahora tenía cara de pánico e intentaba quitarme el cuchillo de las manos. -¿Qué estás haciendo?, ¿Qué te pasa?- me gritaba. Pero yo sabía que estaba actuando. Esa vez no iba a caer otra vez en la trampa del demonio.
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18 Abril 2009
Cuando llegamos a aquella casa, no pude comprenderme cuando decía que prefería seguir viviendo en mi piso de la ciudad. Era el lugar perfecto para que nuestra hija Marta creciera, ahora que iba a empezar el colegio. Durante los últimos años, mi tía Rosa se había encargado de su mantenimiento y vaya que sí lo hizo. Parecía que el tiempo no había pasado por allí. Estaba claro que necesita una actualización en cuanto a mobiliario pero las condiciones en general eran más que dignas. Tal había sido el empeño que había manifestado en su conservación que ni siquiera había vaciado los armarios. Esa fue la primera tarea que hice junto con mi hija. Empezamos por la habitación del abuelo. Marta no lo había conocido, ella nació un par de meses después de que él falleciera en la residencia donde lo habíamos ingresado, por eso quizás, estaba encantada en ayudarme a guardar todas sus cosas, intentando imaginarse como era él a través de sus pertenencias. De hecho, entre ellas, decidió quedarse con una vieja armónica que encontró en uno de los cajones.
Roberto, mi marido, trabajaba esa noche, como de costumbre, en el centro comercial de vigilante. Cada vez que dormía fuera me costaba dormirme y más aún en aquella nueva habitación. Pero esa noche, quizás por el cansancio de los días de mudanza, caí rendida al instante.
Sobre las cuatro de la mañana me desperté súbitamente. Marta se había puesto a tocar la armónica en su habitación. Cuando encendí la luz dispuesta a recriminarle su chiquillería, la vi de pie, mirando a una esquina y hablando en voz baja, en un tono confidencial.- ¿Qué haces Marta?- Le pregunté con intención de asustarla.-Lo siento mamá, ¿te he despertado?, estaba enseñándole la armónica a Pedro- me dijo señalando a la pared.
-Ya habíamos hablado de eso hija, y me dijiste que Pedro se había quedado en la otra casa- le dije mientras la empujaba hacia la cama.
-Lo sé mamá, pero este Pedro no es el mismo Pedro.
-Déjate de historias, y ahora a dormir, mañana ya hablaremos de esto con tu padre.
-Buenas noches mamá y Pedro dice que duermas como un lirón.
Me quedé paralizada en el quicio de la puerta, era imposible que ella supiese que eso mismo me decía su abuelo antes de dormir cuando yo era pequeña. ¿Quizás yo se lo había contado? No quise darle más vueltas y me dispuse a dormir. Pero no pude.
A la mañana siguiente no podía quitarme esa frase de la cabeza. De lo que estaba segura era que no se lo iba a contar a mi marido. Sabía como se ponía cuando oía hablar de “supercherías” como las llamaba él. Pero tenía que desahogarme con alguien, así que, casi sin venir a cuento, se lo conté a María, la señora que contratamos para que nos ayudara cuando nació mi hija. No fue una buena idea pensé luego, porque lejos de tranquilizarme, me dijo que había sido error dejar que la niña se quedara con la armónica, que los niños resplandecen como soles para las almas que no tienen descanso.
Todo fue de mal en peor. Esa misma madrugada se repitió la escena de la noche anterior. Esta vez estaba despierta y casi como si lo hubiese planeado, me dirigí a la habitación y le quité la armónica sin mediar palabra.
Marta se echo a llorar. Me sentí mal, pero al fin y al cabo, lo que quería era desprenderme de aquella armónica y olvidarlo todo. De camino a mi habitación, la puerta se cerró justo cuando me disponía a entrar. Mis intentos de controlarme se fueron al traste cuando comprobé que la puerta se había cerrado por dentro. Corrí hacía la habitación de mi hija, pero ocurrió lo mismo. Oí los gritos de Marta desde dentro – ¡Mamá, ¿qué pasa?- me decía llorando. –nada hija, no te muevas de ahí- intentaba tranquilizarla mientras golpeaba la puerta. De pronto sentí como me tiraban del pelo hacía atrás. Había alguien que no quería que me acercara a la habitación de mi hija. No sabía qué hacer, tenía la necesidad de salir corriendo de allí, alejarme cuanto pudiese. Cogí el teléfono inalámbrico del principio del pasillo y me senté con la espalda apoyada en la pared. Se oían golpes por toda la casa. Llamé a María, no sé porqué, pero fue la primera en la que pensé. –Tranquila- me dijo- traeré ayuda.
Habían pasado los quince minutos más largos de mi vida cuando llamó a la puerta. La situación se había agravado. Los gritos de Marta eran insoportables, lloraba diciendo que no la dejaban salir. Había intentado otra vez abrir la puerta, pero el resultado había sido el mismo, me empujaban hacia atrás. Bajé corriendo a abrir a María. No me había dado cuenta del frío que hacía en la casa hasta que vi el vaho de su respiración. Venía acompañada por su marido, el cual sin hacer presentaciones casi, subió directamente al piso de arriba.¿Qué clase de ayuda era esta?
- Quédate aquí- me dijo María agarrándome el brazo. El hombre no había llegado aún al piso de arriba cuando los gritos de mi hija se agudizaron. -¿qué está pasando? Le pregunté a María que me sujetaba con fuerza – es mejor que no lo sepas- me contestó.
De pronto se hizo el silencio y Marta bajó las escaleras corriendo para abrazarme. ¿Qué ha pasado? Le pregunte, pero ella no hacía otra cosa que temblar. -¿Dónde está tu marido María? –Él está acabando, no será más de un momento-me contestó serenamente.- ¿qué está haciendo? -le dije.-Eso no importa-me contestó.
Por fin apareció. Se quedó parado frente a nosotras y me quitó de las manos la armónica. Sin decir nada, se fue al coche y regresó con una vela blanca. Me la puso en la mano y me dijo - ¿no hay ninguna posibilidad de que os marchéis de aquí?- apenas llevamos un mes- atiné a contestarle. Entonces cogió mi mano y me puso la vela. – esta vela a partir de ahora siempre debe estar encendida, tanto de noche como de día. Lo creas o no, mientras en esta casa haya una luz, ellos no volverán a molestar a tu hija. –me dijo. – un momento, ¿ellos? Le dije asustada. –Sí- me contestó-ellos necesitan de una luz que los caliente en su eterna oscuridad, y mientras no la tengan, los ojos de tu hija brillaran como un faro en la noche.
Desde ese momento, intenté borrar aquella escena de mi cabeza. Había vivido algo que iba en contra de mi lógica y de mis creencias. Lo olvidé todo menos de asegurarme que la vela nunca se apagara.
Publicado el 17 de abril en Diario de Avisos
servido por aqueronte
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