21 Junio 2009
Mi tío se ganaba la vida haciendo pequeñas obras o reparaciones que los vecinos del pueblo le encargaban, pero si por algo era conocido era por esa otra profesión que ejercía en sus ratos libres y que al morir, heredé yo. En su casa, al lado de la cocina, Rafael que así se llamaba, había colocado su despacho personal, donde los lugareños venían a hacer sus consultas, casi siempre relacionas con la muerte de algún familiar, tales como objetos que se movían, golpes en las paredes o lastimeras voces. La mayoría de ocasiones, como luego me explicó, esos problemas tenían una explicación más relacionada con el peso de la conciencia de los vivos que con asuntos del más allá. Se solían resolver haciendo que los preocupados clientes encargaran un número determinado de misas por el alma del fallecido o, en los casos más complicados, una visita a la casa en cuestión y recitar algunas oraciones.Y en efecto, casi todas las visitas que empecé a atender se solucionaban de esa manera. Hasta que un día, por la puerta de mi despacho volvió a entrar Fernando.
Hacía pocos años que, junto a su familia, se había mudado al pueblo desde uno colindante. La última vez que acudió a mí fue para preguntarme acerca de su hijo. Matías era un niño de seis años, creo recordar, que una mañana, empezó a comportarse de una manera extraña. Al principio, me contó su padre, mientras desayunaba se quedó congelado, con la mirada perdida y sin responder a ningún estímulo. Sólo duraba un minuto como máximo, pero con el pasar de los días, esos episodios se iban reproduciendo a cualquier hora y cada vez más tiempo. Mi respuesta fue, aplicando los conocimientos que me había transmitido mi tío en casos con niños como protagonistas, limitarme a practicar un ritual con una foto y una oración al ángel de la guarda. Este método solía funcionar, al igual que con las consultas sobre algún finado, porque calmaba la ansiedad de unos padres desconcertados ante un extraño comportamiento infantil, inusual quizás, pero infantil al fin y al cabo. Sólo cuando Fernando volvió a entrar a mi despacho supe que no sólo no había funcionado sino que se había agravado hasta el punto de que ahora el pequeño Matías yacía postrado en una cama. Hasta alguien como yo sabía que en situaciones como aquella era mejor retirarse y encomendarse, aparte de a los santos, al médico de turno, pero el padre no había contado todo. El niño, cuando se le realizaban preguntas, contestaba únicamente a algunas, pero de una manera que no era natural. No me quiso dar más detalles así que me dispuse a ir hasta su casa. En efecto, Matías estaba metido en la cama, con una expresión vacía, ajeno al movimiento a su alrededor. Me senté a su lado y me acerqué a su cara. Fue en ese momento cuando comprendí que su padre hubiese ido a buscarme. De la garganta, porque sus labios no se movieron, salió un ruido, más que una voz, que pronunció mi nombre. Salí de la habitación realmente asustado y le dí la excusa a la familia de que debía volver a mi despacho para estudiar bien el caso. Estaba aterrorizado por el hecho inconcebible de que ese niño me conociera y por la espantosa voz que no lograba sacar de mi cabeza. Ya en la soledad de mi casa, deseé que mi tío estuviese vivo para ayudarme pero visto la imposibilidad de mi deseo, decidí sumergirme en la biblioteca que de él había heredado. Pasé toda la noche despierto, consultando todos los libros que pude, hasta que me topé con el códice de San Hipólito de León. Había un dibujo que representaba un velatorio y como del ataúd emergía una sombra que tiraba de la mano de uno de los familiares allí presentes. Tiraba de la mano del único niño que allí había representado. En esa misma página relataba los peligros de llevar un niño a un funeral y de cómo sus almas limpias atraían a los muertos oscuros.
Ya en la habitación del niño, su padre recordó como éste lo había seguido a escondidas durante el entierro de un vecino del pueblo. Todo parecía encajar con las explicaciones del libro así que me centré en detallarle como podíamos liberar a su hijo de ese muerto sobre sus espaldas. Pero antes de acabar mi primera frase, el pequeño Matías se abalanzó sobre mí, profiriendo espantosos gritos con aquella voz sobrenatural. Necesitamos de la ayuda de todos los familiares presentes en la casa para poder reducirlo. Le dimos la vuelta y, con un puñado de cenizas de la chimenea, le dibujé una cruz en la espalda. Seguidamente hice lo mismo con todos los presentes y conmigo mismo. Debíamos regresar al cementerio y debíamos estar protegidos.
La imagen era aterradora. La poca gente que quedaba a esa hora, quizás porque me conocían, accedieron a marcharse sin rechistar cuando le expliqué que no podía seguir allí. Una vez vacío el campo santo, aparte de los dos tíos del niño, su padre y yo, buscamos la tumba del fallecido a cuyo entierro acudió Matías. Estaba a unos pocos metros, fácil de reconocer por la cantidad de coronas de flores que se podrían sobre un alargado montículo de tierra, encima del cual sujetamos al niño, cada vez más violento. Puse una palangana de agua con colonia a mis pies y la rodeé con una cinta blanca, tabaco y una cruz. No había terminado aún la oración cuando observamos como un líquido grisáceo iba empapando la camisa del niño. Al levantársela, ocurrió algo más estremecedor si cabe. Aquel líquido, de aspecto putrefacto, salía del ombligo del pequeño Matías. Parecía tener vida propia; se levantaba unos centímetros sobre el vientre y se aproximaba unos segundos, por turnos, a cada uno de los presentes. Yo proseguí con el ritual y justo en el preciso momento en que pronuncié la última palabra, aquel ente, si se me permite llamarlo así, salió por completo del cuerpo del niño para de un salto, introducirse en la tierra que tapaba la tumba. Fernando agarró a su súbitamente recuperado hijo y, juntos, salimos corriendo de allí, como alma que lleva el diablo.
Publicado el 12 de junio de 2009 en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
18 Mayo 2009
Ah ¿quién me salvara de existir)
Fernando Pessoa
Dijo el fulano presuntuoso /
hoy en el consulado
obtuve el habitual
certificado de existencia
consta aquí que estoy vivo
de manera que basta de calumnias
este papel soberbio / irrefutable
atestigua que existo
si me enfrento al espejo
y mi rostro no está
aguantaré sereno
despejado
¿no llevo acaso en la cartera
mi recién adquirido
mi flamante
certificado de existencia?
vivir / después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe
cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
qu estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia
existo
luego pienso
¿cuántos zutanos andan por la calle
creyendo que están vivos
cuando en rigor carecen del genuino
irremplazable
soberano
certificado de existencia?
servido por aqueronte
1 comentario
compártelo
8 Mayo 2009
La primera vez que vi a aquel hombre fue en el velatorio de mi esposa. Estaba absorto contemplando el ataúd a través del cristal, intentando imaginarse, supuse, averiguar el motivo último que la condujo a hacer lo que hizo. No fue hasta la semana siguiente cuando lo encontré, de nuevo, esperándome en el portal del edificio donde vivía. Me pareció que iba vestido de la misma forma que en el funeral. En aquel momento pasaba desapercibido entre la gente pero, ahora, el negro absoluto de sus ropas le conferían un aura siniestra. Sin presentarse antes, me preguntó que cómo estaba Andrea, mi hija de seis meses. Yo, sin pensar siquiera que no tenía porqué contarle a un desconocido los entresijos de mi vida, le contesté que estaba pasando una temporada con mi madre y que vendría mañana. No había acabado la frase aún cuando, interrumpiéndome, se atrevió a decirme que era demasiada responsabilidad para mí y que, sin duda, echaría en falta tener al lado a mi mujer. Yo, bastante molesto con esa falta de consideración, me dirigí hacia mi coche sin contestarle, pero él, agarrándome por el hombro, me giró y me ofreció devolverme a mi esposa a cambio de un apretón de manos. En aquel momento dudé entre empujarle y pedirle que me dejara tranquilo de una vez o aceptar lo que me ofrecía pensando que quizás así aquel hombre se marcharía por donde había venido. Y le dí la mano.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las siete como siempre. Aún con la luz apagada, me senté en el borde de la cama y tanteé la mesilla de noche en busca de mis gafas. Por debajo de la puerta del dormitorio se colaba un brillo tenue que, como me había ocurrido otras veces, atribuí a haberme dejado la luz del baño encendida. No pude ahogar un grito de terror cuando contemplé a María, mi mujer, peinándose frente al espejo. – No podía dormir- me dijo sin mirarme. Me acerqué a ella como quien ve a una aparición y la abracé tan fuerte como pude, hasta convencerme que era real. - ¿Quieres que te prepare el desayuno?- Me preguntó sin inmutarse. – No, no, te lo prepararé yo a ti, tú vente conmigo a la cocina y siéntate-. No me atreví a romper aquel escenario con preguntas, ella parecía no recordar nada de lo sucedido y yo no era el que iba a decirle nada. Mientras preparaba el desayuno, ella permaneció todo el tiempo mirando fijamente la pared. Sólo cuando puse la comida en su plato reaccionó y devoró literalmente su contenido. - ¿Quieres acostarte un rato?- le pregunté mientras recogía la mesa. – Haré lo que tú hagas- me contestó. Su forma de comportarse no era en absoluto el normal en ella, pero estaba claro que la prefería extraña y viva que a una fotografía en una lápida y muerta.
Estábamos tumbados en la cama cuando sonó el timbre. Había olvidado por completo que mi madre vendría a dejarme a Andrea. Me levanté y le dije a María que se quedara tumbada y que no hiciera ruido. Pero ella se levantó y comenzó a seguirme. La retuve y la ayudé a acostarse otra vez y desconfiando de que se quedara tumbada, pasé el cerrojo de la puerta del dormitorio al salir.
-Mira a quién tenemos a aquí- dije con mi hija en brazos a mi mujer. Ella se limitó a quitármela y acostarla en la cuna. -Tiene que dormir- dijo. Acto seguido se quedó parada frente a mí como esperando una orden. El día pasó rápido. Ella siguió con ese comportamiento extraño, siguiéndome por la casa a donde quiera que yo fuese y comiendo con un apetito desmesurado. Hasta que de madrugada me despertaron unos ruidos desde la cocina. Había vaciado por completo la nevera y los armarios. El suelo estaba lleno de envoltorios y desperdicios. Ella se afanaba en apurar hasta la última gota de una botella de leche. Como había hecho desde el principio, en cuanto me vio se levantó y se quedo quieta frente a mí. Aquella situación se me estaba yendo de las manos.
Por la mañana, me aseguré de encerrarla, como había hecho el día anterior, en el dormitorio. Me ocupé de las necesidades de Andrea y la dejé durmiendo. Yo me dispuse a comprar comida suficiente como para apaciguar el hambre de mi mujer. Aquello fue un gran error, como me pude dar cuenta después. Al llegar al piso me encontré a María esperándome en el recibidor. Había logrado salir de la habitación. Tenía mal aspecto. Estaba pálida y la comisura de los labios manchada de sangre. En unas de las manos tenía el peluche preferido de Andrea. Los segundos que tardé hasta llegar a la cuna se hicieron eternos. Mi hija estaba muerta. No me atreví siquiera a tocarla. Tenía su pequeño cuerpo desgarrado, con sus extremidades deformadas, fracturadas a cada centímetro. Al darme la vuelta vi a aquel hombre vestido de negro. Me quede bloqueado al no saber qué hacer. Tenía tantas ganas de salir corriendo como de matar a aquel siniestro individuo. – He cumplido mi promesa, te he devuelto a tu mujer- me dijo como anticipándose a mis recriminaciones. - ¿Quién eres? Atiné a decirle. - Eso me parece que ha quedado claro, estoy aquí para ofrecerte otro trato- me dijo en un tono relajado, diría que hasta amigable. – Hoy me siento generoso - Prosiguió- ¿Quieres que te devuelva a tu hija?- Me levanté y me acerque a él. –Tú no me devolviste a mi mujer, ¿pretendes que te crea ahora?- le dije a un palmo de su cara.- Claro que te devolví a tu mujer, acaso no la ves aquí, otra cosa es que ahora no tenga alma. ¿Crees acaso que te iba a salir gratis?- sentenció. Salí corriendo de la habitación y casi de forma automática, cogí un cuchillo de la cocina. Al darme la vuelta, mi mujer estaba allí mirándome. Vi al hombre del traje oscuro cruzar por detrás y marcharse. – Creo que ya has tomado una decisión, pobre infeliz- dijo mientras se iba. María se mostraba ahora ante mí como la recordaba, sin rastro de sangre en su boca o palidez en su rostro. En vez de la inexpresividad que venía demostrando estos días, ahora tenía cara de pánico e intentaba quitarme el cuchillo de las manos. -¿Qué estás haciendo?, ¿Qué te pasa?- me gritaba. Pero yo sabía que estaba actuando. Esa vez no iba a caer otra vez en la trampa del demonio.
Quinto cuento publicado en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
18 Abril 2009
Cuando llegamos a aquella casa, no pude comprenderme cuando decía que prefería seguir viviendo en mi piso de la ciudad. Era el lugar perfecto para que nuestra hija Marta creciera, ahora que iba a empezar el colegio. Durante los últimos años, mi tía Rosa se había encargado de su mantenimiento y vaya que sí lo hizo. Parecía que el tiempo no había pasado por allí. Estaba claro que necesita una actualización en cuanto a mobiliario pero las condiciones en general eran más que dignas. Tal había sido el empeño que había manifestado en su conservación que ni siquiera había vaciado los armarios. Esa fue la primera tarea que hice junto con mi hija. Empezamos por la habitación del abuelo. Marta no lo había conocido, ella nació un par de meses después de que él falleciera en la residencia donde lo habíamos ingresado, por eso quizás, estaba encantada en ayudarme a guardar todas sus cosas, intentando imaginarse como era él a través de sus pertenencias. De hecho, entre ellas, decidió quedarse con una vieja armónica que encontró en uno de los cajones.
Roberto, mi marido, trabajaba esa noche, como de costumbre, en el centro comercial de vigilante. Cada vez que dormía fuera me costaba dormirme y más aún en aquella nueva habitación. Pero esa noche, quizás por el cansancio de los días de mudanza, caí rendida al instante.
Sobre las cuatro de la mañana me desperté súbitamente. Marta se había puesto a tocar la armónica en su habitación. Cuando encendí la luz dispuesta a recriminarle su chiquillería, la vi de pie, mirando a una esquina y hablando en voz baja, en un tono confidencial.- ¿Qué haces Marta?- Le pregunté con intención de asustarla.-Lo siento mamá, ¿te he despertado?, estaba enseñándole la armónica a Pedro- me dijo señalando a la pared.
-Ya habíamos hablado de eso hija, y me dijiste que Pedro se había quedado en la otra casa- le dije mientras la empujaba hacia la cama.
-Lo sé mamá, pero este Pedro no es el mismo Pedro.
-Déjate de historias, y ahora a dormir, mañana ya hablaremos de esto con tu padre.
-Buenas noches mamá y Pedro dice que duermas como un lirón.
Me quedé paralizada en el quicio de la puerta, era imposible que ella supiese que eso mismo me decía su abuelo antes de dormir cuando yo era pequeña. ¿Quizás yo se lo había contado? No quise darle más vueltas y me dispuse a dormir. Pero no pude.
A la mañana siguiente no podía quitarme esa frase de la cabeza. De lo que estaba segura era que no se lo iba a contar a mi marido. Sabía como se ponía cuando oía hablar de “supercherías” como las llamaba él. Pero tenía que desahogarme con alguien, así que, casi sin venir a cuento, se lo conté a María, la señora que contratamos para que nos ayudara cuando nació mi hija. No fue una buena idea pensé luego, porque lejos de tranquilizarme, me dijo que había sido error dejar que la niña se quedara con la armónica, que los niños resplandecen como soles para las almas que no tienen descanso.
Todo fue de mal en peor. Esa misma madrugada se repitió la escena de la noche anterior. Esta vez estaba despierta y casi como si lo hubiese planeado, me dirigí a la habitación y le quité la armónica sin mediar palabra.
Marta se echo a llorar. Me sentí mal, pero al fin y al cabo, lo que quería era desprenderme de aquella armónica y olvidarlo todo. De camino a mi habitación, la puerta se cerró justo cuando me disponía a entrar. Mis intentos de controlarme se fueron al traste cuando comprobé que la puerta se había cerrado por dentro. Corrí hacía la habitación de mi hija, pero ocurrió lo mismo. Oí los gritos de Marta desde dentro – ¡Mamá, ¿qué pasa?- me decía llorando. –nada hija, no te muevas de ahí- intentaba tranquilizarla mientras golpeaba la puerta. De pronto sentí como me tiraban del pelo hacía atrás. Había alguien que no quería que me acercara a la habitación de mi hija. No sabía qué hacer, tenía la necesidad de salir corriendo de allí, alejarme cuanto pudiese. Cogí el teléfono inalámbrico del principio del pasillo y me senté con la espalda apoyada en la pared. Se oían golpes por toda la casa. Llamé a María, no sé porqué, pero fue la primera en la que pensé. –Tranquila- me dijo- traeré ayuda.
Habían pasado los quince minutos más largos de mi vida cuando llamó a la puerta. La situación se había agravado. Los gritos de Marta eran insoportables, lloraba diciendo que no la dejaban salir. Había intentado otra vez abrir la puerta, pero el resultado había sido el mismo, me empujaban hacia atrás. Bajé corriendo a abrir a María. No me había dado cuenta del frío que hacía en la casa hasta que vi el vaho de su respiración. Venía acompañada por su marido, el cual sin hacer presentaciones casi, subió directamente al piso de arriba.¿Qué clase de ayuda era esta?
- Quédate aquí- me dijo María agarrándome el brazo. El hombre no había llegado aún al piso de arriba cuando los gritos de mi hija se agudizaron. -¿qué está pasando? Le pregunté a María que me sujetaba con fuerza – es mejor que no lo sepas- me contestó.
De pronto se hizo el silencio y Marta bajó las escaleras corriendo para abrazarme. ¿Qué ha pasado? Le pregunte, pero ella no hacía otra cosa que temblar. -¿Dónde está tu marido María? –Él está acabando, no será más de un momento-me contestó serenamente.- ¿qué está haciendo? -le dije.-Eso no importa-me contestó.
Por fin apareció. Se quedó parado frente a nosotras y me quitó de las manos la armónica. Sin decir nada, se fue al coche y regresó con una vela blanca. Me la puso en la mano y me dijo - ¿no hay ninguna posibilidad de que os marchéis de aquí?- apenas llevamos un mes- atiné a contestarle. Entonces cogió mi mano y me puso la vela. – esta vela a partir de ahora siempre debe estar encendida, tanto de noche como de día. Lo creas o no, mientras en esta casa haya una luz, ellos no volverán a molestar a tu hija. –me dijo. – un momento, ¿ellos? Le dije asustada. –Sí- me contestó-ellos necesitan de una luz que los caliente en su eterna oscuridad, y mientras no la tengan, los ojos de tu hija brillaran como un faro en la noche.
Desde ese momento, intenté borrar aquella escena de mi cabeza. Había vivido algo que iba en contra de mi lógica y de mis creencias. Lo olvidé todo menos de asegurarme que la vela nunca se apagara.
Publicado el 17 de abril en Diario de Avisos
servido por aqueronte
2 comentarios
compártelo
6 Abril 2009
Aquel día todavía no me podía hacer a la idea de lo que mis ojos me decían. Hacía apenas una semana estaba sentado en este mismo sitio planeando nuestras vacaciones y ahora la tenía enfrente, dentro de una urna convertida en cenizas. Por más que buscara una respuesta no encontraba la razón de porqué salió del laboratorio antes de su hora y de porqué no se me ocurrió recargar la batería de mi móvil esa mañana, como si de haber contestado a su llamada aún seguiría viva.
Los médicos me diagnosticaron estrés postraumático. Unos días de baja y un ansiolítico cada mañana para esas alucinaciones tan normales en casos como el mío. Pero lo cierto es que, con ansiolíticos primero y sin ellos después, mis alucinaciones seguían apareciendo. Al principio hasta yo mismo creí que haberme quedado con sus cenizas no había sido una buena idea. Intentaba no pasar mucho por delante de la urna, hasta la cambié de sitio para no tener que verla sólo desde algunos ángulos. Pero como se sabe, una vez germina la semilla del miedo, no basta con ignorarlo. Y así, como si de un plan diseñado por alguien, cada noche, a eso de las tres, me despertaba un fuerte olor a quemado. No duraba más de un minuto, pero siempre a la misma hora. Así que, implorando su perdón mientras, acomodé un lugar para la urna en una repisa del sótano. La culpabilidad que me provocó este acto tan egoísta pronto se apaciguó al comprobar que el incidente del olor a quemado no se produjo más. Pero tan pronto había desaparecido este de escena apareció otro terriblemente más ineludible para mis sentidos. Comenzó una mañana, cuando al regresar de la ducha a mi habitación la vi sentada, de espaldas a mí, en el borde de la cama. Tenía la cabeza inclinada sobre el papel que sostenían sus pálidas manos. Y estaba llorando. Recuerdo que cerré los ojos y al abrirlos ya no estaba allí.
Aquella mañana no había sido más que el principio de muchas otras apariciones. De poco sirvió empezar a dormir en la habitación de al lado porque la escena cambiaba de lugar tan pronto como yo intentara ignorarlo. Bastaba con entrar a casa para sentir el frío que anunciaba la visita de mi mujer, quedarme congelado mientras de soslayo vislumbraba como se iba formando su figura para desaparecer en el momento en que me decidía a mirarla.
La lógica en estos casos no me era de gran utilidad, pero cuando mis opciones se redujeron a volverme loco o huir lejos, decidí sentarme a pensar, mientas me acomodaba en el rincón de la habitación pequeña, con la espalda en la pared y la vista en la puerta cerrada. Asumir que mi fantasma era el eco de la vida que mi esposa dejó entre estas cuatro paredes carecía de sentido, dentro del poco que tiene ya de por sí. Sólo la veía, casi nunca directamente, sentada y leyendo aquel papel. Aquel papel, pensé, y me pareció que la respuesta había estado siempre delante. Tenía que encontrar lo que decía aquel folio.
En el trabajo de mi mujer se cerraron en banda a darme ningún tipo de información sobre qué estaba haciendo antes de marcharse. Decían que ya habían hecho todo lo que estaba a su alcance cuando me entregaron sus pertenencias. Ni siquiera accedieron a decirme quién estaba trabajando junto a ella en aquella mañana. Decidido como estaba de hacer todo lo que estuviera en mis manos, me parapeté en la puerta de entrada, a sabiendas de que el cambio de turno estaba cerca.
Sus compañeros, cada vez que los asaltaba con mis preguntas, aceleraban el paso y negaban con la cabeza. Pero mi esfuerzo ese día había servido para algo. Una mujer salió de dentro, temerosa quizás de estar dando crédito a un desequilibrado, y, nerviosa, me dijo que todo lo que sabía era que se había marchado deprisa porque tenía que hablar conmigo de algo que había llegado por fax. Me invadió otra vez la sensación de no haber sido más inteligente. Si llevaba algo debía de haberse quedado en el coche después del accidente.
Con el corazón desbocado, me dirigí al desguace donde habían llevado el automóvil. Después de rogar literalmente al encargado, este accedió a guiarme hasta el. Toda la parte delantera estaba destrozada y se veía que habían empezado a desmontar aquellas piezas que aún eran útiles. Me deslicé en el interior como pude y me invadió un frío seco que me cortaba la respiración y guiado no sé porque impulso metí la mano debajo del asiento. Allí estaba el papel. Después de leerlo, recuerdo haber suplicado que llamasen a una ambulancia antes de desmayarme.
Las apariciones no volvieron a producirse, al menos en esta habitación de hospital. Y en mi casa supongo que tampoco. Pero eso no lo podré saber ya. Lo que sí sé es que, digan lo que digan, los muertos no se van del todo y no me refiero solo a que quedan en nuestras memorias. Mi mujer siempre tuvo una actitud maternal conmigo, algo que le recriminé sin efecto hasta la saciedad. Sin efecto digo porque hasta los datos de contacto que me pidieron en mi último chequeo médico, los cambió para poner su número de móvil y el fax de su trabajo. Y se empeñó en protegerme avisándome aun estando muerta. Al final, por mirar hacia otro lado y confiar en la lógica, perdí un valioso tiempo que me hubiese salvado. Un tumor cerebral se ha apropiado de mi cerebro y pronto me dejará en coma. Tengo lo que merezco.
Tercer cuento publicado en Diario de Avisos
servido por aqueronte
sin comentarios
compártelo
17 Febrero 2009
Siempre que pienso acerca del cuerpo humano, el símil que primero me viene a la cabeza es el de una perfecta máquina, como si de una conjunción de ruedas dentadas, poleas y sistemas hidráulicos se tratase, funcionando rítmicamente, en pos, quizás, de lograr la más bella de las coreografías. Pero eso sí, con la salvedad de que para lograr tal propósito, la máquina debe poseer algo excepcional, tan excepcional como es, de hecho, tener un alma.
El cuerpo de Julieta era la definición viva de la belleza y cuando digo esto último, no me refiero a una definición abstracta del término. Lo bello, para mí claro está, se conforma de una suerte de detalles concretos, abundantes eso sí, pero concretos al fin y al cabo. Lo bello en definitiva, se diferencia de la fealdad, en que esos detalles se agrupan juntos en una misma persona y que, incluso, si nos lo propusiéramos y tuviésemos el criterio adiestrado, podríamos recolectarlos y separar esos detalles bellos de entre todos los demás componentes ordinarios de esa persona. Y fue este pensamiento el que, después del abandono de mi Julieta, me llevó a emprender esta cruzada.
Siempre intento que la primera puñalada sea justo en el corazón. Así puedes evitar que la señorita en este caso, presa de un comprensible pánico y desconocedora, por supuesto, del fin último de mi intención, empiece a proferir gritos de auxilio que pueden dar al traste con todo el trabajo que me supuso convencerla para que accediera a entrar en mi casa. Esta joven, María creo recordar, tenía unos brazos realmente elegantes. Desde el extremo de sus dedos índice hasta la cabeza del humero, que es ahí donde realicé la sección. Sus hombros ya eran más bien ordinarios, comunes, aparte de que el tronco del cuerpo de mi nueva Julieta lo había conseguido unas semanas antes. Su dueña había sido una pobre chica de la cual no recuerdo su nombre. Y digo esto de pobre porque, para mí, no merece otro calificativo alguien que poseedora de un busto tan simétrico y de un abdomen tan perfilado, no hubiese sido consciente durante su vida de la belleza que poseía. Tuve que guardar para este caso el puñal y decantarme por una cuerda de nylon, eso si, tomando las precauciones necesarias para colocarla justo debajo de la barbilla. Unos centímetros más abajo hubiese estropeado aquel cuello hecho como a cincel.
Las piernas las obtuve de mi amiga Esther. En esta ocasión admito que sentí algo parecido a la lástima, no, corrijo, fue más bien indecisión. Se quiera o no, como cualquier ser humano, por medio de la interacción con otras personas, se va creando una falsa sensación de apego o empatía que, en estos casos, hacen que mi empresa se torne más compleja. Pero si hay algo que me caracteriza es la de llevar mis decisiones a término. Así que aparcando mis dudas a un lado, la apuñalé certeramente en el corazón, deseando que la vida se le extinguiera rápidamente, sobre todo para que el porqué que se dibujaba en sus ojos no siguiera esperando contestación.
Anoche no pude dormir. Coloqué los brazos de María en el congelador, junto con el resto de mi nueva Julieta y me obligué a posponer la resolución del puzzle hasta la mañana siguiente. Cuando abrí el arcón en el sótano no pude si no exhalar un suspiro de alivio y juraría que se me humedecieron los ojos al contemplar aquella ecuación de belleza, aquel collage divino. Los lectores más suspicaces habrán caído en la cuenta de que falta una pieza. Pero no es cierto. Acaso, en mi empeño de recrear a mi bella Julieta, ¿hubiese alguien osado a ponerle otro rostro que no fuera el de ella? Claro que no. Su cara, su perfecta cara, tan solo puede ya reproducirse en mi memoria, o con suerte, volver a disfrutar de sus facciones de ángel algún día que nos crucemos por la calle, hasta que Dios y sólo Dios decida cuando deba morir. Mientras, cuando su presencia me sea denegada, disfrutaré evocando aquel perfecto cuerpo observando la reproducción a escala que guardo en mi congelador.
Esta historia es la segunda que me publican en el periódico Diario de Avisos y, como pueden ver, el encargo sigue siendo el mismo: cuentos de terror. Paradojas de la vida; uno toda la vida escribiendo proesía y ahora lo que quieren es sangre por todas partes...
Un saludo, los sigo desde las sombras...
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->
servido por aqueronte
2 comentarios
compártelo
18 Enero 2009
Me llamo Ana García López, soy enfermera de la Clínica del Buen Señor y escribo esta carta desde el vestuario de la cuarta planta, para que quién encuentre mi cuerpo, sepa la verdad.
No me atrevo a abrir la puerta porque ni aún teniéndola cerrada, dejo de oír los pasos por el pasillo. Sabe que he vuelto otra vez a entrar y que estoy decidida a aceptar su invitación. Esta noche no me he atrevido a mirarla de frente, pero sé que es ella, la misma mujer que vi aquella madrugada, la misma que mis compañeros decían haber visto deambulando, justo cuando alguno de los enfermos de esta, hoy cerrada, planta de cuidados paliativos se disponían a morir. Desde hace dos años, cuando encontraron a mi compañero Oscar en este mismo vestuario, con las muñecas abiertas con un pedazo de espejo que el mismo rompió, la gerencia de la clínica decidió realojar a los pacientes en otras unidades y cerrar provisionalmente esta planta, haciéndose eco de los numerosos testimonios de compañeros que se negaban a trabajar aquí, sin querer decir porqué, probablemente por miedo a que los tacharan de locos o de charlatanes.
Aquella maldita noche no tenía porqué haber subido, pero el azar y mi escepticismo se aliaron haciendo que, al romperse el monitor del ordenador del office de enfermería, yo tuviese la estúpida idea de ir a buscar el monitor en desuso de la cuarta planta. Mis compañeros esa noche se miraron unos a otros y agacharon la cabeza. Yo reí con la intención de romper el silencio incómodo que se había creado pero también, ahora lo reconozco, para acallar las pulsaciones en aumento de mi pecho, inevitables después de haber escuchado tantas veces la historia de la monja, que así era como la llamaban.
El viejo ascensor parecía haberse contagiado del temblor de mis piernas. Por un momento sentí que me desmayaba. Al llegar a la cuarta planta, el largo pasillo que se abrió ante mí estaba iluminado a tramos por las luces de algunas habitaciones que parecían haberse quedado encendidas. Al fondo, podía reconocer el mostrador de información y el brillo del ansiado monitor. Intentando controlar el miedo, me decidí a acabar de una vez por todas aquel acto de valentía estéril y comencé a andar. De soslayo, comprobaba que las habitaciones parecían no tener signos de abandono, las camas hechas, alguna silla de ruedas asomando, todo iba bien hasta que cometí mi primer error. La luz del vestuario se colaba por la puerta entreabierta. No me pregunten porqué, quizás por la insana curiosidad de echar un vistazo a la última imagen que vio Óscar, empujé la puerta. En la pared del fondo había una hilera perfecta de espejos, al igual que en cualquier otro vestuario de la clínica, a excepción de que en este había uno al que le faltaba el trozo con el que mi compañero se cortó las venas. Cerré los ojos con fuerza para quitarme esa idea de la cabeza. Al abrirlos de nuevo me percaté, casi sin querer, que todas las taquillas de la pared de la derecha estaban cerradas, salvo una. Y aquí cometí mi segundo error. Camine los cinco pasos más largos de toda mi vida hasta llegar a la que estaba abierta. En su interior había una fotografía, vuelta del revés, con una frase y una fecha escrita a mano: “La gran familia del Buen Señor, juntos para siempre, 1957”. Al darle la vuelta, vi lo que venía siendo la típica fotografía de empresa que todos los años nos tomaban en las escaleras de entrada. En esta había un grupo numeroso de lo que yo identifiqué como médicos junto con personal uniformado que no conseguí asociar y todos ellos rodeados por un no menos numeroso grupo de religiosas. Y aquí cometí el tercer y último de mis errores. A la derecha de la estampa, entre dos monjas con el rostro difuminado por el paso del tiempo, estaba yo.
No pude controlarme, mi cerebro pedía calma pero mis piernas ya me habían llevado al ascensor. Pulsé frenéticamente el botón de llamada, sin atreverme a mirar hacia el claroscuro pasillo que estaba a mi espalda.
Temí no poder moverme cuando empecé a no sentir mis pies, cuando el aire que respiraba se me antojaba casi líquido. El ascensor se abrió, pero la alegría inicial rápidamente se tornó en el terror más estremecedor al que me había enfrentado. Mi imagen se reflejaba en la superficie acerada del fondo del elevador y detrás de mí, una multitud se acercaba. Me lancé dentro, no sé qué botón pulsé y me giré. Estaban allí quietos, mirándome, inmóviles, todos salvo la silueta más oscura, al frente de ellos. Ella me estaba invitando a acercarme.
Pasó una semana desde que Pedro me encontró inconsciente en el ascensor. Los médicos aún no me habían dado permiso para reincorporarme a mi puesto de trabajo, consideraban que debía seguir algún tiempo más intentando descansar. Después del incidente de la cuarta planta volví a recaer en el insomnio. Hacía unos dos años que no me ocurría, desde que mi padre falleció. En aquel momento lo consideré normal, después de todo era la única familia que me quedaba y tras tantos años encargada de su cuidado, mi rutinaria vida tuvo que reiniciarse a la fuerza. Pero este insomnio era distinto.
Cada vez que cerraba los ojos, veía esa figura invitándome a unirme a la multitud, a la familia. Las primeras noches me despertaba gritando y con el corazón en la garganta pero, con el pasar de los días, como si fuera perdiéndole el miedo a esa imagen, fui acercándome en sueños a esa mujer. Tanto que acabé vislumbrando su rostro. Un rostro que, lejos de asustarme y como si me olvidara por un instante de su naturaleza, me transmitía una sensación agradable, mezcla de familiaridad y hospitalidad, de comprensión y agradecimiento, como si esa mujer tuviera los ojos de mi padre.
Ayer me dí cuenta de todo. Óscar y yo compartíamos algo que nos hacía diferentes a los ojos de “la gran familia”. Ambos habíamos renunciado a una vida normal por cuidar a los nuestros, por eso nos habíamos convertido en enfermeros, por eso éramos especiales. Y Óscar se dio cuenta primero.
Hoy, aprovechando el cambio de turno de la tarde, he vuelto a subir a esta cuarta planta. No pude evitar correr y encerrarme en el vestuario, a pesar de estar decidida. Supieron que volví a entrar, oí sus pasos detrás de mí, escuché mi nombre entonado por tantas voces.
Dejo esta carta aquí para que, a quien le interese, conozca el porqué de lo que voy a hacer, el motivo por el cual he decidido reincorporarme para siempre a esta clínica. Ya es hora de abrir la puerta.
Este texto me fue publicado en el periódico "Diario de avisos" el viernes 5 de diciembre de 2008.
servido por aqueronte
2 comentarios
compártelo
25 Septiembre 2008
Y el tiempo camina aunque no lo mires. Mírame a mí: ayer persiguiendo estrellas y hoy huyendo de ellas. Lo cierto es que llevo un tiempo de mudanzas en todos los sentidos y ,paradojas de la vida, me siento más estable que nunca, con no muchas preocupaciones cotidianas y con los dilemas existenciales perdidos en algún rincón de la nueva casa.
Y el tiempo camina aunque no lo mires, ya te digo. Mirame ayer sumido en un pensamiento cíclico de tristezas andantes, de bofetones de reloj despertador, de visiones del futuro sin gafas de lejos. Era carne de poeta, de proesía, de blog narcisista. Era de una creatividad, si me permiten, otoñal, grisácea, sí, pero era creativo. Y ahora la calma en apariencia, la rutina de los lunes, el amor correspondido y demás vacas sagradas se están comiendo, a eso de las tres de la tarde, las ganas de quejarse, de gritar a mi manera, de creerme digno de un lector.
Y el tiempo camina aunque no lo mires. Si no, mira cuantas letras guarda este sitio: delirios de grandeza, recuerdos que quemaban como despechos o simples ensayos de trovador sin oficio. Y ¿ahora?, yo ya no sé definirlo, pero si a algo se le parece es a un diario de mesilla de noche, a una pared de ciudad, donde el día menos esperado, aparece una pintada.
servido por aqueronte
3 comentarios
compártelo