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Terra
La Coctelera

Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

14 Enero 2012

María

No remoloneaba en la cama a la hora de levantarse. Hacía su cama, se duchaba y salía corriendo aún con la tostada en la mano. Era la primera en llegar al colegio; siempre a las 8:45. El bedel, tras meses de verla aparecer siempre a la misma hora, salía para dejarla pasar a pesar de que la verja del colegio no se abría hasta las nueve. Le daba pena ver a la niña allí fuera, empapada los días de lluvia o acalorada cuando el sol comenzaba a dar sobre la puerta. María se sentaba entonces en el escalón de la puerta de acceso a las aulas y esperaba mientras su corazón desbocado se iba calmando. Durante el resto del día María sonreía, atendía en clase, hacía sus trabajos, jugaba con sus compañeros y se olvidaba de la vida fuera del recinto escolar. Era cuando daban las cinco cuando su cara cambiaba. Se volvía más sombría y sus labios eran una fina línea apretada. Recogía su estuche, sus cuadernos y libros rápidamente y salía hacia casa sin perder un solo minuto. No se quedaba después de las clases a jugar con sus amigas. Debía llegar a casa cuanto antes. Su madre cuando la veía entrar por la puerta con la cartera colgando y el pelo alborotado se quedaba un poco extrañada, le ponía la merienda en un plato mientras María subía a su cuarto a dejar las cosas y lavarse la cara, y la miraba luego en silencio. La niña parecía tranquila, pero su madre sabía que algo le pasaba, no algo referente a sus compañeros, pues a estos los veía más tarde, cuando pasaban a buscarla para jugar un rato después de hacer la tarea. Pero aquella mañana María se había quedado dormida; la tarde anterior la había pasado con sus primos en el campo y cayó rendida en la cama. Al ver la hora que era le pidió a su madre que la acercara al colegio, pero “Todavía es pronto, te dará tiempo a llegar”  le contestó mientras la despedía en la entrada. La niña suspiró y reuniendo todo el valor del que era capaz salió a la calle. Ando a pasos rápidos hasta la esquina. Al torcer y enfilar la calle en dirección al colegio su corazón empezó a latir con fuerza. Lo oía como un pulso intermitente en sus sienes, la respiración también se aceleró; agarraba la mochila con fuerza y tenía las pupilas dilatadas. Antes de verla sus oídos ya la habían escuchado y el miedo había podido con su valor. La perra estaba en el jardín, al ser más tarde ya le habían abierto la puerta de la casa para que correteara por el jardín y ahí estaba, esperándola. Permanecía pegada a la reja con sus ojos amarillos mirándola y las patas, en una tensión casi irreal, sostenían su corpulento cuerpo dispuesto a saltar. María persuadió a sus piernas para que se movieran, para que la sacaran de allí cuanto antes, para que atravesaran aquel trozo de calle que durante un tiempo había sido para ella un paseo tranquilo. Quiso obligarse a no mirar, a dejar que los ladridos la traspasaran, a no darle importancia al pavor que sentía por el animal. Pero el mismo miedo que la inducía a no mirar era el mismo que la obligaba a enfrentarse a él, a intentar superarlo, a pensar que la reja contendría al animal; que ella estaba fuera, libre, y él en aquel trozo arruinado de hierba. La perra sacaba el hocico entre los barrotes, estaba manchado de tierra húmeda y sus enormes colmillos brillaban en la luz de la mañana. Gruñía y miraba fijamente a lo que podía ser una presa fácil. Tierna. María permaneció delante de ella con un arrojo impropio de una niña de su edad. Su cuerpo se inclinaba hacia la puerta, cualquiera que la viera en aquella posición podría llegara a pensar que estaba reprendiendo al animal por su comportamiento. Nadie se daría cuenta que sus ojos se habían quedado anclados en la mirada ambarina de la bestia. Nadie comprendería que el pánico había vuelto su cuerpo inerte, que estaba a merced del miedo, que su vulnerabilidad era en ese momento tan frágil que podría ser quebrada con una simple brisa que la rozara. Que había dejado de ser ella misma, para estar desamparada ante una bestia que le doblaba en fuerza. Que no correría, porque había dejado de estar allí, había perdido cualquier voluntad y control sobre sí misma y el animal lo sabía. Olía su miedo, se regocijaba en el. María no volvió esa tarde a casa. Su mochila fue encontrada al atardecer cerca de la verja del número 13 por la policía, que irrumpió en la casa para interrogar al dueño. La perra estaba acurrucada en la cocina, en su cesta, hecha un ovillo. Sólo había levantado las orejas al verlos aparecer. Había abierto un ojo, tanteo el aire con la cola y se sumió de nuevo en un letargo apático ignorando a los visitantes. Nadie volvió a fijarse en ella, nadie vio sus patas blancas teñidas de rojo, ni su hocico ensangrentado.

Publicado en Diario de Avisos el 13 de enero

 

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31 Diciembre 2011

Las diez

La mayor de las tres mujeres, una anciana de rostro indescifrable y pelo blanco, miraba al frente sin ver más que los fantasmas del pasado que, a veces, parecía seguirlos con los ojos de rincón en rincón. “Son las almas de nuestra guerra sin sepultar que vienen a recriminarnos”, era su teoría. La menor, su nieta, había dejado de ser hacía años una treintañera. Se mordía las uñas y saboreaba los pequeños trozos para esconder el miedo tras el sabor de la queratina. Ella creía en la teoría de la abuela tanto como en las de su madre, dependiendo de quién la sostuviese en cada momento. Para ella ambas eran igual de convincentes. La mediana, hija de una y madre de la otra, controlaba en un hipo compulsivo un llanto fácil pero pesado. Las tres, en silencio, masticaban su ritual a la espera de que las agujas marcaran las diez de la noche. El péndulo, como un hacha que cercenaba el tiempo, martilleaba sus sienes. Sentadas en el salón, la abuela en el sillón gastado, la madre y la nieta en el sofá de tres plazas, con las manos buscándose, tragaban saliva. El viejo reloj entonces lanzó su sintonía de diez campanadas. La última quedó colgando, repartiendo su eco por la habitación, hasta que salió por el pasillo, hasta la cocina y escapó por la chimenea. Y fue cuando sonó el teléfono. La abuela comenzó a persignarse y a repasar las cuentas del rosario que tenía preparado junto al cojín, su hija rompió a llorar y la nieta hundió la cabeza entre las manos. “¡No puedo más! ¡No puedo más!” repetía como repetían cada una de ellas después de siete años. El teléfono sonaba y sonaba, incansable. “¡Cógelo, por Dios!” gritaba la madre. Su hija se levantó gritando “¡Cógelo tú! ¡Yo no resisto más!”. La abuela seguía rezando. La madre lo descolgó. Sollozando, se lo acercó al oído. Intentó balbucear un “¿Sí?” pero de inmediato se tapó la boca con la otra mano para disimular el llanto. Colgó despacio y se dejó caer en el sofá. Las tres mujeres siguieron así, en murmullos, suspiros y silencios hasta que el cansancio las venció de madrugada, como todas las noches desde hacía siete años cuando, sin saber por qué, a las diez en punto, sonaba el teléfono. Daba igual quien descolgara, la respuesta era siempre la misma: nada. Y no había dejado de sonar ni un solo día. Intentaron cambiar de número de teléfono, reportar cientos de averías a la compañía telefónica o sustituir el aparato una veintena de veces. Modelos de todo tipo, colores y prestaciones fueron instalados sobre la mesita con lámpara del rincón. Daba lo mismo. Desesperadas, un día hablaron con Tía Luisa, la hermana de la abuela, que conocía a alguien que se definía como vidente, con anuncio en el periódico, y a quien consideraba su bruja particular. Con tan buenas referencias y sin nada que perder, la amiga vidente fue invitada a asistir en primera persona al espectáculo diario. Recorría la habitación con los ojos cerrados y las palmas de las manos al frente, quizás no tanto para captar energías como para no golpearse con los muebles. Las mujeres de la casa la observaban entre sorbos de café cuando sonaron los cuartos previos y comenzaron las campanadas. Al acabar éstas, sonó el teléfono. La vidente descolgó el auricular. De pronto, se le pusieron los ojos en blanco. La abuela agarró el rosario y comenzó a repasar las cuentas. Tía Luisa zarandeó a la desquiciada pero ésta empezó a proferir tales gritos que heló la sangre de las demás mujeres. El teléfono se cayó, por fin, de su mano y, sintiéndose libre, corrió la mujer arrasando la mesita, a su amiga, a la abuela y a varios muebles más, hasta que llegó a la puerta de la calle, la abrió y huyó de la casa.“¡El teléfono!”, avisó la nieta. “¡El teléfono!”, repitió. La abuela interrumpió sus rezos para mandarla callar, pero ella insistía. “¡El teléfono!”, hasta que la madre, tras sorberse las lágrimas, se acercó al aparato. “¡Está roto!”, señaló. Mostró el cable arrancado a las otras. “¡El teléfono está roto!”. “¡Claro!”, gritó la nieta. “¿Cómo hemos podido ser tan estúpidas? ¿cómo no lo hemos pensado antes?, ¡arrojémoslo a la basura! Las otras mujeres se miraron y reconocieron su propia estupidez. “¡A la basura! ¡A la basura!”, gritaba la abuela aplaudiendo. El día siguiente fue muy distinto para ellas. Sonreían, corrían cortinas y abrían ventanas. Habían dormido bien y comieron con apetito, incluso la abuela, con su anemia crónica, fijó con extra de pegamento su dentadura para disfrutar del filete. Eran tres mujeres felices, al menos hasta que se acercaron las diez de la noche y sus ojos, acostumbrados tras tantos años, se fijaron en la mesita que soportaba el teléfono. Ahora, sólo un tapete de ganchillo blanco. Y al llegar las diez de la noche, naturalmente, ningún teléfono sonó. La abuela no cogió su rosario; la nieta no sabía si reír o llorar y la madre ahogó una sonrisa con la mano. Pero entonces, sonaron unos golpes en la puerta. ¿Abro?” preguntó la nieta. “¡Abre!” ordenó la madre. El picaporte cedió. Las bisagras giraron y la puerta se abrió poco a poco. “¡Nadie, Mamá!” gritó histérica “¡Nadie, nadie!” canturreaba la abuela contando las cuentas negras del rosario. “¡Nadie, nadie!”, repetían sollozando las mujeres. No había nadie al otro lado de la puerta cuando sonaron las diez. Y siempre llamarían a las diez.

Publicado en Diario de Avisos el 30 de diciembre

 

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10 Diciembre 2011

La señal

Luis volvía de un viaje de negocios y, aunque la comida con un cliente se había alargado más de la cuenta, prefirió ponerse rumbo a casa sin más dilaciones. Tenía por delante una gran distancia y la idea de conducir de noche no le resultaba atractiva. No le gustaban los trayectos largos en los que la soledad y la oscuridad parecían apropiarse del vehículo. Ponía música y cantaba a pleno pulmón o sintonizaba cualquier emisora donde los locutores no dejaran de hablar; todo para no sentirse solo. Había adelantado tantos coches como había podido para avanzar sin que nadie se interpusiera y poder pisar el acelerador cómodamente. Una recta, casi sin final, apareció ante él. El siguiente cartel le indicó que el pueblo al que se dirigía estaba a menos distancia de la que recordaba, giró bruscamente y se incorporó a una carretera oscura, recién asfaltada por la que el coche se deslizaba suavemente. Cantaba mientras pisaba el acelerador y los campos pasaban a los costados vertiginosamente. Los cereales dieron paso a las zarzas que se aproximaban cada vez más a la carretera. Los árboles, que minutos atrás se recortaban en el horizonte, ahora parecían lamer el alquitrán. Luis fue consciente en aquel instante que lo rodeaba una oscuridad transparente, como la niebla alumbrada por el Sol y que solo seguía la carretera guiándose por la línea blanca que la dividía. Las ramas de los árboles se estrechaban y entrelazaban de tal manera que creaban sobre la carretera una cúpula extraña en la que la luz se iba perdiendo. Se sintió desconcertado al ver las líneas del suelo desaparecer. Miraba al frente intentando que sus ojos enfocaran más allá de la oscuridad en la que se había convertido la carretera y que parecía dirigirse hacia algún lugar en alguna parte. Lo único que sus ojos distinguían ahora eran los extraños troncos de los árboles, tan cercanos unos de otros, que no permitían vislumbrar más allá de ellos. Agarraba el volante cada vez más fuerte sin percatarse de ello. La música cesó de golpe, aunque había dejado de ser consciente de ella hacía mucho tiempo. Nadie le había adelantado. Estaba solo. Apartó el miedo que comenzaba a hacer mella en él y concentró su vista al frente, allí donde la carretera se unía en un solo punto por si distinguía alguna luz, algún indicio que le indicara la proximidad de gente, de una ciudad, de una casa al menos. Mirar por el espejo retrovisor después de la inercia de tantos años ahora le parecía una pérdida de tiempo, nadie le seguía en aquella carretera. Se concentró en lo que tenía delante; en lo que no tenía. Le aterraba pensar que el coche se parara dejándole allí, donde la oscuridad sólo era perpetrada por más oscuridad. El espejo interior le trajo más oscuridad, parecía no moverse ni alejarse, una oscuridad que sólo lo cercaba. Y entonces fue consciente de que allí había algo más; los vio. Unos ojos oscuros y brillantes que lo miraban desde el asiento trasero. Unos ojos en un rostro que se confundía con las tinieblas del exterior. El miedo lo paralizó y el coche frenó en seco quedándose estacionado en el asfalto como una aparición. Salió del automóvil abriendo la puerta trasera en un arranque de valor que le sorprendió. El asiento estaba vacío. Sólo sintió una ligera ráfaga de aire frío. El terror se aferró a él como una segunda piel. Tenía que salir de allí, de aquella oscuridad que le advertía. Se concentró de nuevo en la carretera que se abría ante sus ruedas. No miró atrás. Centralizó toda su atención en pisar el acelerador sin reparos. Necesitaba huir rápidamente. No debía mirar, no debía, pero el miedo a saber qué quería esa mirada era más fuerte que el miedo a no saber. El retrovisor le devolvió de nuevo aquellos ojos ahora apesadumbrados y abatidos. Ellos conocían un destino cierto que Luis no llegaba a comprender. Se movieron en un gesto de negación y desaparecieron con un parpadeo. Luis intentó negar la visión, intentó negar el terror y el miedo, aquello no era posible. La oscuridad, la soledad de la noche y el sentirse agotado le habían hecho confundir lo que vio. No dejaría que la intranquilidad de una visión imposible le hiciera dudar, tenía que llegar a casa. Los árboles en aquel momento comenzaron a abrirse, las ramas se separaron de golpe, aparecieron campos de maíz amarillo brillando al sol ceniciento de la tarde. El pie parecía de plomo sobre el acelerador, no lo levantaría hasta no entrar en esa luz que parecía esperarle y alejarse así de la oscuridad. Y entonces pudo leer el Stop escrito en el asfalto mientras lo rebasaba con su coche.

Publicado en Diario de Avisos el 9 de diciembre

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18 Noviembre 2011

La lista

Siempre me gustó la panorámica que se abría ante mí cada vez que me sentaba en aquella terraza. Campos que parecían sembrados de forma perenne, naturaleza domesticada bajo los preceptos de la estética. Me resultaba extraordinaria aquella vista presidida por la tranquilidad que, de tanto saborearla, verano tras verano, acabó por atraparme. La evocaba con los ojos cerrados cada vez que la velocidad del mundo me agobiaba. Era mi refugio mental, la casa donde mi alma se escondía. Tanto me marcaron aquellas sensaciones que, apenas me dieron una posibilidad, regresé sin duda al mismo lugar, aunque esa oportunidad tuvo un precio alto. Allí no recibía visitas, ni las deseaba, a excepción del mensajero. Así lo llamaba yo. Nunca crucé una palabra con él. Se limitaba a aparecer, tocar en mi puerta y dejarme las instrucciones necesarias para localizar y dar caza a mi nuevo encargo. Todos parecían tipos normales. Personas que no llamarían la atención en medio de una calle cualquiera. Y esa era su principal virtud. Era lo que los había mantenido vivos todos aquellos años. Aunque siempre cometían errores, fugaces, débiles, que los hacían visibles a sus perseguidores. Otros tipos tan normales como ellos, mezclados entre la multitud, buscándoles, siguiéndoles para luego darme aviso. Este encargo, por ejemplo, era bastante más sencillo que los anteriores. Con la experiencia acumulada de cientos de casos , sólo me bastaba verles las caras para hacerme una idea de cómo iba a ser nuestro encuentro. Los había valientes, cobardes, suplicantes y altivos. Pero sobre todo los había como este señor. Tenía los ojos cansados de mirar siempre a las esquinas oscuras, a las figuras solitarias y a sus propias espaldas. Tenía el aspecto de quien ha pasado demasiado tiempo huyendo. Casi que se alegraría al verme entrar, sabiendo que mi presencia se traduciría en su descanso. Estaba en su salón, leyendo una novela aparatosa, demasiado voluminosa para unas manos tan delgadas, que hacía que tuviera que adoptar una posición un tanto incómoda. La estancia apenas estaba iluminada. Sólo la lámpara junto al sofá donde estaba sentado y la luz que entraba a través de las persianas. No advirtió mi presencia hasta que estaba a poco menos de un metro. “¿Cuántos años llevan buscándome?” - me dijo como si llevara tiempo observándome. “No lo sé, yo no me dedico a esa parte”- le dije con la misma parsimonia que él había empleado. Se giró y me observó detenidamente. Su expresión era de alivio. Nunca me equivoco con las caras. Estaba deseando ser cazado. “No sé si sabe cómo funciona esto” -le comenté, como había hecho antes tantas veces con otros. “Claro que sé cómo funciona esto” - me cortó de pronto - “llevo cientos de años huyendo delante de mercenarios como tú así que, en cierta forma, me merezco un descanso, ¿no crees?”- me dijo mientras me miraba sereno. “Haz lo que tengas que hacer” - añadió. En algún rincón de mi interior, no me parecía justo lo que hacía. Todas mis víctimas, al fin y al cabo, no habían hecho nada digno del castigo al que yo les sometía. Se habían limitado a experimentar las vidas que Él, su jefe y ahora el mío, les había prohibido vivir. En medio de aquella estancia a medio iluminar, con mi puñal preparado y aquel tipo mirando sonriente las fotografías del aparador, me sentí profundamente triste. “¿Te han prometido la salvación? Seguro que sí. Siempre lo hacen. ¿Sabes una cosa?, creo que ha valido la pena”. Y entonces, inoportunamente, recordé las risas de mis hijos al jugar en el salón, el calor de la piel de mi mujer, sus lágrimas en mi funeral. Creí haber superado esa nostalgia. Me sentí de nuevo frágil, volátil, etéreo. “Lárgate de la ciudad” - le dije- “diré que te escapaste o cualquier otra excusa”. “Te vas a meter en un problema” - afirmó, incapaz de disimular su alegría. “Sólo te estoy dando otra oportunidad” - dije mientras me daba la vuelta hacía la puerta. No iba a ser fácil ganarme el Cielo de aquella manera. Pero, de vez en cuando, necesitaba sentirme como Dios.

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28 Octubre 2011

Primeros auxilios

El sabor metálico del cañón de la escopeta provocó que, durante un instante, me cuestionara si dar el siguiente paso. No tenía mucha práctica con armas de fuego. Renovaba el permiso únicamente para no desprenderme de aquella vieja Benelli de mi padre, que ahora apuntaba al fondo de mi garganta. Sólo necesitaba mover algunos centímetros el gatillo y la imagen de mi mujer desaparecería de mi memoria. O tal vez no. Poco importaba a estas alturas. Hacía cerca de un año que había ocurrido el accidente que sirvió de pistoletazo de salida a la carrera que voy a dar por terminada hoy. Un viernes de noviembre regresábamos de cenar con unos amigos, no sin antes habernos echado a suertes quién conducía esta vez. A ella el alcohol le sentaba peor que a mí la mayoría de las veces y esa noche no fue una excepción. No tardé ni diez minutos en quedarme dormido. El golpe contra las olas fue terrible. El manto negro que era el mar nos embistió con tanta fuerza que arrugó la carrocería como un folio usado. Nuestras caras rozaron el salpicadero, retenidas en el último momento por el tirón abrasador del cinturón de seguridad que nos rebotó contra los asientos. Luego una orquesta de ruidos y crujidos que parecían venir de todos lados. Quejidos de metal y cristal incapaces de protegernos por más tiempo. El agua al fin venció al parabrisas y empezó a invadir el habitáculo del coche tan deprisa como el aire escapaba. Ella no sabía cómo dejar de gritar mientras yo luchaba por desabrocharme el cinturón de seguridad y liberarla del suyo. La música se apagó junto con las luces del cuadro, los elevalunas fallaron también y entre el miedo y el aturdimiento me obcecaba en abrir la puerta. La presión terminó por romper del todo una de las ventanillas. Asomé la boca por encima del agua para llenarme de oxígeno por última vez y le grité a ella que tomara todo el aire que pudiera. No estaba seguro de que me hubiera oído, ya no podía verla . En todo caso me sumergí, tiré de sus brazos y la saqué del coche por la ventanilla. No se movía. Tuve que nadar hacía la superficie con un sólo brazo mientras con el otro sujetaba su cuerpo inerte. Me arrodillé en la arena a su lado, coloqué las manos una sobre otra y busqué su esternón, estiré los brazos y me dejé caer sobre ella diez veces. ¿Diez, quince o veinte? No recordaba nada del maldito curso de primeros auxilios de la empresa. Taponándole la nariz y arqueándole la nuca soplé dos veces con fuerza en la boca, después repetí el masaje cardíaco y otra serie más de insuflaciones. No había respuesta. Después de cada serie le soplaba el poco aire que era capaz de reunir entrecortado por el llanto. Empujé sobre su pecho cada vez con más fuerza. ¡Vive! ¡Vuelve!. Una hora después me senté de espaldas al cadáver de mi mujer. Hacía rato que había empezado a sangrar por la comisura de los labios, su piel estaba fría y sus ojos, incomprensiblemente abiertos. Ahora su expresión era de un insoportable dolor. Sonido de sirenas a lo lejos comenzaron a amenizar aquella escena. Algunas horas después, ya en la ambulancia hacia el hospital, los técnicos sanitarios hacían todo lo posible por convencerme de que me recostara en mi asiento. Apenas había dormido, y ahora ellos querían obligarme a descansar. Pero cómo iba a hacerlo. Yaciendo inmóvil y sin vida debajo de una sábana, ella parecía asentir ante las palabras de los enfermeros. No pasé mucho tiempo ingresado en el hospital. En Urgencias no me encontraron más lesiones que algunas contusiones y heridas en las manos. Pero lo peor estaba aún por venir. Tras una espera que se me hizo eterna, llegaron los resultados del forense. Llegaron a media mañana. Ahora, a solas ya en mi cuarto de baño, repasaba mentalmente lo que me había dicho el doctor, recordaba cada palabra, mientras saboreaba el amargor del cañón de la escopeta en mi boca. Mi mujer no tenía agua en los pulmones. No había muerto ahogada. Las lesiones mortales las habían causado una serie de fracturas en las costillas que habían provocado lesiones irreparables en los órganos internos. “¿Intentó usted reanimarla?” - me preguntó el forense.

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14 Octubre 2011

El rescate

Mis ojos tardaron algunos segundos en acostumbrarse a aquella oscuridad. El rescatador, más habituado a misiones como esta, caminaba con paso decidido a través del pasillo, sin dejarme siquiera un segundo para respirar. A trompicones, con miedo a quedarme sólo en medio de aquella penumbra, salí tras sus pasos. La aparente tranquilidad con la que se movía desapareció al llegar al pie de una puerta de doble hoja que parecía dividir aquel corredor a la mitad. Con un gesto de su mano me indicó que retrocediera para luego abrir apenas unos centímetros la puerta y desaparecer tras ella. Me esforcé en mantener la calma y no sucumbir a los embistes de la adrenalina que provocaba mi soledad en aquel lugar de oscuridad amenazante. Al cabo de un insufrible minuto, como gotas de un grifo a lo lejos primero, fueron cobrando forma, después, unos contundentes pasos en dirección a la puerta por la que había desaparecido el rescatador. El pomo giró más despacio de lo que esperaba y eso bastó para que un escalofrió me recorriera la espalda como una descarga eléctrica. Al fin y al cabo sabía que no estábamos sólo en aquel lugar. El rescatador asomó la cabeza y me volvió a hacer una señal, esta vez para que lo siguiera. Este pasillo ahora era distinto, con decenas de puertas a ambos lados, que sólo dejaban ver a través de un pequeño hueco lo que ocultaban. Apenas algunos tubos fluorescentes colgados cada demasiados metros servían como iluminación, aunque fue suficiente para darme cuenta de lo que había tras aquellas puertas. A nuestras espaldas, justo por donde habíamos llegado, comenzaron a escucharse voces que iban acercándose. Hablaban en algún idioma que no podía reconocer aunque con una entonación que invitaba de forma clara a salir huyendo de allí. Pero el rescatador no parecía pensar lo mismo. Empezó a probar puerta por puerta hasta que, justo cuando aquel grupo iba a encontrarse con nosotros de frente, una de ellas abrió. Nos introdujimos en aquella celda y esperamos a que pasaran de largo. Mientras tras nosotros, en su litera, un anciano empezó a suplicarnos que lo sacáramos de allí. El rescatador levantó un puño amenazador para luego indicarle que guardara silencio. No habíamos venido a rescatarle a él. Por fin el grupo de lo que parecían vigilantes había desaparecido a lo lejos. Aprovechando la momentánea tranquilidad, volví a sacar el plano. El rescatador había entrado en bastantes ocasiones anteriores y de cada una de ellas fue sacando la información necesaria para este día. Mi papel consistía en reconocer a mi padre y marcharnos. Luego el rescatador regresaría, esta vez sólo, para sacarlo de allí. Y no andábamos lejos del lugar donde se suponía que estaba. El pasillo volvía a lucir tan desolador como antes aunque me tranquilizaba otra vez la parsimonia de aquel hombre, como si pudiera percibir más allá del alcance de mis sentidos la presencia de una amenaza. O tal vez era mera experiencia. Mientras pensaba en mi incapacidad para dedicarme a esto, el rescatador se paró en seco y me señaló hacía la puerta de mi izquierda. De pronto sentí un miedo atroz a dar el siguiente paso que no era otro que el que, por otra parte, tanto había deseado. El rescatador, quizás más acostumbrado a ver a otros tipos como yo, paralizados de puro miedo, decidió hacer el mismo los honores. De dos zancadas se situó delante de la puerta para abrirla de un movimiento. Una figura se incorporó en la penumbra de la celda y avanzó hacía nosotros. “¿Es él?” preguntó de forma mecánica el rescatador. Yo no pude si no asentir con la cabeza. “¿Estás seguro?” volvió a preguntarme. “Volveré a por usted señor” dijo el rescatador en un tono aséptico “pero ahora debemos marcharnos”. Aún mis ojos seguían clavados en los de mi padre cuando la luz, escasa y titilante antes, fue aumentando de intensidad hasta llenarlo todo. Un segundo después estaba de nuevo en la oficina del rescatador. Yo aún seguía sin poder quitarme aquella última imagen de la cabeza mientras él se quitaba los últimos sensores de la cabeza. “Tienes suerte de que haya muerto de un infarto y no de una larga enfermedad, no tuvo mucho tiempo para pensar” dijo mientras guardaba unos cables en una caja. “¿Sigues queriendo sacarlo del infierno?” añadió con aquel gesto despreocupado tan propio de él. “Sí” contesté con la mirada de mi padre aún quemando en mi memoria.

Publicado el 14 de octubre en Diario de Avisos

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1 Octubre 2011

El viaje

Te quiero pero tengo que matarte. Por amor. Te giras y me miras con angustia, luego vuelves la cabeza hacia la puerta del ascensor para volver a observarme otra vez al cabo de unos segundos. Crees que yo puedo hacer algo para evitar lo que está sucediendo y tus ojos, enrojecidos de tanto llorar y restregarte con las manos, me escrutan hasta lo más hondo de mi ser, intentando encontrar algo de mí que no sea miedo. He pasado mis manos por tu cabello, lo he acariciando suavemente, como lo he hecho cientos de veces, aunque ahora mis dedos tiemblan más, porque saben que hay que ir bajando, poco a poco, palmo a palmo hasta tocar tu fino cuello. Ni siquiera sé cómo hacerlo exactamente. Si veo que me miras con esos ojos castaños,sufridos, rotos, y pronuncias una palabra, mi nombre o el de nuestro hijo, tendré que aflojar ese nudo de dedos sobre tu garganta. Pero por otro lado no quiero hacerte sufrir tantísimo, nunca he hecho nada parecido, me siento débil y no soy un asesino. Pero no tenemos escape, esta situación no tiene marcha atrás. Dejó de tenerla cuando ellos aparecieron. Aunque no nos hubiésemos metido aquí. Cuando dieron la alarma estaba buscando alimentos entre los escombros, sólo había encontrado una lata de atún en conservas, pero volvía contento porque nuestro hijo iba a tener algo que llevarse a la boca. El sonido de las sirenas me pareció tan irreal, aunque sabíamos que este día podía llegar, debía llegar. Fue demasiado tarde, ellos ya estaban allí. Encontré muerto al viejo Matías. Se había quedado de guardia en la puerta como todas las mañanas.Un grupo de ellos se encargaban de él. Cuando subí al piso abrí la puerta lo más despacio que pude, entré y me dirigí a nuestra habitación. Habíamos dejado al niño con aquella chica que tanto y siempre nos había ayudado, nunca pensé que al volver me encontraría con aquello. Ellos estaban allí, se nos habían adelantado y el niño y la chica no eran más que jirones de carne y sangre sobre la cama, formando un macabro cuadro sobre las sábanas blancas. Se disputaban los trozos con avidez, se peleaban como fieras,como buitres carroñeros. Retrocedí lentamente, agarrándome el corazón que me daba punzadas y procurando no vomitar para no llamar su atención, preguntándome dónde estarías tú, rogando porque no hubieses visto aquello. Nuestras esperanzas de que nuestro hijo pudiese ser uno de los que levantasen de nuevo a la Tierra, de que fuese alguien importante en el Nuevo Mundo, se paseaban de garra en garra, de boca en boca. Y después de salir a la calle para buscarte, para saber qué había pasado contigo, casi me dio pena encontrarte saliendo del ascensor. Sabes o intuyes algo, aunque te he dicho que nuestro hijo está a salvo, que se lo llevó la chica con ella, tus ojos me dicen que no me crees, pero prefieres no escuchar la verdad. Tú también estás escuchando cómo ellos lo mastican todo con sus dientecillos afilados. Han cortado el suministro de luz y no podemos movernos de aquí. Mordisquean hierro y goma para llegar hasta nosotros. Nos huelen, huelen el miedo, la preocupación y la desesperanza. Pero tú no sufrirás, ya me encargaré yo de eso. No me digas que me quieres. Mis lágrimas huyen de mis ojos y se funden con tu pelo. Mi mano derecha acaricia tu nuca mientras que la otra te estrecha contra mí, fuerte, hasta sentir tu alma, que también me abraza. Tus lágrimas van tibiando mi cuello. Ya no estamos dentro de este ascensor, encerrados. Tú y yo viajamos a esos prados verdes y húmedos de Asturias, donde estuvimos de luna de miel, antes de que todo esto empezara. Estamos abrazados y sentimos como una suave brisa nos acaricia y envuelve dando vueltas en espiral. Los pájaros con su monótono trino marcan el ritmo de la canción de una tarde estival y nuestras miradas, inocentes, se entrelazan y tejen sentimientos que ya nunca podrán ser olvidados. Dos minutos más y entrarán, uno, y tú estarás viajando, con nuestro bebé en brazos, iréis a Asturias, sí, y me esperaréis a la entrada de una de aquellos pequeños pueblos de casas de paredes empedradas y techos oscuros de pizarra. Buen viaje, mi amor.

 

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9 Septiembre 2011

Reencuentro

Era difícil encontrar candados como aquel. Hacía años que habían dejado de fabricarse. Robusto, pesado, a prueba casi de cualquier intruso. Nada que ver con esos complicados sistemas de seguridad cuyos precios son directamente proporcionales a la dificultad de su manejo. Terminó de girar la llave de la última cerradura y miró a su alrededor, como se había acostumbrado a hacer en estos últimos tiempos, antes de abrir definitivamente la puerta. Al fin y al cabo, aquella entrada, aunque blindada y protegida, era el punto más endeble de toda la casa. Bajar la guardia no era una opción. Casi nadie se acordaba ya cual fue el primer cadáver que resucitó. Al principio los medios de comunicación no se ponían de acuerdo. Muchos se decantaron por creer que aquellos videos, fotografías o testimonios que llegaban sin parar a sus redacciones eran parte de una acción coordinada de algún movimiento buscando notoriedad o quién sabe qué. Pero los días siguientes no hicieron más que añadir más incertidumbre al asunto. El silencio de las autoridades, la movilización de las fuerzas de seguridad y, sobre todo, los comentarios de la gente de a pie narrando casos cercarnos, no ya de oídas o vistos en Internet, si no de amigos o familiares. Aquello se extendía como la pólvora, como una pesadilla mientras se está medio dormido. La empresa había cerrado algunos días por precaución a salir perjudicada por una de tantas manifestaciones que poblaban las plazas aunque, en realidad, se vieron obligados a echar el cierre por los muchos empleados que se negaban a salir de sus casas. Así que, sin tener que ir a trabajar, su plan era desayunar mientras cambiaba de un canal a otro en la televisión, viendo los programas especiales creados al efecto. Una mañana aburrida si no hubiese sido por los gritos de pánico que subían por el hueco de las escaleras. El pasillo se veía deformado a través de la mirilla de la puerta. Podía sentir la presencia de otros vecinos haciendo lo mismo que él. No se apreciaba nada extraño a primera vista. Tuvo que esperar a que los ojos se adaptaran a la oscuridad para percatarse de la figura inmóvil al final del pasillo. Sólo tardó algunos segundos en darse cuenta de quién era. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, mientras intentaba tranquilizarse. Para cuando lo logró, aquella extraña visita se encontraba arañando la puerta. En ese momento comprendió que todas aquellas habladurías eran ciertas. Regresaban, sin más, a las que habían sido sus casas. No todos, sólo aquellos que no habían sido pasto de la descomposición o de las llamas del crematorio. Salvo el susto inicial, decían, no había nada que temer. Después de un año desde aquello, la situación había empeorado de forma exponencial. No habían encontrado el motivo de porqué la muerte no acoge en su seno a quienes la abrazan, si no que los devuelve al cabo de dos días. Pero tampoco importaba demasiado. Al gobierno le interesaba más el cómo regresar a la normalidad. Al principio el ejército creó unas unidades especiales para capturar, casa por casa, a los fallecidos para su posterior incineración. Pero pronto surgieron movimientos reclamando derechos fundamentales para sus muertos. Al fin y al cabo, muchas familias se habían acostumbrado a la presencia, de nuevo, de sus parientes. En cierta forma, tenían derecho a recuperar la protección que la ley les brindaba cuando habían estado vivos por primera vez. Pero las autoridades no estaban dispuestas a eso. Cuando sonó el timbre de madrugada, los pilló despiertos. Intuían, su madre y él, que pronto les tocaría a ellos. Hacía semanas que las cuadrillas de limpieza del ejército merodeaban por el barrio. Era cuestión de tiempo que alguien los señalara con el dedo. El portero automático volvió a sonar, esta vez con más insistencia. Para cuando los militares lograron tirar la puerta, ellos ya habían alcanzado la furgoneta que hacía días había aparcado bajo la escalera contraincendios. Sin las luces de cruce puestas y ayudados por aquella luna nueva, avanzaban según el plan establecido a través de aquel camino forestal. No sabían qué pasaría a partir de ese momento con sus vidas ni tan siquiera si el campamento de insurrectos podía realmente ampararlos. Pero de lo que sí estaban seguros es de que no iban a separarse de nuevo.

Publicado en Diario de Avisos el 9 de septiembre


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