Motas de polvo
No eran más de las cinco de la tarde cuando K. llegó a su casa. Conectó la televisión a sabiendas de que no había nada de su interés. Pero algo se tiene que hacer cuando no se tiene nada que hacer, pensó. De súbito se encontró fuera de aquella lógica, de aquella realidad.
Desde la ventana, un haz de luz cruzaba la habitacíon haciéndo visibles en su trayecto a algunas motas de polvo que estaban en suspensión. Centró su mirada en una en concreto y vió como caía lentamente para luego volver a subir, como parecía que ni el tiempo ni tan siquiera la gravedad podían interferir en su movimiento. Y entonces imaginó que quizás las motas de polvo nacieran con el destino completamente escrito, programadas para subir y luego bajar, o viceversa, y flotar en el aire de manera instintiva.
Y fué entonces cuando K. sintió que se estaba estableciendo una comunicación entre la mota de polvo y él. Quizá por eso notó que sus extremidades ya no respondían, ni siquiera hubiera podido decir si las tenía, porque para él su cuerpo se había convertido en un todo, en un uniforme trozo de materia viva. Y creyó sentir que el tiempo había desaparecido y que alrededor de él ya no había nada, sólo un vacío sin dimensiones. Como si estuviera callendo en algún pozo pero con la tranquilizadora certeza de que no había fondo, era una caída infinita. Despertó de su ensoñación pero ya no fue capaz de olvidar la plenitud de aquellos segundos en los que había sentido que el mundo real no existe; existen infinitos mundos reales.
Por no parecer loco decidió no contar a nadie la experiencia. Pero esa noche cuando su novia le preguntó que por qué estaba tan ensimismado, él creyó que esta vez ella podría entenderle.
Escuchó su experiencia metafísica y le contestó que esa sensación podría haberla provocado álgún coágulo en el cerebro, que lo había leído en la revista del domingo, y que se dejara de tonterias paranormales. De nada sirvió que K. tratara de explicarle que para él la explicación estaba más allá de la sangre y las células. Esa noche le sorprendió el sueño mientras lloraba.
Su madre le preguntó varios días despues que qué le pasaba. El contestó que no le dolía nada del cuerpo pero que sentía un peso en el pecho. Su madre lo miró con severidad y le dijo que se dejara de fumar y que fuera al médico cuanto antes.
Estaba claro que aquella experiencia de la mota de polvo no había sido ninguna experiencia psicológica. O eso le decían todos. Por lo visto tanto adelanto tecnológico había hecho que acabáramos entendiendo que sólo somos máquinas biológicas, inmunes a todo menos al tiempo y a las enfermedades. Y que no existe la metafísica, ni la filosofía, ni las preguntas o respuestas que se salen de lo politicamente correcto.
K. fue al médico al día siguiente.


