Ver sin mirar
En ocasiones me apetece afrontar el día como si esa misma noche fuese a mudarme muy lejos de donde vivo. Me agrada tener una excusa, aunque sea imaginaria, para poder deleitarme con la visión de una calle mil veces transitada o la fachada de aquella casa de aquel amigo que conocí en aquel colegio. Sacando fotografías con un solo pestañeo de estampas que, por haber estado siempre adornando los caminos de nuestras prisas, pasan desapercibidas. Y es que se descubren detalles fabulosos, historias tal vez, parándose un segundo a mirar, en lugar de simplemente ver.
Ese árbol, por ejemplo. Haciendo el esfuerzo que siempre supone el recordar, puedo verlo a través de mi infancia. Primero como un gigantesco guardián diurno de la finca donde vivía; después como el monstruo nocturno de brazos sombríos que amenazaba con retorcerme el sueño a través de la ventana.
¿Y las personas? También hay muchas que han pasado y pasarán desapercibidas, a pesar de que respiren o se enamoren a sólo poca distancia de donde dicen que vivo. Tal vez un día, con suerte, el perfume de aquella señora o el empujón de un vecino cualquiera hagan que me gire y, por un segundo, caeré en la cuenta de la existencia de esa gente para, un segundo después, devolverlos al rincón de la memoria donde guardo las caras sin nombre.
Es inevitable ir de un lado para otro con la mirada fija en nuestros pensamientos y en aquello que los impide, los cambia o los motiva pero, aún así, hay días que me gusta deambular como un recién llegado a un aeropuerto remoto. Y es que, quizás, la mejor forma de comprender nuestro mundo sea, de vez en cuando, recordar, observar, catalogar, sentir, conocer los paisajes y los individuos que habitan ese otro mundo, el más cercano, el hecho a escala, el que empieza cuando caminas por cualquier calle.



contemplando el infinito dijo
Muy bonita reflexión. Saludos
Marycharo
29 Junio 2006 | 11:44 PM