Paseando
Cada vez que paseo por entre las callejuelas antiguas de algún casco urbano, o de algún pueblo refugiado del asfalto, me cuesta evitar recrear en mi imaginación cómo debió ser un día cualquiera de ese lugar, allá cuando los cimientos de la ciudad olían a fresco y los caminos de tierra en los pueblos no eran extraños.
Pero si hay algo que me atraiga más que callejear entre barrios históricos es tropezarme con algún anciano que envejeció a la par que las baldosas centenarias de las casas ahora museos. Me gusta intentar entender qué es lo que pueden sentir cuando ven crecer edificios en contra de la lógica, carreteras que se extienden como alfombras para no poder tocar el suelo o coches aparcados a las puertas de cualquier sitio, como zapatos en el recibidor de alguna casa japonesa.
Probablemente cuando ya no me queden páginas en la agenda en donde anotar metas vitales y los treinta y uno de diciembre me sepan a recibos de hipoteca pendientes, comprenderé lo que se siente al ver a mis nietos corretear por un presente que ayer fue mi futuro.



locaporlaluna dijo
Debe tener sabor a bonito, a nostalgia dulce, de lo contrario la vida de un anciano es un completo no-estar.
Ojalá podamos descubrirlo algún día, si es que todavía tenemos tinta en la sangre...
besos
6 Septiembre 2006 | 04:13 AM