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La Coctelera

aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

18 Enero 2009

La cuarta planta

Me llamo Ana García López, soy enfermera de la Clínica del Buen Señor y escribo esta carta desde el vestuario de la cuarta planta, para que quién encuentre mi cuerpo, sepa la verdad.

No me atrevo a abrir la puerta porque ni aún teniéndola cerrada, dejo de oír los pasos por el pasillo. Sabe que he vuelto otra vez a entrar y que estoy decidida a aceptar su invitación. Esta noche no me he atrevido a mirarla de frente, pero sé que es ella, la misma mujer que vi aquella madrugada, la misma que mis compañeros decían haber visto deambulando, justo cuando alguno de los enfermos de esta, hoy cerrada, planta de cuidados paliativos se disponían a morir. Desde hace dos años, cuando encontraron a mi compañero Oscar en este mismo vestuario, con las muñecas abiertas con un pedazo de espejo que el mismo rompió, la gerencia de la clínica decidió realojar a los pacientes en otras unidades y cerrar provisionalmente esta planta, haciéndose eco de los numerosos testimonios de compañeros que se negaban a trabajar aquí, sin querer decir porqué, probablemente por miedo a que los tacharan de locos o de charlatanes.

Aquella maldita noche no tenía porqué haber subido, pero el azar y mi escepticismo se aliaron haciendo que, al romperse el monitor del ordenador del office de enfermería, yo tuviese la estúpida idea de ir a buscar el monitor en desuso de la cuarta planta. Mis compañeros esa noche se miraron unos a otros y agacharon la cabeza. Yo reí con la intención de romper el silencio incómodo que se había creado pero también, ahora lo reconozco, para acallar las pulsaciones en aumento de mi pecho, inevitables después de haber escuchado tantas veces la historia de la monja, que así era como la llamaban.

El viejo ascensor parecía haberse contagiado del temblor de mis piernas. Por un momento sentí que me desmayaba. Al llegar a la cuarta planta, el largo pasillo que se abrió ante mí estaba iluminado a tramos por las luces de algunas habitaciones que parecían haberse quedado encendidas. Al fondo, podía reconocer el mostrador de información y el brillo del ansiado monitor. Intentando controlar el miedo, me decidí a acabar de una vez por todas aquel acto de valentía estéril y comencé a andar. De soslayo, comprobaba que las habitaciones parecían no tener signos de abandono, las camas hechas, alguna silla de ruedas asomando, todo iba bien hasta que cometí mi primer error. La luz del vestuario se colaba por la puerta entreabierta. No me pregunten porqué, quizás por la insana curiosidad de echar un vistazo a la última imagen que vio Óscar, empujé la puerta. En la pared del fondo había una hilera perfecta de espejos, al igual que en cualquier otro vestuario de la clínica, a excepción de que en este había uno al que le faltaba el trozo con el que mi compañero se cortó las venas. Cerré los ojos con fuerza para quitarme esa idea de la cabeza. Al abrirlos de nuevo me percaté, casi sin querer, que todas las taquillas de la pared de la derecha estaban cerradas, salvo una. Y aquí cometí mi segundo error. Camine los cinco pasos más largos de toda mi vida hasta llegar a la que estaba abierta. En su interior había una fotografía, vuelta del revés, con una frase y una fecha escrita a mano: “La gran familia del Buen Señor, juntos para siempre, 1957”. Al darle la vuelta, vi lo que venía siendo la típica fotografía de empresa que todos los años nos tomaban en las escaleras de entrada. En esta había un grupo numeroso de lo que yo identifiqué como médicos junto con personal uniformado que no conseguí asociar y todos ellos rodeados por un no menos numeroso grupo de religiosas. Y aquí cometí el tercer y último de mis errores. A la derecha de la estampa, entre dos monjas con el rostro difuminado por el paso del tiempo, estaba yo.

No pude controlarme, mi cerebro pedía calma pero mis piernas ya me habían llevado al ascensor. Pulsé frenéticamente el botón de llamada, sin atreverme a mirar hacia el claroscuro pasillo que estaba a mi espalda.

Temí no poder moverme cuando empecé a no sentir mis pies, cuando el aire que respiraba se me antojaba casi líquido. El ascensor se abrió, pero la alegría inicial rápidamente se tornó en el terror más estremecedor al que me había enfrentado. Mi imagen se reflejaba en la superficie acerada del fondo del elevador y detrás de mí, una multitud se acercaba. Me lancé dentro, no sé qué botón pulsé y me giré. Estaban allí quietos, mirándome, inmóviles, todos salvo la silueta más oscura, al frente de ellos. Ella me estaba invitando a acercarme.

Pasó una semana desde que Pedro me encontró inconsciente en el ascensor. Los médicos aún no me habían dado permiso para reincorporarme a mi puesto de trabajo, consideraban que debía seguir algún tiempo más intentando descansar. Después del incidente de la cuarta planta volví a recaer en el insomnio. Hacía unos dos años que no me ocurría, desde que mi padre falleció. En aquel momento lo consideré normal, después de todo era la única familia que me quedaba y tras tantos años encargada de su cuidado, mi rutinaria vida tuvo que reiniciarse a la fuerza. Pero este insomnio era distinto.

Cada vez que cerraba los ojos, veía esa figura invitándome a unirme a la multitud, a la familia. Las primeras noches me despertaba gritando y con el corazón en la garganta pero, con el pasar de los días, como si fuera perdiéndole el miedo a esa imagen, fui acercándome en sueños a esa mujer. Tanto que acabé vislumbrando su rostro. Un rostro que, lejos de asustarme y como si me olvidara por un instante de su naturaleza, me transmitía una sensación agradable, mezcla de familiaridad y hospitalidad, de comprensión y agradecimiento, como si esa mujer tuviera los ojos de mi padre.

Ayer me dí cuenta de todo. Óscar y yo compartíamos algo que nos hacía diferentes a los ojos de “la gran familia”. Ambos habíamos renunciado a una vida normal por cuidar a los nuestros, por eso nos habíamos convertido en enfermeros, por eso éramos especiales. Y Óscar se dio cuenta primero.

Hoy, aprovechando el cambio de turno de la tarde, he vuelto a subir a esta cuarta planta. No pude evitar correr y encerrarme en el vestuario, a pesar de estar decidida. Supieron que volví a entrar, oí sus pasos detrás de mí, escuché mi nombre entonado por tantas voces.

Dejo esta carta aquí para que, a quien le interese, conozca el porqué de lo que voy a hacer, el motivo por el cual he decidido reincorporarme para siempre a esta clínica. Ya es hora de abrir la puerta.

Este texto me fue publicado en el periódico "Diario de avisos" el viernes 5 de diciembre de 2008.

Tags: terror

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Qué alegría encontrar tu nombre de nuevo en portada, Aqueronte. He devorado el post con ojos de lectora que admira a su autor, y no me has defraudado. Gracias.

18 Enero 2009 | 03:05 PM

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

Has vuelto con una narración conmovedora y triste, pero de una gran belleza.
Un abrazo de bienvenida.

18 Enero 2009 | 06:23 PM

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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