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aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

17 Febrero 2009

Reflexiones sobre la belleza

Siempre que pienso acerca del cuerpo humano, el símil que primero me viene a la cabeza es el de una perfecta máquina, como si de una conjunción de ruedas dentadas, poleas y sistemas hidráulicos se tratase, funcionando rítmicamente, en pos, quizás, de lograr la más bella de las coreografías. Pero eso sí, con la salvedad de que para lograr tal propósito, la máquina debe poseer algo excepcional, tan excepcional como es, de hecho, tener un alma.

El cuerpo de Julieta era la definición viva de la belleza y cuando digo esto último, no me refiero a una definición abstracta del término. Lo bello, para mí claro está, se conforma de una suerte de detalles concretos, abundantes eso sí, pero concretos al fin y al cabo. Lo bello en definitiva, se diferencia de la fealdad, en que esos detalles se agrupan juntos en una misma persona y que, incluso, si nos lo propusiéramos y tuviésemos el criterio adiestrado, podríamos recolectarlos y separar esos detalles bellos de entre todos los demás componentes ordinarios de esa persona. Y fue este pensamiento el que, después del abandono de mi Julieta, me llevó a emprender esta cruzada.

Siempre intento que la primera puñalada sea justo en el corazón. Así puedes evitar que la señorita en este caso, presa de un comprensible pánico y desconocedora, por supuesto, del fin último de mi intención, empiece a proferir gritos de auxilio que pueden dar al traste con todo el trabajo que me supuso convencerla para que accediera a entrar en mi casa. Esta joven, María creo recordar, tenía unos brazos realmente elegantes. Desde el extremo de sus dedos índice hasta la cabeza del humero, que es ahí donde realicé la sección. Sus hombros ya eran más bien ordinarios, comunes, aparte de que el tronco del cuerpo de mi nueva Julieta lo había conseguido unas semanas antes. Su dueña había sido una pobre chica de la cual no recuerdo su nombre. Y digo esto de pobre porque, para mí, no merece otro calificativo alguien que poseedora de un busto tan simétrico y de un abdomen tan perfilado, no hubiese sido consciente durante su vida de la belleza que poseía. Tuve que guardar para este caso el puñal y decantarme por una cuerda de nylon, eso si, tomando las precauciones necesarias para colocarla justo debajo de la barbilla. Unos centímetros más abajo hubiese estropeado aquel cuello hecho como a cincel.

Las piernas las obtuve de mi amiga Esther. En esta ocasión admito que sentí algo parecido a la lástima, no, corrijo, fue más bien indecisión. Se quiera o no, como cualquier ser humano, por medio de la interacción con otras personas, se va creando una falsa sensación de apego o empatía que, en estos casos, hacen que mi empresa se torne más compleja. Pero si hay algo que me caracteriza es la de llevar mis decisiones a término. Así que aparcando mis dudas a un lado, la apuñalé certeramente en el corazón, deseando que la vida se le extinguiera rápidamente, sobre todo para que el porqué que se dibujaba en sus ojos no siguiera esperando contestación.

Anoche no pude dormir. Coloqué los brazos de María en el congelador, junto con el resto de mi nueva Julieta y me obligué a posponer la resolución del puzzle hasta la mañana siguiente. Cuando abrí el arcón en el sótano no pude si no exhalar un suspiro de alivio y juraría que se me humedecieron los ojos al contemplar aquella ecuación de belleza, aquel collage divino. Los lectores más suspicaces habrán caído en la cuenta de que falta una pieza. Pero no es cierto. Acaso, en mi empeño de recrear a mi bella Julieta, ¿hubiese alguien osado a ponerle otro rostro que no fuera el de ella? Claro que no. Su cara, su perfecta cara, tan solo puede ya reproducirse en mi memoria, o con suerte, volver a disfrutar de sus facciones de ángel algún día que nos crucemos por la calle, hasta que Dios y sólo Dios decida cuando deba morir. Mientras, cuando su presencia me sea denegada, disfrutaré evocando aquel perfecto cuerpo observando la reproducción a escala que guardo en mi congelador.

Publicado en Diario de Avisos

Tags: belleza

servido por aqueronte 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

No hay paradojas. Al fin y a la postre, es una forma como otra cualquiera de buscar la belleza definitiva, como cuando escribes poesía.
Me ha gustado tu narración.
Un abrazo

18 Febrero 2009 | 06:30 PM

mo24590

mo24590 dijo

... Interesante...
Peor aún en el terreno psicológico: Sumatorio de A+B+Amigo del 5º+etc= felicidad

8 Mayo 2009 | 02:07 PM

karen

karen dijo

Hola
chavas si quieren consejos para su cuidado personal y tienen facebook
agregen a pantene
http://bit.ly/facebookpantene
diario pone muchos post diferente y muy interesante
adios

13 Enero 2010 | 04:31 PM

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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