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La Coctelera

aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

6 Abril 2009

Cenizas

Aquel día todavía no me podía hacer a la idea de lo que mis ojos me decían. Hacía apenas una semana estaba sentado en este mismo sitio planeando nuestras vacaciones y ahora la tenía enfrente, dentro de una urna convertida en cenizas. Por más que buscara una respuesta no encontraba la razón de porqué salió del laboratorio antes de su hora y de porqué no se me ocurrió recargar la batería de mi móvil esa mañana, como si de haber contestado a su llamada aún seguiría viva.

Los médicos me diagnosticaron estrés postraumático. Unos días de baja y un ansiolítico cada mañana para esas alucinaciones tan normales en casos como el mío. Pero lo cierto es que, con ansiolíticos primero y sin ellos después, mis alucinaciones seguían apareciendo. Al principio hasta yo mismo creí que haberme quedado con sus cenizas no había sido una buena idea. Intentaba no pasar mucho por delante de la urna, hasta la cambié de sitio para no tener que verla sólo desde algunos ángulos. Pero como se sabe, una vez germina la semilla del miedo, no basta con ignorarlo. Y así, como si de un plan diseñado por alguien, cada noche, a eso de las tres, me despertaba un fuerte olor a quemado. No duraba más de un minuto, pero siempre a la misma hora. Así que, implorando su perdón mientras, acomodé un lugar para la urna en una repisa del sótano. La culpabilidad que me provocó este acto tan egoísta pronto se apaciguó al comprobar que el incidente del olor a quemado no se produjo más. Pero tan pronto había desaparecido este de escena apareció otro terriblemente más ineludible para mis sentidos. Comenzó una mañana, cuando al regresar de la ducha a mi habitación la vi sentada, de espaldas a mí, en el borde de la cama. Tenía la cabeza inclinada sobre el papel que sostenían sus pálidas manos. Y estaba llorando. Recuerdo que cerré los ojos y al abrirlos ya no estaba allí.

Aquella mañana no había sido más que el principio de muchas otras apariciones. De poco sirvió empezar a dormir en la habitación de al lado porque la escena cambiaba de lugar tan pronto como yo intentara ignorarlo. Bastaba con entrar a casa para sentir el frío que anunciaba la visita de mi mujer, quedarme congelado mientras de soslayo vislumbraba como se iba formando su figura para desaparecer en el momento en que me decidía a mirarla.

La lógica en estos casos no me era de gran utilidad, pero cuando mis opciones se redujeron a volverme loco o huir lejos, decidí sentarme a pensar, mientas me acomodaba en el rincón de la habitación pequeña, con la espalda en la pared y la vista en la puerta cerrada. Asumir que mi fantasma era el eco de la vida que mi esposa dejó entre estas cuatro paredes carecía de sentido, dentro del poco que tiene ya de por sí. Sólo la veía, casi nunca directamente, sentada y leyendo aquel papel. Aquel papel, pensé, y me pareció que la respuesta había estado siempre delante. Tenía que encontrar lo que decía aquel folio.

En el trabajo de mi mujer se cerraron en banda a darme ningún tipo de información sobre qué estaba haciendo antes de marcharse. Decían que ya habían hecho todo lo que estaba a su alcance cuando me entregaron sus pertenencias. Ni siquiera accedieron a decirme quién estaba trabajando junto a ella en aquella mañana. Decidido como estaba de hacer todo lo que estuviera en mis manos, me parapeté en la puerta de entrada, a sabiendas de que el cambio de turno estaba cerca.

Sus compañeros, cada vez que los asaltaba con mis preguntas, aceleraban el paso y negaban con la cabeza. Pero mi esfuerzo ese día había servido para algo. Una mujer salió de dentro, temerosa quizás de estar dando crédito a un desequilibrado, y, nerviosa, me dijo que todo lo que sabía era que se había marchado deprisa porque tenía que hablar conmigo de algo que había llegado por fax. Me invadió otra vez la sensación de no haber sido más inteligente. Si llevaba algo debía de haberse quedado en el coche después del accidente.

Con el corazón desbocado, me dirigí al desguace donde habían llevado el automóvil. Después de rogar literalmente al encargado, este accedió a guiarme hasta el. Toda la parte delantera estaba destrozada y se veía que habían empezado a desmontar aquellas piezas que aún eran útiles. Me deslicé en el interior como pude y me invadió un frío seco que me cortaba la respiración y guiado no sé porque impulso metí la mano debajo del asiento. Allí estaba el papel. Después de leerlo, recuerdo haber suplicado que llamasen a una ambulancia antes de desmayarme.

Las apariciones no volvieron a producirse, al menos en esta habitación de hospital. Y en mi casa supongo que tampoco. Pero eso no lo podré saber ya. Lo que sí sé es que, digan lo que digan, los muertos no se van del todo y no me refiero solo a que quedan en nuestras memorias. Mi mujer siempre tuvo una actitud maternal conmigo, algo que le recriminé sin efecto hasta la saciedad. Sin efecto digo porque hasta los datos de contacto que me pidieron en mi último chequeo médico, los cambió para poner su número de móvil y el fax de su trabajo. Y se empeñó en protegerme avisándome aun estando muerta. Al final, por mirar hacia otro lado y confiar en la lógica, perdí un valioso tiempo que me hubiese salvado. Un tumor cerebral se ha apropiado de mi cerebro y pronto me dejará en coma. Tengo lo que merezco.

Tercer cuento publicado en Diario de Avisos

Tags: cenizas

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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