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La Coctelera

aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

18 Abril 2009

Un faro en la noche

Cuando llegamos a aquella casa, no pude comprenderme cuando decía que prefería seguir viviendo en mi piso de la ciudad. Era el lugar perfecto para que nuestra hija Marta creciera, ahora que iba a empezar el colegio. Durante los últimos años, mi tía Rosa se había encargado de su mantenimiento y vaya que sí lo hizo. Parecía que el tiempo no había pasado por allí. Estaba claro que necesita una actualización en cuanto a mobiliario pero las condiciones en general eran más que dignas. Tal había sido el empeño que había manifestado en su conservación que ni siquiera había vaciado los armarios. Esa fue la primera tarea que hice junto con mi hija. Empezamos por la habitación del abuelo. Marta no lo había conocido, ella nació un par de meses después de que él falleciera en la residencia donde lo habíamos ingresado, por eso quizás, estaba encantada en ayudarme a guardar todas sus cosas, intentando imaginarse como era él a través de sus pertenencias. De hecho, entre ellas, decidió quedarse con una vieja armónica que encontró en uno de los cajones.

Roberto, mi marido, trabajaba esa noche, como de costumbre, en el centro comercial de vigilante. Cada vez que dormía fuera me costaba dormirme y más aún en aquella nueva habitación. Pero esa noche, quizás por el cansancio de los días de mudanza, caí rendida al instante.

Sobre las cuatro de la mañana me desperté súbitamente. Marta se había puesto a tocar la armónica en su habitación. Cuando encendí la luz dispuesta a recriminarle su chiquillería, la vi de pie, mirando a una esquina y hablando en voz baja, en un tono confidencial.- ¿Qué haces Marta?- Le pregunté con intención de asustarla.-Lo siento mamá, ¿te he despertado?, estaba enseñándole la armónica a Pedro- me dijo señalando a la pared.

-Ya habíamos hablado de eso hija, y me dijiste que Pedro se había quedado en la otra casa- le dije mientras la empujaba hacia la cama.

-Lo sé mamá, pero este Pedro no es el mismo Pedro.

-Déjate de historias, y ahora a dormir, mañana ya hablaremos de esto con tu padre.

-Buenas noches mamá y Pedro dice que duermas como un lirón.

Me quedé paralizada en el quicio de la puerta, era imposible que ella supiese que eso mismo me decía su abuelo antes de dormir cuando yo era pequeña. ¿Quizás yo se lo había contado? No quise darle más vueltas y me dispuse a dormir. Pero no pude.

A la mañana siguiente no podía quitarme esa frase de la cabeza. De lo que estaba segura era que no se lo iba a contar a mi marido. Sabía como se ponía cuando oía hablar de “supercherías” como las llamaba él. Pero tenía que desahogarme con alguien, así que, casi sin venir a cuento, se lo conté a María, la señora que contratamos para que nos ayudara cuando nació mi hija. No fue una buena idea pensé luego, porque lejos de tranquilizarme, me dijo que había sido error dejar que la niña se quedara con la armónica, que los niños resplandecen como soles para las almas que no tienen descanso.

Todo fue de mal en peor. Esa misma madrugada se repitió la escena de la noche anterior. Esta vez estaba despierta y casi como si lo hubiese planeado, me dirigí a la habitación y le quité la armónica sin mediar palabra.

Marta se echo a llorar. Me sentí mal, pero al fin y al cabo, lo que quería era desprenderme de aquella armónica y olvidarlo todo. De camino a mi habitación, la puerta se cerró justo cuando me disponía a entrar. Mis intentos de controlarme se fueron al traste cuando comprobé que la puerta se había cerrado por dentro. Corrí hacía la habitación de mi hija, pero ocurrió lo mismo. Oí los gritos de Marta desde dentro – ¡Mamá, ¿qué pasa?- me decía llorando. –nada hija, no te muevas de ahí- intentaba tranquilizarla mientras golpeaba la puerta. De pronto sentí como me tiraban del pelo hacía atrás. Había alguien que no quería que me acercara a la habitación de mi hija. No sabía qué hacer, tenía la necesidad de salir corriendo de allí, alejarme cuanto pudiese. Cogí el teléfono inalámbrico del principio del pasillo y me senté con la espalda apoyada en la pared. Se oían golpes por toda la casa. Llamé a María, no sé porqué, pero fue la primera en la que pensé. –Tranquila- me dijo- traeré ayuda.

Habían pasado los quince minutos más largos de mi vida cuando llamó a la puerta. La situación se había agravado. Los gritos de Marta eran insoportables, lloraba diciendo que no la dejaban salir. Había intentado otra vez abrir la puerta, pero el resultado había sido el mismo, me empujaban hacia atrás. Bajé corriendo a abrir a María. No me había dado cuenta del frío que hacía en la casa hasta que vi el vaho de su respiración. Venía acompañada por su marido, el cual sin hacer presentaciones casi, subió directamente al piso de arriba.¿Qué clase de ayuda era esta?

- Quédate aquí- me dijo María agarrándome el brazo. El hombre no había llegado aún al piso de arriba cuando los gritos de mi hija se agudizaron. -¿qué está pasando? Le pregunté a María que me sujetaba con fuerza – es mejor que no lo sepas- me contestó.

De pronto se hizo el silencio y Marta bajó las escaleras corriendo para abrazarme. ¿Qué ha pasado? Le pregunte, pero ella no hacía otra cosa que temblar. -¿Dónde está tu marido María? –Él está acabando, no será más de un momento-me contestó serenamente.- ¿qué está haciendo? -le dije.-Eso no importa-me contestó.

Por fin apareció. Se quedó parado frente a nosotras y me quitó de las manos la armónica. Sin decir nada, se fue al coche y regresó con una vela blanca. Me la puso en la mano y me dijo - ¿no hay ninguna posibilidad de que os marchéis de aquí?- apenas llevamos un mes- atiné a contestarle. Entonces cogió mi mano y me puso la vela. – esta vela a partir de ahora siempre debe estar encendida, tanto de noche como de día. Lo creas o no, mientras en esta casa haya una luz, ellos no volverán a molestar a tu hija. –me dijo. – un momento, ¿ellos? Le dije asustada. –Sí- me contestó-ellos necesitan de una luz que los caliente en su eterna oscuridad, y mientras no la tengan, los ojos de tu hija brillaran como un faro en la noche.

Desde ese momento, intenté borrar aquella escena de mi cabeza. Había vivido algo que iba en contra de mi lógica y de mis creencias. Lo olvidé todo menos de asegurarme que la vela nunca se apagara.

Publicado el 17 de abril en Diario de Avisos

 

Tags: noche, cuento

servido por aqueronte 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

operadoor

operadoor dijo

Woow! Qué buen cuento! Felicidades!

18 Abril 2009 | 06:04 PM

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

De nuevo, un verdadero placer leerte.
Saludos.

19 Abril 2009 | 07:31 PM

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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