Pacto entre caballeros
La primera vez que vi a aquel hombre fue en el velatorio de mi esposa. Estaba absorto contemplando el ataúd a través del cristal, intentando imaginarse, supuse, averiguar el motivo último que la condujo a hacer lo que hizo. No fue hasta la semana siguiente cuando lo encontré, de nuevo, esperándome en el portal del edificio donde vivía. Me pareció que iba vestido de la misma forma que en el funeral. En aquel momento pasaba desapercibido entre la gente pero, ahora, el negro absoluto de sus ropas le conferían un aura siniestra. Sin presentarse antes, me preguntó que cómo estaba Andrea, mi hija de seis meses. Yo, sin pensar siquiera que no tenía porqué contarle a un desconocido los entresijos de mi vida, le contesté que estaba pasando una temporada con mi madre y que vendría mañana. No había acabado la frase aún cuando, interrumpiéndome, se atrevió a decirme que era demasiada responsabilidad para mí y que, sin duda, echaría en falta tener al lado a mi mujer. Yo, bastante molesto con esa falta de consideración, me dirigí hacia mi coche sin contestarle, pero él, agarrándome por el hombro, me giró y me ofreció devolverme a mi esposa a cambio de un apretón de manos. En aquel momento dudé entre empujarle y pedirle que me dejara tranquilo de una vez o aceptar lo que me ofrecía pensando que quizás así aquel hombre se marcharía por donde había venido. Y le dí la mano.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las siete como siempre. Aún con la luz apagada, me senté en el borde de la cama y tanteé la mesilla de noche en busca de mis gafas. Por debajo de la puerta del dormitorio se colaba un brillo tenue que, como me había ocurrido otras veces, atribuí a haberme dejado la luz del baño encendida. No pude ahogar un grito de terror cuando contemplé a María, mi mujer, peinándose frente al espejo. – No podía dormir- me dijo sin mirarme. Me acerqué a ella como quien ve a una aparición y la abracé tan fuerte como pude, hasta convencerme que era real. - ¿Quieres que te prepare el desayuno?- Me preguntó sin inmutarse. – No, no, te lo prepararé yo a ti, tú vente conmigo a la cocina y siéntate-. No me atreví a romper aquel escenario con preguntas, ella parecía no recordar nada de lo sucedido y yo no era el que iba a decirle nada. Mientras preparaba el desayuno, ella permaneció todo el tiempo mirando fijamente la pared. Sólo cuando puse la comida en su plato reaccionó y devoró literalmente su contenido. - ¿Quieres acostarte un rato?- le pregunté mientras recogía la mesa. – Haré lo que tú hagas- me contestó. Su forma de comportarse no era en absoluto el normal en ella, pero estaba claro que la prefería extraña y viva que a una fotografía en una lápida y muerta.
Estábamos tumbados en la cama cuando sonó el timbre. Había olvidado por completo que mi madre vendría a dejarme a Andrea. Me levanté y le dije a María que se quedara tumbada y que no hiciera ruido. Pero ella se levantó y comenzó a seguirme. La retuve y la ayudé a acostarse otra vez y desconfiando de que se quedara tumbada, pasé el cerrojo de la puerta del dormitorio al salir.
-Mira a quién tenemos a aquí- dije con mi hija en brazos a mi mujer. Ella se limitó a quitármela y acostarla en la cuna. -Tiene que dormir- dijo. Acto seguido se quedó parada frente a mí como esperando una orden. El día pasó rápido. Ella siguió con ese comportamiento extraño, siguiéndome por la casa a donde quiera que yo fuese y comiendo con un apetito desmesurado. Hasta que de madrugada me despertaron unos ruidos desde la cocina. Había vaciado por completo la nevera y los armarios. El suelo estaba lleno de envoltorios y desperdicios. Ella se afanaba en apurar hasta la última gota de una botella de leche. Como había hecho desde el principio, en cuanto me vio se levantó y se quedo quieta frente a mí. Aquella situación se me estaba yendo de las manos.
Por la mañana, me aseguré de encerrarla, como había hecho el día anterior, en el dormitorio. Me ocupé de las necesidades de Andrea y la dejé durmiendo. Yo me dispuse a comprar comida suficiente como para apaciguar el hambre de mi mujer. Aquello fue un gran error, como me pude dar cuenta después. Al llegar al piso me encontré a María esperándome en el recibidor. Había logrado salir de la habitación. Tenía mal aspecto. Estaba pálida y la comisura de los labios manchada de sangre. En unas de las manos tenía el peluche preferido de Andrea. Los segundos que tardé hasta llegar a la cuna se hicieron eternos. Mi hija estaba muerta. No me atreví siquiera a tocarla. Tenía su pequeño cuerpo desgarrado, con sus extremidades deformadas, fracturadas a cada centímetro. Al darme la vuelta vi a aquel hombre vestido de negro. Me quede bloqueado al no saber qué hacer. Tenía tantas ganas de salir corriendo como de matar a aquel siniestro individuo. – He cumplido mi promesa, te he devuelto a tu mujer- me dijo como anticipándose a mis recriminaciones. - ¿Quién eres? Atiné a decirle. - Eso me parece que ha quedado claro, estoy aquí para ofrecerte otro trato- me dijo en un tono relajado, diría que hasta amigable. – Hoy me siento generoso - Prosiguió- ¿Quieres que te devuelva a tu hija?- Me levanté y me acerque a él. –Tú no me devolviste a mi mujer, ¿pretendes que te crea ahora?- le dije a un palmo de su cara.- Claro que te devolví a tu mujer, acaso no la ves aquí, otra cosa es que ahora no tenga alma. ¿Crees acaso que te iba a salir gratis?- sentenció. Salí corriendo de la habitación y casi de forma automática, cogí un cuchillo de la cocina. Al darme la vuelta, mi mujer estaba allí mirándome. Vi al hombre del traje oscuro cruzar por detrás y marcharse. – Creo que ya has tomado una decisión, pobre infeliz- dijo mientras se iba. María se mostraba ahora ante mí como la recordaba, sin rastro de sangre en su boca o palidez en su rostro. En vez de la inexpresividad que venía demostrando estos días, ahora tenía cara de pánico e intentaba quitarme el cuchillo de las manos. -¿Qué estás haciendo?, ¿Qué te pasa?- me gritaba. Pero yo sabía que estaba actuando. Esa vez no iba a caer otra vez en la trampa del demonio.
Quinto cuento publicado en Diario de Avisos


