Las almas oscuras
Mi tío se ganaba la vida haciendo pequeñas obras o reparaciones que los vecinos del pueblo le encargaban, pero si por algo era conocido era por esa otra profesión que ejercía en sus ratos libres y que al morir, heredé yo. En su casa, al lado de la cocina, Rafael que así se llamaba, había colocado su despacho personal, donde los lugareños venían a hacer sus consultas, casi siempre relacionas con la muerte de algún familiar, tales como objetos que se movían, golpes en las paredes o lastimeras voces. La mayoría de ocasiones, como luego me explicó, esos problemas tenían una explicación más relacionada con el peso de la conciencia de los vivos que con asuntos del más allá. Se solían resolver haciendo que los preocupados clientes encargaran un número determinado de misas por el alma del fallecido o, en los casos más complicados, una visita a la casa en cuestión y recitar algunas oraciones.Y en efecto, casi todas las visitas que empecé a atender se solucionaban de esa manera. Hasta que un día, por la puerta de mi despacho volvió a entrar Fernando.
Hacía pocos años que, junto a su familia, se había mudado al pueblo desde uno colindante. La última vez que acudió a mí fue para preguntarme acerca de su hijo. Matías era un niño de seis años, creo recordar, que una mañana, empezó a comportarse de una manera extraña. Al principio, me contó su padre, mientras desayunaba se quedó congelado, con la mirada perdida y sin responder a ningún estímulo. Sólo duraba un minuto como máximo, pero con el pasar de los días, esos episodios se iban reproduciendo a cualquier hora y cada vez más tiempo. Mi respuesta fue, aplicando los conocimientos que me había transmitido mi tío en casos con niños como protagonistas, limitarme a practicar un ritual con una foto y una oración al ángel de la guarda. Este método solía funcionar, al igual que con las consultas sobre algún finado, porque calmaba la ansiedad de unos padres desconcertados ante un extraño comportamiento infantil, inusual quizás, pero infantil al fin y al cabo. Sólo cuando Fernando volvió a entrar a mi despacho supe que no sólo no había funcionado sino que se había agravado hasta el punto de que ahora el pequeño Matías yacía postrado en una cama. Hasta alguien como yo sabía que en situaciones como aquella era mejor retirarse y encomendarse, aparte de a los santos, al médico de turno, pero el padre no había contado todo. El niño, cuando se le realizaban preguntas, contestaba únicamente a algunas, pero de una manera que no era natural. No me quiso dar más detalles así que me dispuse a ir hasta su casa. En efecto, Matías estaba metido en la cama, con una expresión vacía, ajeno al movimiento a su alrededor. Me senté a su lado y me acerqué a su cara. Fue en ese momento cuando comprendí que su padre hubiese ido a buscarme. De la garganta, porque sus labios no se movieron, salió un ruido, más que una voz, que pronunció mi nombre. Salí de la habitación realmente asustado y le dí la excusa a la familia de que debía volver a mi despacho para estudiar bien el caso. Estaba aterrorizado por el hecho inconcebible de que ese niño me conociera y por la espantosa voz que no lograba sacar de mi cabeza. Ya en la soledad de mi casa, deseé que mi tío estuviese vivo para ayudarme pero visto la imposibilidad de mi deseo, decidí sumergirme en la biblioteca que de él había heredado. Pasé toda la noche despierto, consultando todos los libros que pude, hasta que me topé con el códice de San Hipólito de León. Había un dibujo que representaba un velatorio y como del ataúd emergía una sombra que tiraba de la mano de uno de los familiares allí presentes. Tiraba de la mano del único niño que allí había representado. En esa misma página relataba los peligros de llevar un niño a un funeral y de cómo sus almas limpias atraían a los muertos oscuros.
Ya en la habitación del niño, su padre recordó como éste lo había seguido a escondidas durante el entierro de un vecino del pueblo. Todo parecía encajar con las explicaciones del libro así que me centré en detallarle como podíamos liberar a su hijo de ese muerto sobre sus espaldas. Pero antes de acabar mi primera frase, el pequeño Matías se abalanzó sobre mí, profiriendo espantosos gritos con aquella voz sobrenatural. Necesitamos de la ayuda de todos los familiares presentes en la casa para poder reducirlo. Le dimos la vuelta y, con un puñado de cenizas de la chimenea, le dibujé una cruz en la espalda. Seguidamente hice lo mismo con todos los presentes y conmigo mismo. Debíamos regresar al cementerio y debíamos estar protegidos.
La imagen era aterradora. La poca gente que quedaba a esa hora, quizás porque me conocían, accedieron a marcharse sin rechistar cuando le expliqué que no podía seguir allí. Una vez vacío el campo santo, aparte de los dos tíos del niño, su padre y yo, buscamos la tumba del fallecido a cuyo entierro acudió Matías. Estaba a unos pocos metros, fácil de reconocer por la cantidad de coronas de flores que se podrían sobre un alargado montículo de tierra, encima del cual sujetamos al niño, cada vez más violento. Puse una palangana de agua con colonia a mis pies y la rodeé con una cinta blanca, tabaco y una cruz. No había terminado aún la oración cuando observamos como un líquido grisáceo iba empapando la camisa del niño. Al levantársela, ocurrió algo más estremecedor si cabe. Aquel líquido, de aspecto putrefacto, salía del ombligo del pequeño Matías. Parecía tener vida propia; se levantaba unos centímetros sobre el vientre y se aproximaba unos segundos, por turnos, a cada uno de los presentes. Yo proseguí con el ritual y justo en el preciso momento en que pronuncié la última palabra, aquel ente, si se me permite llamarlo así, salió por completo del cuerpo del niño para de un salto, introducirse en la tierra que tapaba la tumba. Fernando agarró a su súbitamente recuperado hijo y, juntos, salimos corriendo de allí, como alma que lleva el diablo.
Publicado el 12 de junio de 2009 en Diario de Avisos



Ada dijo
Hola Jorge, que sorpresa más agradable leerteeeeee de nuevo. Estaba eliminando pag. en mis favoritos y vi tu blog, - tu desaparición repentina-, me hizo no entrar en mucho tiempo.........ha sido un verdadero placer el reencuentro, espero te acuerdes de mi.
Salud querido, gracias por el retorno.
22 Septiembre 2009 | 10:58 PM