El Salto
Los cinco pisos pasaban más lentamente de lo que había imaginado. Siempre pensé que una vez hubiera reunido el valor para saltar, el camino hasta el suelo sería cuestión de apenas unos segundos y que el impacto con la acera me sumiría en la nada que anhelaba. Pero nada más lejos de la realidad. Puedo afirmar que el tiempo se ralentizó de tal manera que fui consciente de un nivel de detalle como nunca antes había experimentado. Pude contar cada uno de los balcones que fui viendo en mi caída, fijándome en el esmerado orden con el que estaban colocados los bonsáis del vecino del cuarto, en cómo, Luisa, la del tercero, se había reconciliado con su marido al ver la ropa de éste en el tendedero o de que Arturo, el presidente de la comunidad, seguía fumando a escondidas de su mujer. Esos detalles cotidianos de la intimidad de mis vecinos, que sólo pudieron ser violados desde la perspectiva en caída libre que disponía, admito que provocaron en mí un amago de arrepentimiento. Lo siguiente fue una luz cegadora.
Ver cómo algunas madres tapaban los ojos a sus hijos al pasar por la acera de enfrente o a vecinos de otros edificios colindantes, que no me conocían en absoluto, palidecer de espanto al verme allí tirado, me hicieron sentir una vergüenza horrible. Me dieron ganas de coger cualquier cosa para taparme de tantas miradas indiscretas, que se preguntaban, quizás, qué era lo que se me había pasado por la cabeza para hacer lo que hice. Lo más triste era precisamente eso. Mi incapacidad para contestar ahora a esa pregunta. Todos los motivos que me quemaban la conciencia cinco pisos más arriba, estaban ahora igual de fríos e inertes que yo ahora.
En un sentido figurado, Marta también había caído conmigo. Verla con el gesto serio y la mirada perdida ante aquel ataúd con mi caricatura, despertaba en mí el deseo de abrazarla, de gritar ante todas aquellas personas que en realidad estaba allí y que sentía mucho lo que había hecho. Pero el tiempo en esta dimensión no se rige por las leyes naturales de los vivos y, en tan solo un suspiro, me encontraba en la que había sido mi casa, sin rastro de mi mujer. Esta soledad que al principio me intranquilizaba pronto se convirtió en agradecida, puesto que lo que me esperaba fuera era más bien insoportable. Las calles, las avenidas, los parques y cualquier espacio abierto en general, eran un desfile de vivos y muertos como yo. Tanto unos como otros iban y venían ensimismados en sus propios asuntos; unos preocupados quizás por resolver problemas eventuales, otros, los de mi clase, desquiciados por no encontrar la forma de volver a la vida.
Casi siempre era imposible comunicarse con cualquier otro en mi situación, a lo sumo, te evadían o te atravesaban irritados por tu atrevimiento. Había, sin embargo, otros que te abordaban preguntándote por algún familiar o te suplicaban que hicieras algo para aliviarles el dolor que sentían. Por todos lados se oían gritos de desesperación, lamentos o preguntas al viento. ¿Debía ser esto el infierno?
Y al regresar a mi casa, lo mismo de siempre. Silencio. Recuerdo buscar a Marta en casa de su familia, de sus amigos o incluso en su trabajo. Anhelaba sentir su calor en un abrazo o en un beso. Pero no había rastro de ella.
¿Existiría el cielo? Quizás no exista, pensaba, que la única recompensa de los espíritus en pena como yo, era simplemente que este tormento desapareciese, diluirme sin más en la profundidad del tiempo. El cómo hacerlo era la cuestión.
En una ocasión, deambulando por cualquier sitio, decidí acudir a donde mi cuerpo estaba sepultado con la vaga ilusión de conseguir ver a algún familiar o incluso a Marta. Es una obviedad decir que se siente una sensación de enorme tristeza al contemplar tu nombre en una lápida. Me invadieron unas terribles ganas de gritar, como si el tren de la vida te hubiese dejado atrás cuando más prisa tenías por subir. Detrás de mí oí como alguien se reía a carcajadas. Aníbal, que así se presentó, tenía el aspecto de algunas almas con las que me había cruzado, con las extremidades borrosas y una cara más bien inexpresiva. Él mismo me explicó que cuantos más años lleves vagando por esta realidad, menos definición tiene tu figura. Incluso, me siguió explicando que los hay que no son más que una sombra, imperceptibles incluso para los ojos de los muertos como nosotros. Se burló de la forma en la que había dejado el mundo de los vivos auque luego me dijo que sentías lástima por mí. A modo de sentencia, finalizó la charla advirtiéndome de que, poco a poco, tendría que ir olvidando todo lo que dejé atrás, qué esa era la única forma de no convertirme en uno de tantos espectros que andan sollozando por las esquinas o pegados constantemente a sus parientes vivos. Si quería que esto terminase, tenía que perder toda la esperanza que aún me quedaba. Me entristeció aún más que ese mensaje, el hecho de intuir que él llevaba muchísimo más tiempo que yo intentándolo y todavía no lo había conseguido.
Al regresar a casa noté que alguien había estado allí. Es más, parecía que en vez de unas horas, había estado semanas o incluso meses fuera. Algunos muebles habían cambiado, el color de las paredes tampoco era el mismo. ¿Era posible que me hubiese equivocado de puerta? No, era imposible. Entonces, ¿estaría Marta aquí? En el dormitorio, tendida sobre la cama, la vi al fin. No puedo describir el deseo de abrazarla que sentí, después de tantos días, semanas o meses, ya no lo sabía. Pero una nube de amargura se posó de pronto sobre mi alegría. Esto era en efecto el infierno, pensé. Condenado a no poder sentir su piel nunca más, a no estremecerme con sus besos, a ir muriendo, otra vez, de tristeza.
Hasta que ella abrió los ojos y los posó en los míos. Sonrió y me dijo:
- Perdona por haberte hecho esperar.
Publicado el 13 de Noviembre en Diario de Avisos
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jotatrujillo dijo
Magnifica narración, propia de un autor consagrado. Gracias por traerla hasta aquí.
Un abrazo.
16 Noviembre 2009 | 05:34 PM