Publicidad:
Terra
La Coctelera

Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

2 Abril 2010

Habitación 132

         El plan era sencillo: Saldría del aeropuerto en dirección a la reunión, expondría mi balance de ventas, escucharía la perorata de nuestro director y con suerte, estaría en mi casa justo a tiempo para sentarme frente al televisor y ver la final del campeonato. Pero no contaba con la niebla. Mi vuelo pasó de estar retrasado en unas horas a cancelarse hasta la tarde del día siguiente.

La tecnología, para variar, salió entonces a mi rescate. “Es fundamental en la actualidad un teléfono móvil con conectividad Wi-Fi” recuerdo como me lo decía aquel joven de veintipocos años, con su polo gastado y su chapa identificativa, entre otras muchas más palabras ininteligibles para mí y que correspondían con supuestas virtudes del terminal que pretendía venderme. Necesitaba un hotel para pasar la noche. No fui demasiado exigente. Siendo sinceros, lo único en lo que me fijaba mientras leía la lista con los resultados de la búsqueda en el navegador, era en el precio.

Tardé unos quince minutos en taxi en llegar al Dayloren, un hotel de esos orgullosos de su año de apertura, bien visible bajo el rótulo con el nombre en la entrada principal. De hecho parecía, una vez en el vestíbulo de recepción, que la decoración no se había modificado desde que abrieron sus puertas al público. Un gran espejo presidía la pared de detrás del mostrador de madera, en donde un joven me recibió con una sonrisa a todas luces ensayada. Por su lentitud, calculé que debía llevar poco tiempo contratado.

A esas horas de la noche el mozo de equipajes había terminado su jornada, así que, casi prefiriéndolo, subí lentamente mi maleta hasta el piso primero mientras observaba la arquitectura del hotel. El conjunto de las vigas de madera, del papel pintado en las paredes y de los muebles de estilo inglés me proporcionaban la sensación de estar en un club de campo un siglo atrás. La habitación, con el mismo estilo que el resto del edificio, me provocó un aire de familiaridad. Una butaca bajo el ventanal, un secreter y la cama con dos mesillas de noche. Es decir, el equipamiento estándar de cualquier habitación de hotel que se precie de ser llamado así.

Como para muchos mortales, dormir en aquel colchón ajeno se convertía en un reto. Pero esta vez había algo más molesto que aquella suerte de muelles desvencijados. No era otra cosa que el sepulcral silencio. El ruido del aire al atravesar el camino hasta mis pulmones con cada inspiración se me tornaba desquiciante. Probé, como quien juega a perder un tiempo que le sobra, a dejar de respirar unos segundos. Mientras, me esforzaba en buscar una explicación a porqué mis oídos parecían captar un ruido de fondo. Y fue entonces cuando, aún no respirando, seguí oyendo el movimiento acompasado de una respiración. Fue un acto reflejo. Estiré mi brazo hacia el lado vacío de la cama, no sin avergonzarme antes por dejarme poseer de un miedo tan irracional, cuando toque un cuerpo. Casi sin darme cuenta me vi de pie al otro lado de la habitación, habiéndome llevado en mi huida las sábanas, además de haber tirado la lámpara de la mesilla de noche. Precisamente en el suelo, mi teléfono móvil se había encendido, iluminando la escena con una luz fantasmal. La figura de la cama se levantó y se giró, de tal forma que pude ver como me miraba a través del pelo que le cubría la cara. Era una mujer. En un abrir y cerrar de ojos, la tenía a unos escasos metros de mí. Se aproximaba despacio y para más espanto, lo hacia sin mover los pies, los cuáles, colgado sin tocar el suelo, asomaban descalzos por debajo del camisón. No sé cuál hubiese sido la reacción de otra persona en mi situación pero la mía fue acurrucarme contra la pared y gritar, mientras me tapaba la cara con las manos. Sin atreverme a levantar la cabeza, veía por el espacio que dejaban mis dedos sobre los ojos como aquellos pies que, de no ser por su color grisáceo, parecían tan reales como las lágrimas que me saltaron sin permiso. Y como música de fondo a todo aquel horror, el sonido de una respiración, la misma que me había sobresaltado instantes antes.

Perdí el vuelo. En el hospital preferían que pasase veinticuatro horas como mínimo en observación. El personal del hotel me encontró en posición fetal dentro de la bañera. No recuerdo haber reunido el valor para encerrarme allí ni tampoco cómo me había hecho aquellos cortes en las muñecas. En cambio si recuerdo lo que dijeron los dos hombres, de mantenimiento quizás, mientras me bajaban en volandas por la escalera: “Tuvo que haber sido el nuevo, esa habitación nunca se reserva”.

Publicado el viernes 2 de abril en Diario de Avisos

Tags: terror, cuento

servido por aqueronte 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Qué grato caer "de casualidad" por mi página de amigos y encontrarte. Y llegar al punto final con la piel hecha un erizo ¿se puede agregar algo más?
No has perdido esa magia increíble que siempre me traía por acá, no tan de casualidad. Gracias amigo!

2 Abril 2010 | 05:15 PM

aqueronte

aqueronte dijo

Muchas gracias. La casualidad también ha hecho que regresase, aunque estas últimas veces haya sido con el propósito de asustar un poco. Un abrazo!

2 Abril 2010 | 07:26 PM

Hotel en Santa Marta

Hotel en Santa Marta dijo

Definitivamente la tecnología siempre está hay para de alguna manera ayudarnos con nuestras enormes responsabilidades de rutina.

30 Abril 2011 | 05:50 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

Licencias

Licencia de Creative Commons

Fotos

aqueronte todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera