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La Coctelera

Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

1 Septiembre 2010

Mármol

El calor de su cuerpo se fue evaporando con una lentitud que yo no imaginaba tan larga, como si esperase que la vida que se marchó de forma súbita volviese arrepentida tras una pausa. Me pareció increíble como cuando el corazón deja de latir, de forma inmediata, la persona adquiere una expresión que no de dormida, como tantos dicen por ahí, sino de muerta que, aunque suene a obviedad, es incomparable a cualquier otra. Y es que en mi profesión he visto muchas veces, más de las que me hubiera gustado, ese gesto esperándome al abrir la puerta de una habitación, pero nunca afecta tanto como cuando es tu propio hijo el que lo adopta.

Tumbado y arropado en su cama, por momentos no podía evitar pensar y actuar como si nada hubiese ocurrido. Me sorprendí con la mente en blanco intentando ver algún indicio que me guiara hacía las normas que debía seguir. Pero lejos de eso, entré en una espiral de decisiones que me impedían hacer algo. Así que opté por no hacer nada. Su madre volvería en unos días de ese viaje que nunca me había gustado que hiciese, y con su regreso no habría explicaciones válidas a mi falta de decisión. Pero mientras tanto, de puertas para dentro de mi casa, todo sería normalidad, incluso demasiada para lo que venía siendo habitual. Las discusiones y los gritos, las acusaciones y las ganas de lastimar eran desde hacía meses la banda sonora de un día cualquiera. Y ahora, de pronto, este silencio era tranquilizador y angustiante al mismo tiempo.

Tras las primeras veinticuatro horas de la muerte de mi hijo, empecé a sentir una especie de miedo irracional al pasar por su cuarto. No me atreví a destaparlo y para ser sinceros ni siquiera pasé del umbral de la puerta. Sus ojos habían comenzado a hundirse y sus labios parecían haberse encogidos hasta dejar entrever la dentadura. Sus venas, antes casi imperceptibles, ahora se destacaban con claridad con un color verdoso sobre su piel pálida. Y además estaba la sangre, oscura, que parecía formar un río que desembocaba al final del colchón y que nacía del corte de su cuello.

No fue mi intención llegar a esta situación pero a veces las cosas sólo ocurren. No digo que alguna vez, en medio de una de tantas noches de insomnio, haya intentado dormir elucubrando un plan parecido al que finalmente hice, pero siempre tuve la sensación de que sería incapaz de llevarlo a cabo. Nunca pensé que podía ocurrir que atravesase por un momento de inconsciencia transitoria o como quieran llamarlo y que al recuperar la normalidad ya no hubiese marcha atrás. Porque así fue. No recuerdo nada entre el período comprendido entre la cena y el descubrir horrorizado cómo sostenía un cuchillo ensangrentado frente al espejo del baño. Pero lo que me pregunto ahora es si es quizás mejor así. Mi propia mente decidió simplificarme el trabajo y tomó las riendas de algo que debí hacer hace tiempo y que no es otra cosa que la de borrar toda huella que he dejado en esta vida a la que no encuentro razón de ser.

El ruido en la puerta de la calle me impregnó de una tensión que creí incapaz de soportar. Era como si a cada centímetro que la llave se introducía en el bombín, una mano invisible apretara mi cuello. Tenía mala cara. Los aviones nunca le habían hecho demasiada ilusión. Arrastró la única maleta que llevó hasta cerca del mueble del recibidor. Ni siquiera dijo nada. Sabía que estaba en mi despacho y con seguridad le apetecía de todo menos ver la expresión de mi cara. Oí ruidos en la cocina que cesaron de golpe, como si algo la hubiese alarmado. El olor supuse. Unos pasos y deduje que estaba intentando abrir la puerta de la habitación de nuestro hijo. Sin darle tiempo a ataques de histeria, le grité que la llave estaba sobre la mesa de la cocina. Luego todo sucedió muy deprisa. Un grito, casi inhumano, de animal retumbó por toda la casa. Para cuando cesó yo estaba detrás de ella empuñando el mismo cuchillo con el que me había preparado la cena esa noche, una cena de despedida. Lo alcé por encima de mi cabeza y me propuse clavarlo tan fuerte como fuese capaz sobre ella, arrodillada ante el cuerpo de nuestro hijo. Yo siempre quise que las habitaciones tuviesen suelos de madera pero ella se empeñó en que el mármol era más distinguido. Y menos poroso. El ímpetu con el que me abalancé sobre ella chocó contra la extensa mancha de sangre que rodeaba la cama y de pronto me vi apuñalando inútilmente el cadáver de mi hijo al caer sobre él. Mi mujer corrió hacia la puerta y no la he vuelto a ver. Y eso es todo señoría. Esta es la verdad y nada más que la verdad.

Relato publicado el viernes 3 de septiembre en Diario de Avisos

servido por aqueronte 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

Uf. Vuelvo un poco moreno de mis vacaciones y tu relato me ha hecho perder el color.
Brillante, como siempre.
Un abrazo.

3 Septiembre 2010 | 05:54 PM

aqueronte

aqueronte dijo

Muchas gracias, esa era la intención...aunque lamento lo de tu percance. Un abrazo amigo.

3 Septiembre 2010 | 11:21 PM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Muuuuuuuuuuy bueno, yo quedé de amarillito más pálido!! Un abrazo y felicidades también por estos + de cinco años por acá, con vacaciones y regresos pero cinco ¿o más? al fin...

4 Septiembre 2010 | 06:15 AM

aqueronte

aqueronte dijo

pues he tenido que mirarlo y sí, casi 5 años justos, el 23 de junio de 2005. quién lo diría. merece una celebración, ¿no?.
muchas gracias por estar ahí todo este tiempo. un abrazo.

4 Septiembre 2010 | 02:43 PM

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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