El pasillo
Nunca he sido una persona valiente ni tampoco he valorado demasiado bien a aquellos que se jactan de serlo porque, lejos de ser una actitud dignificante, me parece un signo inequívoco de la poca inteligencia, o el poco amor propio, del aspirante a héroe. Está claro que la inmensa mayoría de la gente pensará todo lo contrario porque no hay más que ver el estallido de festejos y alabanzas que se produce cada vez que Fulano o Mengano decide quemarse medio cuerpo para sacar a una anciana de un edificio en llamas, por poner un ejemplo bastante visual. Pero, excepto la obesidad momentánea que experimentaría mi ego, no veo más ganancias a largo plazo. Y qué quieren que les diga, a mi no me compensa. Por eso nadie se extrañará cuando aquella noche me desperté sobresaltado al escuchar aquella especie de ruido eléctrico, como si una torreta de alta tensión se hubiese instalado al otro lado de la puerta de mi dormitorio, y durante algunos minutos no pude más que mirar espantado en todas direcciones, pensando si gritar o esperar.
El pasillo se había convertido en algo totalmente distinto a lo que había dejado apenas unas horas antes al irme a dormir. O eso o el miedo estaba afectando de forma grave a mi apreciación. Y así era porque jamás había visto aquella oscuridad tan sumamente negra y, sobre todo, tan aterradora. No me había percatado de elementos aún que me provocaran esa desazón pero sentía que la atmósfera a mi alrededor no era la de siempre. Quizás fuese el absoluto silencio que lo envolvía todo o el olor metálico que parecía buscar cualquier excusa para apoderarse de toda la casa. El zumbido eléctrico había desaparecido apenas había abierto la puerta del dormitorio pero se intuía que, en lo oscuro, al fondo del pasillo, seguía estando presente el causante de aquel ruido.
No sé lo que habría hecho cualquier persona en mi situación. Quizás habría hablado en voz alta o se habría escondido bajo la cama. Tal vez hubiese llamado por teléfono o encendido las luces. Yo desde luego no me atreví a hacer esto último. En algún lugar de mi cerebro, el más primitivo, se negaba a conocer de forma definitiva el causante de aquella situación, supongo que porque, en el fondo, tenía la certeza de que su naturaleza me sería imposible de asumir. Así que decidí refugiarme de nuevo en mi dormitorio. Sólo tenía que dar tres pasos a lo sumo para traspasar la puerta y cerrarla hasta que la luz del amanecer me insuflara el valor que en ese momento carecía. Pero con mi primer paso se oyó también el primero de aquel individuo al fondo del pasillo. Parecía estar imitando mis movimientos o, quizás, sería consciente de mis intenciones. No pude soportar el golpeo de mi corazón en las sienes ni como una terrible ansiedad se adueñaba de mi respiración e hice lo que nunca dicen que se debe hacer: correr.
Sea lo que sea, estaba detrás de la puerta, separado de mi espalda por apenas unos centímetros de madera. El ruido eléctrico había vuelto pero esta vez se oía entrecortado, dejando segundos o incluso minutos entre una señal y la otra. No sé qué cometido tenían aquellos sonidos pero estaban consiguiendo que las horas que faltaban para el amanecer se hicieran eternas. A lo mejor ese era el cometido, como si fuese una especie de guerra psicológica entre aquel intruso y yo.
Cuando la luz del sol empezó a colarse por entre las rendijas de las persianas, yo había perdido la noción del tiempo hacía mucho. Me levanté sobresaltado y enfadado al mismo tiempo por si mi falta de perseverancia hubiese dado la posibilidad de que mi refugio pudiese haber sido vencido. Pero mi sorpresa fue aún mayor cuando me desperté en mi cama. ¿ qué habría significado un sueño como aquel? La puerta estaba abierta, tal y como la había dejado la noche antes. Me levanté no sin una sensación de miedo que intentaba acallar pensando en lo absurdo de la situación y ayudado por la seguridad que otorga la luz, salí de la habitación. Las cortinas de la sala estaban cerradas, a excepción de un pequeño resquicio que dejaba pasar algo de claridad, aunque no la suficiente para iluminar toda la estancia. Pero eso no iba a durar mucho. En un abrir y cerrar de ojos caí en la trampa. La puerta del dormitorio se cerró de un portazo al mismo tiempo que la cortina terminó de cerrarse. Y así en medio de aquella oscuridad, detrás de mí, desde el fondo del pasillo, el zumbido eléctrico reapareció.
Publicado en Diario de Avisos el 15 de octubre

