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Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

3 Diciembre 2010

La llave

El fin de semana, tan surrealista como acostumbraba a ser en los últimos meses, me había llevado a la determinación, entre alguna lágrima, que estaba hasta las narices de soportar tanta estupidez a mi alrededor. Mi hermana, la única persona que me quedaba como familia, al menos de forma directa, se agarraba con uñas y dientes a un hilo de vida que se le iba escapando con cada respiración. Desde pequeña, ella, bastantes años mayor que yo, se convirtió a la fuerza en padre y madre cuando ni siquiera había terminado de pasar a ser adulta. Y a pesar de eso, no lo hizo mal. No tengo ningún reproche que hacerle, es más, si fuera por deber algo, sería alguna que otra disculpa. El caso es que en ese momento el panorama que se abría delante de mí era cuanto menos desolador. No se trataba de quedarme sola de forma definitiva en este mundo sino que alguien como yo necesitaba de por vida a alguna persona que evitara mi natural tendencia hacia la autodestrucción. Ella había desempeñado ese papel con un optimismo desesperante, como quien cree estar designado por voluntad divina, siempre dispuesta a perdonarme por enésima vez.

Decidí irme a descansar a casa porque, como me dijeron los enfermeros, quedarse en la sala de espera era un esfuerzo inútil. Si mi hermana empeoraba ellos, por protocolo, llamarían a mi número de móvil. Preferían llamar a caminar hasta la sala de espera, pensé. Ya me había quedado antes sola en el piso, pero esta vez era distinto. El silencio de aquella casa parecía haberse apropiado de todas las estancias como si supiese que se pasaría una larga temporada de visita. Todo estaba igual en apariencia, pero no pude reprimir una sensación de tristeza al contemplar aquel orden y aquella limpieza, como si de una casa museo se tratase. Los muebles, los cuadros o los pequeños detalles habían capturado la esencia de su propietario, mi hermana, torturándome a base de recuerdos de tiempos mejores que sólo ahora reconozco mejores. El pequeño portarretrato con la única fotografía de mis padres estaba volteado. Al girarlo, aquella estampa surcada por el efecto de tantos años guardada en el sótano de la casa de mis abuelos, me devolvió la mirada de dos jóvenes inconformistas ante una vida demasiado estricta para quién no atiende a tradiciones. Siempre encontré silencio al intentar conocer más detalles sobre su historia. Simplemente desaparecieron. Y el hecho de haberme dejado sola, de una forma egoísta imposible de acallar por mi parte, había hecho que el recuerdo de mis padres evocara nostalgia y odio a partes iguales.

Desde el dormitorio principal, un ruido captó mi atención. Leve y metódico, el tintineo de unas pequeñas piedras decorativas caían desde su plato volcado. Las coloqué de nuevo en el recipiente menos una. Pareció volver a rodar cuando fui a cogerla. Se desplazó hasta debajo de la cama. Tuve que arrodillarme y levantar el edredón. Allí estaba, en medio de la cama, parada junto a una caja. Era una de esas que se compran en tiendas de artesanía con una pequeña cerradura. Ni rastro de la llave. Fui hasta la cocina a por unas tijeras pero al volver la caja estaba abierta sobre la cama. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sopesar la idea de que aquello escapaba de la lógica. Dude si salir de allí a toda prisa o si seguir aquel juego. En el interior de la caja se encontraba otra llave. Me era familiar. Si no igual, era muy parecida a la que mi hermana lleva como colgante. Dos o tres veces le regalé algún collar por navidad para que dejara de ponérselo pero siempre obtenía como respuesta que había sido un detalle muy bonito y que buscaría la ocasión para estrenarlo. Nunca encontró esa ocasión. Cogí la llave y la observé con detenimiento. Por el tamaño debía de servir para abrir alguna otra caja, más grande que donde estaba guardada eso sí. En el reverso tenía grabada una dirección un tanta extraña: Calle San Rafael, Barrio de La Luz. No conocía ni la calle ni ese barrio, pero tenía la sensación de haber visto aquellas palabras hacia tiempo. Antes de que pudiera hacer memoria mi teléfono móvil sonó. Eran del hospital. Mi hermana había empeorado. Cogí el coche intentando mantener la serenidad necesaria para llegar hasta las afueras, donde el hospital, lo más rápido posible. Pero aquel plan todavía tenía reservada para mí otra sorpresa. A los pocos kilómetros recordé donde había visto esa dirección. Circulé por aquella avenida, tantas veces recorrida cuando era niña junto a mi hermana, hasta llegar a aquel lugar. Las lágrimas cayeron mejilla abajo cuando las luces del coche iluminaron la placa junto al portón del cementerio: “A los muertos por la libertad en el 1936”

Publicado el 3 de diciembre en Diario de Avisos

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Mi nombre es Jorge pero el pseudónimo de aqueronte me persigue por estos mundos. No me acuerdo a qué me dedico ni qué soy ahora mismo. Jorge o aqueronte, esos son los únicos datos seguros.

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