El cartel
Me gusta disfrutar del silencio de los que ya lo han dicho todo, sentado en el banco de siempre, dejando volar el pensamiento con la seguridad de no ser molestado ni siquiera por los familiares de los difuntos que, depende del día y de la hora, andan pululando con flores y escaleras, ausentes a personajes como yo. La idea surgió precisamente en medio de una de estas visitas después de haber observado a decenas de personas ese día, cientos ese mes, comportándose casi de la misma manera. Y es que siempre me había llamado la atención la poca diversidad que poseemos los seres humanos que, en esencia, nos regimos por los mismos mecanismos, buscamos las mismas seguridades y huimos de los mismos ineptos. Eso es, supongo, lo que nos identifica como especie y debería ser positivo el tenerlo presente pero nada más lejos. Una terrible desazón se apoderaba del ya de por si poco ánimo que poseo cada vez que me paraba a pensar cuál era el camino que el destino me tenía guardado. No lograba imaginar ninguno que fuera capaz de hacerme creer por una vez que mis latidos tenían un sentido. Hasta que un preciso momento caí en la cuenta de cuál había sido mi error al buscar una salida con el mismo enfoque simplista, repetido hasta la saciedad por los demás, del resto del mundo. El edificio debía de tener unos doce pisos. A medida que iba subiendo, la conciencia se empeñaba en convencerme de que lo mejor, en casos como el mio, era recapacitar e intentar buscar otro camino menos doloroso. No niego que empezara a dudar, pero nunca deje de avanzar, imbuido por un espíritu de superación completamente desconocido por mí hasta entonces. Superación porque si lograba llegar hasta la cima de aquel bloque de viviendas lo habría hecho motivado por un convencimiento pleno. Y eso, en mis años de vida, nunca había pasado. Todos mis actos con un mínimo de relevancia los había hecho empujado por la inercia del grupo al que pertenecía. Y sé que esto no es ninguna novedad para el resto del mundo. Pero a mí este hecho me daban ganas de llorar. El letrero del piso seis apareció en escena con una tipografía que en el momento de la inauguración debió ser vanguardista. Cuando era pequeño recuerdo querer haber vivido en él porque todos mis amigos lo hacían. Me contaban los grandes garajes que tenía, los numerosos huecos ideales para establecer bases de operaciones para nuestros juegos o el más sencillo pero no menos asombroso ascensor. Más tarde aprendí que mi casa unifamiliar era un lujo que ellos codiciaban, pero para entonces ya éramos adultos y yo me había pasado la infancia envidiándoles. Ya había estado antes en la azotea.
Un enorme cartel que desentonaba con la edificación ayudaba a costear los gastos de comunidad. “Urbanización Libertadores, Última Viviendas” rezaba la valla publicitaria, con letras blancas sobre fondo azul. Y fue precisamente ese color el que escogí al comprar el spray de pintura que usaría para tapar el mensaje a mi conveniencia. No tardaron en asomarse los primeros vecinos tras las ventanas del edificio de enfrente. Al principio seguros de estar fuera del alcance de mi visión por obra y gracia de una cortina para luego, sin tapujos, dejarse ver a cara descubierta. Se empezó a oír algún que otro grito cuando me dedicaba a pasear por la cornisa de uno de los muros en mi trabajo de ir tapando las letras del cartel. La gente empezó a acumularse también en la acera de enfrente, observando mi espectáculo con una mezcla de miedo y de satisfacción. Así hasta que alguien cogió el manual del buen ciudadano y llamó a emergencias. La sirena de los bomberos llenó de confianza a algunos para empezar a opinar en voz alta sobre cuáles podían ser mis intenciones mientras que otros se limitaban a grabarme con sus teléfonos móviles. Todo estaba discurriendo tal y cómo lo había planeado. Sólo faltaba un poco más para llegar al punto culminante del día. La policía estaba acordonando la zona cuando empezaron a sonar algunos aplausos tímidos. Del mensaje que aparecía en la valla, había terminado de tapar con la pintura el resto de letras hasta dejar la palabra “libertad”. El siguiente acto sería el que debía de despertar más admiración. Me puse de pie en el muro de la azotea mientras oía las exclamaciones de la gente. Me quité la camisa todo lo despacio que pude y abrí los brazos al mismo tiempo que lanzaba el grito más liberador que había experimentado nunca. Abajo, en la calle, silencio, expectación ante un extraño que decidió amenizarles el día. Respiré hondo con todas mis fuerzas y me dejé caer hacía atrás, hacía la azotea de nuevo, sintiendo cómo entraba por la puerta grande al reino de los... locos.
Publicado el 14 de enero en Diario de Avisos



jotatrujillo dijo
¿Al reino de los locos?. Esa LIBERTAD blanca ,sobre un fondo azul cielo, es un grito constante y luminoso de cordura.
Un abrazo.
14 Enero 2011 | 06:22 PM