El motel
Aquel motel llevaría abandonado más de diez años, desde que la autopista desvió la circulación sólo unos cien metros, pero los suficientes como para condenar a la bancarrota todos los negocios de la antigua carretera . En realidad, el motivo por el cual estaba pasando mi noche del sábado en aquel edificio en ruinas no era otro que mi incapacidad para negarme a cualquier proposición de mis amigos. También me ocurría lo mismo en otras situaciones y con otras personas como vendedores a domicilio o compañeros de trabajo sin escrúpulos, pero eso es otra historia. Me gustaba la fotografía y, a base de sacar cientos de fotos sin ningún valor, había conseguido una técnica más o menos aceptable y eso me había convertido en el fotógrafo oficial del grupo. Nada complicado por otra parte. La mayoría de ocasiones lo único que tenía que hacer era apuntar hacia la oscuridad y apretar el botón. En todo el tiempo que llevaba haciendo esas escapadas nunca había captado nada más allá de algún reflejo inoportuno. Para ser sinceros, no me veía dentro de algunos años haciendo lo mismo y rodeada de la misma gente, pero la soledad era más triste. Y bueno, también estaba Carlos. Hacía tiempo que no éramos pareja de forma oficial pero habíamos intentado hacer lo que hacen en la televisión, por ejemplo, donde las relaciones se rompen y no hay procesos de duelo ni de odio recíproco. Todo es madurez y equilibrio mental. Está claro que en nuestro caso eso no estaba funcionando y el intento de seguir aparentando una normalidad inexistente nos estaba causando más daño que beneficio, y no sólo a nosotros dos, si no también al resto de amigos que no sabían en que esquina del ring posicionarse. Para confirmar que todo iba de mal en peor, no había acudido a la cita de hoy.
El resto del grupo parecía, a excepción de mi perra Maggie, ahora más que nunca, una serie de individuos peligrosamente extraños. Lo más probable es que ninguno pasase sin problemas una evaluación psicológica. Aunque para lo que les quedaba de vida tampoco era un dato relevante. Decidimos colocar las grabadoras en la habitación veinticinco, siguiendo las indicaciones de nuestro “sensitivo”. Los demás nos instalamos en la veintiséis con la intención de pasar la noche allí. Al cabo de unas horas y tras comprobar por enésima vez que lo único paranormal allí eramos nosotros, decidimos meternos dentro de nuestros sacos de dormir y fue entonces cuando oímos aquel estruendo. Parecía como si hubiesen abierto de una patada la puerta principal para después dirigirse sin titubeos hacia el lugar donde nos encontrábamos. Roberto y yo nos habíamos asomado al pasillo mientras los demás miraban expectantes desde dentro. El miedo inicial se había transformado en pura curiosidad porque los movimientos de aquel individuo eran tan seguros que no podían corresponder a alguien que pretendiera hacernos daño. Y pensaba eso mientras veía como, por fin, la figura de nuestro visitante se presentaba a escasos metros de nosotros. Vestido de negro y con la cara oculta, una descarga eléctrica recorrió mi espalda. Aquel tipo, desde luego, no tenía pinta de venir en son de paz. De un golpe con un objeto que llevaba en la mano derribó a Roberto. La fuerza del impacto fue tal que, de forma inmediata, tuve la seguridad de que había muerto. Mientras corría por el corredor de habitaciones comprobé cómo me seguía Maggie, más asustada que yo, y cómo la figura se desentendía de mi huida para entrar en la habitación donde se quedaron los demás. Los gritos se fueron acallando uno a uno hasta quedar en absoluto silencio. No conocía el lugar y avance a ciegas intentando mantener la calma. Abrí una puerta al azar y me introduje en aquel cuarto. Deduje que todas las habitaciones debían de ser iguales así que, con las manos extendidas, busque el lugar donde presuponía que estaba la cama. Por suerte esta aún conservaba el colchón. Me metí debajo intentando hacerlo de la forma más rápida posible sin hacer el más mínimo ruido. No había más plan que ese. Mi única esperanza era que el destino tuviese más páginas escritas para no acabar de esa forma tan estúpida de morir. No sé el tiempo que pasé intentando escuchar algún mísero sonido, esperando que amaneciera o que apareciese alguien por allí, pero ninguna de esas dos cosas ocurría. Sola bajo aquella cama me tranquilizaba el calor del cuerpo de Maggie que, de vez en cuando, me lamía la cara, como si intentara mantenerme en alerta. De pronto, la puerta de la habitación se estremeció. Sin duda había dado con mi escondite. No entró sin más si no que empezó a arañar la puerta. De nuevo el silencio. Al otro lado de la puerta, desde fuera, se oye un ladrido. ¿Maggie?.
Publicado en Diario de Avisos el 18 de marzo

