La mancha
La mancha de la pared había aparecido hacía una semana, justo cuando Luis, mi compañero de piso, no podía ayudarme. Siempre me había desentendido de las cuestiones relacionadas con las gestiones propias del alquiler, al punto que no tenía ni el teléfono de contacto del casero. De todas formas tenía cosas más importantes en las que pensar. Mi novia, por ejemplo. Susana no contestaba a mis llamadas ni mensajes, hacía días que sus amigas no sabían nada de ella y la actividad reciente de su Facebook se había congelado hacía una semana. Me había quedado claro durante el último mes que nuestra relación había entrado, por obra y gracia del aburrimiento, en estado crítico. Pero esto era demasiado castigo. Me sentía como uno de los heroinómanos de Trainspotting, torturado por el recuerdo de tiempos mejores, encerrado bajo la atenta mirada de las cuatro paredes de mi habitación. Y de esa maldita mancha. Pareidolia dicen que se llama el fenómeno por el cuál percibimos como algo reconocible estímulos aleatorios que nada tienen que ver. Nubes en el cielo formando animales o caras de Jesucristo en el pan mohoso de la despensa. Y aquella mancha parecía un rostro. Indeterminado al principio para ir ganando detalles con el paso de las noches en vela. Un insomnio cronificado gracias a la incertidumbre de la desaparición y al estado de nerviosismo que me provocaba tal situación. Ya lo había sufrido con anterioridad. De hecho cierta excitación era común en mí por naturaleza así que no era de extrañar que cuando había motivos objetivos para estarlo, yo respondiera sobremanera. Y cuando lo hacía no podía evitar aquella vieja sensación de miedo, como la que experimentaba cuando apenas era un niño que no sabía atarse bien los zapatos pero sí cuál era el camino más corto para llegar a la planta de psiquiatría. En aquellos tiempos me aterraba pensar que aquellas alucinaciones se quedarían conmigo para siempre. Pero no lo hicieron afortunadamente. Para siempre no, pero sí a veces. Un poco molesto pero preferible al estado en el que te deja la medicación. A la tercera noche sin dormir, ya había recuperado la costumbre de taparme la cabeza con la sábana. En medio de la oscuridad parece que aumentan las posibilidades de que lo improbable se vuelva tan real como sea posible. Así, la puerta abierta del armario puede ser la entrada, y salida, al mismo infierno o el abrigo del perchero podría ser el viejo Caronte reclamando su moneda. La mancha de la pared me devolvía la mirada como esos horrorosos cuadros holográficos. Me veía casi obligado a mirar desde la cama hacía la puerta, incapaz de aguantar la mirada a aquellos ojos de yeso. Y fue allí donde se materializó un viejo conocido de la infancia. Se había mantenido bien con el paso de los años. Alto, vestido de oscuro y con aquella expresión de indiferencia. Nunca interactuaba conmigo. Sólo se limitaba a acompañarme en silencio mientras andaba por la casa, aunque por alguna razón, nunca entraba a mi dormitorio. Ahora estaba en el quicio de la puerta, como la última vez que lo vi hace unos años. Me levanté y caminé hacia él. No se apartaba y cuando quise moverlo, me respondió empujándome con tal fuerza que aterricé de nuevo sobre la cama. Lo intenté dos, tres, cuatro veces hasta que me dí por vencido. La situación no mejoraba por mucho que pensara que aquello no era real. No funcionaba. Había vuelto a sabiendas de que solo como estaba no habría nadie que me ayudara. Un ruido desde el armario me sacó de mis lamentaciones. La mancha de la pared se desplazaba lentamente. Era mucho más grande de lo que pensaba cuando salió a relucir la parte oculta detrás del ropero. Parecía haber adquirido cierto relieve. Al acercarme pude escuchar un leve murmullo que salía de la mancha. Nunca mis alucinaciones en el pasado habían llegado tan lejos. Perdí los nervios, quería poner punto y final a todo aquello pero aquello parecía tener sus propios planes. Desesperado cogí la silla del escritorio y, furioso como estaba, empecé a golpear una y otra vez aquella maldita mancha. El murmullo leve de antes se convirtió en gritos con el primer golpe. Con el segundo ya eran dos voces perfectamente definidas. Se empezó a abrir un hueco en el tabique para con el tercero. Y en el cuarto golpe los cadáveres de Luis y Susana cayeron desnudos y abrazados, como hacía una semana en mi cama.

