Reencuentro
Era difícil encontrar candados como aquel. Hacía años que habían dejado de fabricarse. Robusto, pesado, a prueba casi de cualquier intruso. Nada que ver con esos complicados sistemas de seguridad cuyos precios son directamente proporcionales a la dificultad de su manejo. Terminó de girar la llave de la última cerradura y miró a su alrededor, como se había acostumbrado a hacer en estos últimos tiempos, antes de abrir definitivamente la puerta. Al fin y al cabo, aquella entrada, aunque blindada y protegida, era el punto más endeble de toda la casa. Bajar la guardia no era una opción. Casi nadie se acordaba ya cual fue el primer cadáver que resucitó. Al principio los medios de comunicación no se ponían de acuerdo. Muchos se decantaron por creer que aquellos videos, fotografías o testimonios que llegaban sin parar a sus redacciones eran parte de una acción coordinada de algún movimiento buscando notoriedad o quién sabe qué. Pero los días siguientes no hicieron más que añadir más incertidumbre al asunto. El silencio de las autoridades, la movilización de las fuerzas de seguridad y, sobre todo, los comentarios de la gente de a pie narrando casos cercarnos, no ya de oídas o vistos en Internet, si no de amigos o familiares. Aquello se extendía como la pólvora, como una pesadilla mientras se está medio dormido. La empresa había cerrado algunos días por precaución a salir perjudicada por una de tantas manifestaciones que poblaban las plazas aunque, en realidad, se vieron obligados a echar el cierre por los muchos empleados que se negaban a salir de sus casas. Así que, sin tener que ir a trabajar, su plan era desayunar mientras cambiaba de un canal a otro en la televisión, viendo los programas especiales creados al efecto. Una mañana aburrida si no hubiese sido por los gritos de pánico que subían por el hueco de las escaleras. El pasillo se veía deformado a través de la mirilla de la puerta. Podía sentir la presencia de otros vecinos haciendo lo mismo que él. No se apreciaba nada extraño a primera vista. Tuvo que esperar a que los ojos se adaptaran a la oscuridad para percatarse de la figura inmóvil al final del pasillo. Sólo tardó algunos segundos en darse cuenta de quién era. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, mientras intentaba tranquilizarse. Para cuando lo logró, aquella extraña visita se encontraba arañando la puerta. En ese momento comprendió que todas aquellas habladurías eran ciertas. Regresaban, sin más, a las que habían sido sus casas. No todos, sólo aquellos que no habían sido pasto de la descomposición o de las llamas del crematorio. Salvo el susto inicial, decían, no había nada que temer. Después de un año desde aquello, la situación había empeorado de forma exponencial. No habían encontrado el motivo de porqué la muerte no acoge en su seno a quienes la abrazan, si no que los devuelve al cabo de dos días. Pero tampoco importaba demasiado. Al gobierno le interesaba más el cómo regresar a la normalidad. Al principio el ejército creó unas unidades especiales para capturar, casa por casa, a los fallecidos para su posterior incineración. Pero pronto surgieron movimientos reclamando derechos fundamentales para sus muertos. Al fin y al cabo, muchas familias se habían acostumbrado a la presencia, de nuevo, de sus parientes. En cierta forma, tenían derecho a recuperar la protección que la ley les brindaba cuando habían estado vivos por primera vez. Pero las autoridades no estaban dispuestas a eso. Cuando sonó el timbre de madrugada, los pilló despiertos. Intuían, su madre y él, que pronto les tocaría a ellos. Hacía semanas que las cuadrillas de limpieza del ejército merodeaban por el barrio. Era cuestión de tiempo que alguien los señalara con el dedo. El portero automático volvió a sonar, esta vez con más insistencia. Para cuando los militares lograron tirar la puerta, ellos ya habían alcanzado la furgoneta que hacía días había aparcado bajo la escalera contraincendios. Sin las luces de cruce puestas y ayudados por aquella luna nueva, avanzaban según el plan establecido a través de aquel camino forestal. No sabían qué pasaría a partir de ese momento con sus vidas ni tan siquiera si el campamento de insurrectos podía realmente ampararlos. Pero de lo que sí estaban seguros es de que no iban a separarse de nuevo.
Publicado en Diario de Avisos el 9 de septiembre

