El rescate
Mis ojos tardaron algunos segundos en acostumbrarse a aquella oscuridad. El rescatador, más habituado a misiones como esta, caminaba con paso decidido a través del pasillo, sin dejarme siquiera un segundo para respirar. A trompicones, con miedo a quedarme sólo en medio de aquella penumbra, salí tras sus pasos. La aparente tranquilidad con la que se movía desapareció al llegar al pie de una puerta de doble hoja que parecía dividir aquel corredor a la mitad. Con un gesto de su mano me indicó que retrocediera para luego abrir apenas unos centímetros la puerta y desaparecer tras ella. Me esforcé en mantener la calma y no sucumbir a los embistes de la adrenalina que provocaba mi soledad en aquel lugar de oscuridad amenazante. Al cabo de un insufrible minuto, como gotas de un grifo a lo lejos primero, fueron cobrando forma, después, unos contundentes pasos en dirección a la puerta por la que había desaparecido el rescatador. El pomo giró más despacio de lo que esperaba y eso bastó para que un escalofrió me recorriera la espalda como una descarga eléctrica. Al fin y al cabo sabía que no estábamos sólo en aquel lugar. El rescatador asomó la cabeza y me volvió a hacer una señal, esta vez para que lo siguiera. Este pasillo ahora era distinto, con decenas de puertas a ambos lados, que sólo dejaban ver a través de un pequeño hueco lo que ocultaban. Apenas algunos tubos fluorescentes colgados cada demasiados metros servían como iluminación, aunque fue suficiente para darme cuenta de lo que había tras aquellas puertas. A nuestras espaldas, justo por donde habíamos llegado, comenzaron a escucharse voces que iban acercándose. Hablaban en algún idioma que no podía reconocer aunque con una entonación que invitaba de forma clara a salir huyendo de allí. Pero el rescatador no parecía pensar lo mismo. Empezó a probar puerta por puerta hasta que, justo cuando aquel grupo iba a encontrarse con nosotros de frente, una de ellas abrió. Nos introdujimos en aquella celda y esperamos a que pasaran de largo. Mientras tras nosotros, en su litera, un anciano empezó a suplicarnos que lo sacáramos de allí. El rescatador levantó un puño amenazador para luego indicarle que guardara silencio. No habíamos venido a rescatarle a él. Por fin el grupo de lo que parecían vigilantes había desaparecido a lo lejos. Aprovechando la momentánea tranquilidad, volví a sacar el plano. El rescatador había entrado en bastantes ocasiones anteriores y de cada una de ellas fue sacando la información necesaria para este día. Mi papel consistía en reconocer a mi padre y marcharnos. Luego el rescatador regresaría, esta vez sólo, para sacarlo de allí. Y no andábamos lejos del lugar donde se suponía que estaba. El pasillo volvía a lucir tan desolador como antes aunque me tranquilizaba otra vez la parsimonia de aquel hombre, como si pudiera percibir más allá del alcance de mis sentidos la presencia de una amenaza. O tal vez era mera experiencia. Mientras pensaba en mi incapacidad para dedicarme a esto, el rescatador se paró en seco y me señaló hacía la puerta de mi izquierda. De pronto sentí un miedo atroz a dar el siguiente paso que no era otro que el que, por otra parte, tanto había deseado. El rescatador, quizás más acostumbrado a ver a otros tipos como yo, paralizados de puro miedo, decidió hacer el mismo los honores. De dos zancadas se situó delante de la puerta para abrirla de un movimiento. Una figura se incorporó en la penumbra de la celda y avanzó hacía nosotros. “¿Es él?” preguntó de forma mecánica el rescatador. Yo no pude si no asentir con la cabeza. “¿Estás seguro?” volvió a preguntarme. “Volveré a por usted señor” dijo el rescatador en un tono aséptico “pero ahora debemos marcharnos”. Aún mis ojos seguían clavados en los de mi padre cuando la luz, escasa y titilante antes, fue aumentando de intensidad hasta llenarlo todo. Un segundo después estaba de nuevo en la oficina del rescatador. Yo aún seguía sin poder quitarme aquella última imagen de la cabeza mientras él se quitaba los últimos sensores de la cabeza. “Tienes suerte de que haya muerto de un infarto y no de una larga enfermedad, no tuvo mucho tiempo para pensar” dijo mientras guardaba unos cables en una caja. “¿Sigues queriendo sacarlo del infierno?” añadió con aquel gesto despreocupado tan propio de él. “Sí” contesté con la mirada de mi padre aún quemando en mi memoria.
Publicado el 14 de octubre en Diario de Avisos

