Las diez
La mayor de las tres mujeres, una anciana de rostro indescifrable y pelo blanco, miraba al frente sin ver más que los fantasmas del pasado que, a veces, parecía seguirlos con los ojos de rincón en rincón. “Son las almas de nuestra guerra sin sepultar que vienen a recriminarnos”, era su teoría. La menor, su nieta, había dejado de ser hacía años una treintañera. Se mordía las uñas y saboreaba los pequeños trozos para esconder el miedo tras el sabor de la queratina. Ella creía en la teoría de la abuela tanto como en las de su madre, dependiendo de quién la sostuviese en cada momento. Para ella ambas eran igual de convincentes. La mediana, hija de una y madre de la otra, controlaba en un hipo compulsivo un llanto fácil pero pesado. Las tres, en silencio, masticaban su ritual a la espera de que las agujas marcaran las diez de la noche. El péndulo, como un hacha que cercenaba el tiempo, martilleaba sus sienes. Sentadas en el salón, la abuela en el sillón gastado, la madre y la nieta en el sofá de tres plazas, con las manos buscándose, tragaban saliva. El viejo reloj entonces lanzó su sintonía de diez campanadas. La última quedó colgando, repartiendo su eco por la habitación, hasta que salió por el pasillo, hasta la cocina y escapó por la chimenea. Y fue cuando sonó el teléfono. La abuela comenzó a persignarse y a repasar las cuentas del rosario que tenía preparado junto al cojín, su hija rompió a llorar y la nieta hundió la cabeza entre las manos. “¡No puedo más! ¡No puedo más!” repetía como repetían cada una de ellas después de siete años. El teléfono sonaba y sonaba, incansable. “¡Cógelo, por Dios!” gritaba la madre. Su hija se levantó gritando “¡Cógelo tú! ¡Yo no resisto más!”. La abuela seguía rezando. La madre lo descolgó. Sollozando, se lo acercó al oído. Intentó balbucear un “¿Sí?” pero de inmediato se tapó la boca con la otra mano para disimular el llanto. Colgó despacio y se dejó caer en el sofá. Las tres mujeres siguieron así, en murmullos, suspiros y silencios hasta que el cansancio las venció de madrugada, como todas las noches desde hacía siete años cuando, sin saber por qué, a las diez en punto, sonaba el teléfono. Daba igual quien descolgara, la respuesta era siempre la misma: nada. Y no había dejado de sonar ni un solo día. Intentaron cambiar de número de teléfono, reportar cientos de averías a la compañía telefónica o sustituir el aparato una veintena de veces. Modelos de todo tipo, colores y prestaciones fueron instalados sobre la mesita con lámpara del rincón. Daba lo mismo. Desesperadas, un día hablaron con Tía Luisa, la hermana de la abuela, que conocía a alguien que se definía como vidente, con anuncio en el periódico, y a quien consideraba su bruja particular. Con tan buenas referencias y sin nada que perder, la amiga vidente fue invitada a asistir en primera persona al espectáculo diario. Recorría la habitación con los ojos cerrados y las palmas de las manos al frente, quizás no tanto para captar energías como para no golpearse con los muebles. Las mujeres de la casa la observaban entre sorbos de café cuando sonaron los cuartos previos y comenzaron las campanadas. Al acabar éstas, sonó el teléfono. La vidente descolgó el auricular. De pronto, se le pusieron los ojos en blanco. La abuela agarró el rosario y comenzó a repasar las cuentas. Tía Luisa zarandeó a la desquiciada pero ésta empezó a proferir tales gritos que heló la sangre de las demás mujeres. El teléfono se cayó, por fin, de su mano y, sintiéndose libre, corrió la mujer arrasando la mesita, a su amiga, a la abuela y a varios muebles más, hasta que llegó a la puerta de la calle, la abrió y huyó de la casa.“¡El teléfono!”, avisó la nieta. “¡El teléfono!”, repitió. La abuela interrumpió sus rezos para mandarla callar, pero ella insistía. “¡El teléfono!”, hasta que la madre, tras sorberse las lágrimas, se acercó al aparato. “¡Está roto!”, señaló. Mostró el cable arrancado a las otras. “¡El teléfono está roto!”. “¡Claro!”, gritó la nieta. “¿Cómo hemos podido ser tan estúpidas? ¿cómo no lo hemos pensado antes?, ¡arrojémoslo a la basura! Las otras mujeres se miraron y reconocieron su propia estupidez. “¡A la basura! ¡A la basura!”, gritaba la abuela aplaudiendo. El día siguiente fue muy distinto para ellas. Sonreían, corrían cortinas y abrían ventanas. Habían dormido bien y comieron con apetito, incluso la abuela, con su anemia crónica, fijó con extra de pegamento su dentadura para disfrutar del filete. Eran tres mujeres felices, al menos hasta que se acercaron las diez de la noche y sus ojos, acostumbrados tras tantos años, se fijaron en la mesita que soportaba el teléfono. Ahora, sólo un tapete de ganchillo blanco. Y al llegar las diez de la noche, naturalmente, ningún teléfono sonó. La abuela no cogió su rosario; la nieta no sabía si reír o llorar y la madre ahogó una sonrisa con la mano. Pero entonces, sonaron unos golpes en la puerta. ¿Abro?” preguntó la nieta. “¡Abre!” ordenó la madre. El picaporte cedió. Las bisagras giraron y la puerta se abrió poco a poco. “¡Nadie, Mamá!” gritó histérica “¡Nadie, nadie!” canturreaba la abuela contando las cuentas negras del rosario. “¡Nadie, nadie!”, repetían sollozando las mujeres. No había nadie al otro lado de la puerta cuando sonaron las diez. Y siempre llamarían a las diez.
Publicado en Diario de Avisos el 30 de diciembre


locaporlaluna dijo
Has logrado hacerme comer las uñas como una de las mujeres estas y se me ha contracturado la postura hacia el final del cuento. Qué genio eres amigo, y no cambias más (por suerte). Feliz año, lo mejor para tí de esta "vieja" coctelera, casi tan vieja como tú...
2 Enero 2012 | 09:07 PM