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La Coctelera

Aqueronte

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

14 Enero 2012

María

No remoloneaba en la cama a la hora de levantarse. Hacía su cama, se duchaba y salía corriendo aún con la tostada en la mano. Era la primera en llegar al colegio; siempre a las 8:45. El bedel, tras meses de verla aparecer siempre a la misma hora, salía para dejarla pasar a pesar de que la verja del colegio no se abría hasta las nueve. Le daba pena ver a la niña allí fuera, empapada los días de lluvia o acalorada cuando el sol comenzaba a dar sobre la puerta. María se sentaba entonces en el escalón de la puerta de acceso a las aulas y esperaba mientras su corazón desbocado se iba calmando. Durante el resto del día María sonreía, atendía en clase, hacía sus trabajos, jugaba con sus compañeros y se olvidaba de la vida fuera del recinto escolar. Era cuando daban las cinco cuando su cara cambiaba. Se volvía más sombría y sus labios eran una fina línea apretada. Recogía su estuche, sus cuadernos y libros rápidamente y salía hacia casa sin perder un solo minuto. No se quedaba después de las clases a jugar con sus amigas. Debía llegar a casa cuanto antes. Su madre cuando la veía entrar por la puerta con la cartera colgando y el pelo alborotado se quedaba un poco extrañada, le ponía la merienda en un plato mientras María subía a su cuarto a dejar las cosas y lavarse la cara, y la miraba luego en silencio. La niña parecía tranquila, pero su madre sabía que algo le pasaba, no algo referente a sus compañeros, pues a estos los veía más tarde, cuando pasaban a buscarla para jugar un rato después de hacer la tarea. Pero aquella mañana María se había quedado dormida; la tarde anterior la había pasado con sus primos en el campo y cayó rendida en la cama. Al ver la hora que era le pidió a su madre que la acercara al colegio, pero “Todavía es pronto, te dará tiempo a llegar”  le contestó mientras la despedía en la entrada. La niña suspiró y reuniendo todo el valor del que era capaz salió a la calle. Ando a pasos rápidos hasta la esquina. Al torcer y enfilar la calle en dirección al colegio su corazón empezó a latir con fuerza. Lo oía como un pulso intermitente en sus sienes, la respiración también se aceleró; agarraba la mochila con fuerza y tenía las pupilas dilatadas. Antes de verla sus oídos ya la habían escuchado y el miedo había podido con su valor. La perra estaba en el jardín, al ser más tarde ya le habían abierto la puerta de la casa para que correteara por el jardín y ahí estaba, esperándola. Permanecía pegada a la reja con sus ojos amarillos mirándola y las patas, en una tensión casi irreal, sostenían su corpulento cuerpo dispuesto a saltar. María persuadió a sus piernas para que se movieran, para que la sacaran de allí cuanto antes, para que atravesaran aquel trozo de calle que durante un tiempo había sido para ella un paseo tranquilo. Quiso obligarse a no mirar, a dejar que los ladridos la traspasaran, a no darle importancia al pavor que sentía por el animal. Pero el mismo miedo que la inducía a no mirar era el mismo que la obligaba a enfrentarse a él, a intentar superarlo, a pensar que la reja contendría al animal; que ella estaba fuera, libre, y él en aquel trozo arruinado de hierba. La perra sacaba el hocico entre los barrotes, estaba manchado de tierra húmeda y sus enormes colmillos brillaban en la luz de la mañana. Gruñía y miraba fijamente a lo que podía ser una presa fácil. Tierna. María permaneció delante de ella con un arrojo impropio de una niña de su edad. Su cuerpo se inclinaba hacia la puerta, cualquiera que la viera en aquella posición podría llegara a pensar que estaba reprendiendo al animal por su comportamiento. Nadie se daría cuenta que sus ojos se habían quedado anclados en la mirada ambarina de la bestia. Nadie comprendería que el pánico había vuelto su cuerpo inerte, que estaba a merced del miedo, que su vulnerabilidad era en ese momento tan frágil que podría ser quebrada con una simple brisa que la rozara. Que había dejado de ser ella misma, para estar desamparada ante una bestia que le doblaba en fuerza. Que no correría, porque había dejado de estar allí, había perdido cualquier voluntad y control sobre sí misma y el animal lo sabía. Olía su miedo, se regocijaba en el. María no volvió esa tarde a casa. Su mochila fue encontrada al atardecer cerca de la verja del número 13 por la policía, que irrumpió en la casa para interrogar al dueño. La perra estaba acurrucada en la cocina, en su cesta, hecha un ovillo. Sólo había levantado las orejas al verlos aparecer. Había abierto un ojo, tanteo el aire con la cola y se sumió de nuevo en un letargo apático ignorando a los visitantes. Nadie volvió a fijarse en ella, nadie vio sus patas blancas teñidas de rojo, ni su hocico ensangrentado.

Publicado en Diario de Avisos el 13 de enero

 

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