La apuesta
La única esperanza que albergaba era la de salir vivo de allí. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba corriendo, con la sensación de estar deambulando una y otra vez por el mismo pasillo, las mismas habitaciones. Es como si aquella casa se hubiese convertido en una suerte de cubo de Rubik, con las paredes cambiando de forma, igual que piezas rotatorias. Y éstas le cercan; se pliegan como papel usado, aunque realmente no se mueven. El techo decide aliarse, cayendo como un lienzo que se desprende de su marco, podrido por la carcoma que parece observarle como diminutos duendes hambrientos de su carne. Es un ratón encerrado en un laberinto, un juguete de laboratorio en aquella morada. No quiere acabar igual que el resto de sus compañeros, de los que hace tiempo que no escucha ya ni sus lamentos. Quiere detenerse a recobrar aire, pero los nervios se lo impiden. Le advierten que debe continuar, porque en cuanto pare, todo se cerrará en torno a él. Duda si no será eso lo mejor y acabar de una vez por todas con este teatro. Un coro de alaridos surge tras él, poniendo en guardia hasta el último pelo de su cuerpo e insuflándole de paso un poco más adrenalina. Los gritos ondean por la atmósfera enrarecida, rancia y añeja, y le aporrean los oídos hasta que el derecho parece estallar con un chispazo que casi lo derriba. No quiere saber de dónde provienen, ni de quién o qué. Maldita sea la hora en la que aceptó la apuesta. Los retratos se difuminan en los cuadros; la pintura se mezcla en remolinos amorfos, formando una masa uniforme. De las telas que habitan se desprende una pestilencia orgánica, macerada, caliente, de donde brotan virutas negras y azuladas. Moscas. El vapor de una nausea repentina asciende por la garganta como humo por una chimenea. La tos le clava al suelo. Las piernas ceden y lo dejan caer por un instante. El jinete de su corazón hinca las espuelas con rabia, arañándole el pecho. Trata de respirar, pero aquel hedor le tapona la nariz, inundándole los pulmones. La risa ronca, atascada, mecánica, nacida de cada ladrillo, de cada tablón que sella las ventanas, de cada mobiliario astillado, anuncia la derrota próxima. Ante sus ojos enrojecidos, al final del pasillo, la silueta de algo desconocido se forma como una bruma mohosa. Entonces sabe realmente que ha perdido; su cuerpo es el encargado de anunciarlo, aflojando el nudo que aprieta a la vejiga. Y el tiempo se ralentiza de la misma forma que le habían contado cuando se tiene la certeza de que se va a morir. Tres segundos pueden convertirse en una hora de tensión agonizante. Y él morirá en mucho menos tiempo que ese. La bombilla de la linterna que lo acompañaba, encerrada, como él, en su celda de cristal, se estremece, avisándole su huida. Aún con la escasa luz que le rodea, pueda contemplar cómo entre la neblina se forma una sonrisa, de labios secos, de expresión victoriosa. Con un parpadeo, la sonrisa se ensancha; con el segundo, la boca se abre, formando un agujero tan oscuro como su futuro; y con el tercero, las paredes caen sobre él, ahogando sus gritos para siempre.
Publicado el 3 de febrero en Diario de Avisos

